18.3.08

Tú tan periodista

Uno de los primeros fue Costes y la Bizarra… pero claro, era Costes.
Otro día fue Luenzo… pero es que Luenzo siempre es Luenzo.
Y otro fue Otero… pero bueno, también él…
Cada tanto era Bravo y su Rawsonline… pero vamos… que también las cosas que publica.
Son polémicos. Son contras. Están enquistados. Lo suyo es ser opositores. No entienden.
Argumentos a pedir de boca. A raudales. Repetidos hasta el hartazgo.
Es claro, eran los otros.

Después fue “la prensa”, “algunos periodistas”, “ciertos programas”. Así, como cuerpo abstracto e inerte. Eran los culpables, los que creaban climas, los no justos, los que informan mal. Creo que hasta algún diputado provincial todavía electo habló de “terroristas”.

Y ayer… ayer fueron Saúl Gherscovici y Radio Del Mar.
¿Y ahora? ¿Quién sigue en la lista? ¿Ahora qué?

Ahora nos sorprendemos, nos indignamos, repudiamos, nos solidarizamos.
Durante años hemos prestado oído, micrófono, cámara, aire, espacio a quienes han denostado la práctica del periodismo cuantas veces han querido. Sin prisa y sin pausa.
Durante años hemos callado ante ciertos ataques y hablado apenas ante otros.
Durante años hemos permitido el atropello y a veces hasta ha sido apañado por algunos sectores de los mismos medios.

Hoy no debiera existir sorpresa alguna.
Hemos llegado donde siempre supimos –al menos algunos- que íbamos a llegar.

Sólo por una pregunta fuera de los planes de quien las contestaba y que no recuerda –y nadie cumple la tarea de recordarle- que debe dar cuentas de su función a los ciudadanos.
Sólo por un ejercicio pleno de libertad de opinión, que muchas veces incluye mucho más derecho a réplica que la atención por lo dicho en sí.
Sólo por pensar y comunicarlo.
Sólo por hacer un periodismo “no pre-aprobado”.

Este poder omnímodo, como lo bien describe una amiga, se encuentra así cara a cara con el periodismo que no termina de destruir. Y en lugar de reconocerle al menos la perseverancia, lo ataca.
Después de años de generosas pautas oficiales usadas como factor de presión, de pago a pseudo-colegas para romper conferencias de prensa o notas con preguntas acordadas, de riguroso control de “quién dice, qué cosa, cómo y cuándo”.
Después de crear o financiar multimedios yrigoyenescos.
Después de todo eso, no pueden sino insultar a la voz del inteligente, del pensante, del que sabe que en esta profesión no hay extremos sino muchos medios. Y allí es donde está el terreno a explorar.

Lamento este último ataque como lamenté los primeros. En voz alta, aunque esta vez sea escrita.
Si cualquier periodista, si cualquier ciudadano, es silenciado, la libertad de todos se resiente. Perdemos todos. ¿Se entiende? Todos.
Lo comprendan o no, es una gran pérdida democrática escuchar a un funcionario electo, del rango que sea, hablar con desprecio de la prensa, como si de una mafia se tratara.

Señores. Señoras.
Sepan que este es un trabajo de equilibrios. De señalar aciertos y también errores. De crear puentes que no siempre existen desde el Estado. De hacerles llegar voces que no siempre tienen presentes en sus oídos. Y crean cuando se les dice que son más que necesarias, indispensables.
Sepan que apreciamos todo lo que hacen en pos del progreso, pero sospechamos de lo dudoso, investigamos lo poco claro, expresamos públicamente las dudas con el respaldo del caso, y tratamos siempre de encontrar un justo equilibrio. Reconocimiento para lo bueno, investigación para las nebulosas, pluralidad de voces para los temas que son de todos.

Y de seguro seguirán teniendo cámaras y micrófonos y diarios para emitir sus diatribas. Así es como debe ser.
Quizás algún día los asesores cumplan su trabajo y los aconsejen bien, y aprendan a usarlos con criterio para reconsiderar sus palabras y -como bien solicita hoy públicamente el Sindicato de Prensa local- pedir disculpas públicas.

Mientras tanto…
Señores, Señoras: sepan que haciendo de esta relación una guerra están equivocados.
Que nos dañan a todos, periodistas y no.
Ustedes incluidos.

Un mundo de sensaciones

E. vive en el Máximo Abásolo. Uno de los barrios más populosos e infames de Comodoro.
Las calles muchas veces ni siquiera pueden ser consideradas más que huellas. Las casas son precarias. La grilla urbana, desdibujada y por momentos incierta.

E. tiene dos rutas para llegar a su casa. Una antes de las ocho de la noche y otra de ahí en más. A la segunda la llama “la ruta segura”.
Me encuentro llevándola de regreso después de un evento de la institución en la que colaboro y donde trabajó varias horas. Es muy tarde. Digamos casi las dos de la madrugada.
Me explica que tengo que seguir por donde vamos hasta que se termine el asfalto, y después seguir más, hasta que se termine la avenida ahora de tierra. Que a partir de ahí, ella me va a guiar.
Vamos hacia esa parte de la ciudad que apenas existe para la otra parte. Estigmatizados, sus habitantes muchas veces ni siquiera consiguen trabajo cuando dicen donde viven.

E. me cuenta que un día, estando en otro trabajo en la zona norte de Comodoro, escuchó por la radio que había tiroteo en el barrio. Luego de varios intentos logró que su hija contestara el teléfono. Estaba debajo de la mesa, los disparos sonaban en el aire. “Le pedí que no saliera de ahí hasta que no escuchara que todo se calmaba”, me dice resignada y recuerda otro día peor.
Había ido a comprar y saliendo del almacén del barrio un hombre se le acercó y empezó a caminar al lado de ella. E. ya sabe que no tiene que mirar a nadie a los ojos, no es seguro, puede pasar cualquier cosa.
Varias cuadras después, una voz que empieza a gritarle: “Señora, quédese donde está”. Luego de muchos pasos que iban agrandando la voz, E. decide levantar la vista para verse rodeada de policía. El hombre a su lado iba armado. Sólo recuerda que de alguna manera siguió caminando y la siguiente hora fue de dar explicaciones, convenciendo a los oficiales de que no conocía a quien caminaba a su lado. No entendían por qué no se había alejado de él.

Siento frío. De ese que viene con el miedo. Y me revuelve el estómago saber que alguien tiene que vivir así. La náusea también es un signo de dolor. Que alguien como E., digna, honesta, trabajadora, no tenga más opciones que vivir así. Ese dolor.

Llegamos a su casa por la ruta segura que marearía hasta al más ubicado. Un grupo de chicos está parado en la esquina frente a su casa, la cerveza que corre y las voces que suben y bajan. E. los conoce. Me da indicaciones.
“No los mire. Apenas yo cruce el alambre del cerco, mi hija me abre la puerta. No se preocupe por mi, porque yo ya estoy bien. Usted apenas me ve cruzar el alambre, arranque y no pare por nada. A dos cuadras está el asfalto. Una vez que llegue ahí, va a estar bien.”

Fueron las dos cuadras más largas de mi vida, con el corazón golpeando y los sentidos a toda máquina. Cuando llegué al asfalto y la luz, fue como llegar a la meta. El alivio fue físico.
Dos cuadras. Dos mundos.

Unos minutos después estaba entrando en mi casa.
No había chicos en la esquina. Podía mirar sin miedo. No necesitaba coordinar la entrada con nadie: podía cerrar el portón de mi casa, buscar mi llave y abrir mi puerta sin apuros ni corridas. Todavía…

Insisto. Nada entristece ni desmoraliza tanto como saber que no es suficiente ser trabajador y honrado para vivir con dignidad.

Hace unos días escuchaba al VicePresidente de la República repetir el credo de mucha clase político-dirigente por estos días: “la inseguridad es una sensación”.
Para E. y para muchos que son sus víctimas, día tras día y sin pausa, la inseguridad es una realidad condicionante y las palabras como esas son un cachetazo, un insulto.

Y para mí, que todavía tengo el cada vez más escaso privilegio de no sufrirla, también.

13.3.08

Rivadavia

Siempre he sostenido en mi círculo de amigos que se termina hablando tanto de política y gestión municipal porque no hay otras cosas de las que hablar.

Para empezar, Comodoro (¿debiera poner “Rivadavia”?) tiene mucha “historia político-institucional”. Y como en toda historia, a los memoriosos les encanta recuperar el rastro de ciertos personajes que se reciclan sin ser ecologistas. Gracias a ellos, las nuevas generaciones tenemos memoria del quién es quién, del positivo pero también del que se trata de ocultar. Y ese es el que deriva siempre en el Dr. X y el flamante Secretario Y, haciendo racconto de su pasaje por cargos, líneas internas y movimientos con la capacidad de adaptación intacta.

Pero esta es la razón obvia de por qué no podemos zafar del tema. Veamos otras.

Comodoro (R) carece de farándula. El conocido chupete distractor de la actualidad nacional.
No tenemos vedettes pulposas, ni modelos impactantes, ni actores o actrices renombrados haciendo declaraciones reveladoras. Ni siquiera los empresarios más conocidos y de perfil siempre moderado suplen esa carencia y se pasa revista rápido de esas novedades.

Comodoro (me resigné) casi no tiene circuito socio-cultural.
Y cuando tiene algo, son eventos aislados a los que sólo los muy motivados concurren. Por lo general, lo que manda son los dos o tres lugares habituales, renovados una vez cada tres años por la apertura de uno nuevo y la caída en el olvido de otro.
Para la generación de 26/40 la oferta es limitada, hay que reconocerlo. Acá no hay restós étnicos, brunch dominicales, gallery nights o un after office que lo merezca. Sí hay, muy de cuando en cuando, la bendición de espacios como la Escuela de Arte con su estar siempre abierta a las iniciativas jóvenes, ahora albergando la flamante movida “Para eso sí que tienes gracia” agrupando a la vanguardia fashion de la ciudad. Son chispazos en la oscuridad.

Comodoro (¿podré decir CR?) no tiene buen sexo. Más bien tiene “karma malco”. Suena terrible así escrito en un blog que para algunos la va de serio, pero me animaría a decir que más del 70% de la agresividad que destilan las actividades cotidianas -desde el que te tira el auto encima en la ruta hasta la que te vende algo en un comercio como si fuera un favor- pasan por ese costado mal resuelto. ¿O es casual que los diarios desborden de anuncios de servicios y departamentos vip? El otro petroboom de nuestros días.

Comodoro Rivadavia es ahora “Ciudad de Comodoro”.
Sin Rivadavia a la vista y con un botón de encendido/apagado que termina siendo una enorme ironía: nos encienden, nos apagan y, si depende de nosotros, más de una vez preferimos el standby. Así somos.

Circunvalada por conos naranjas, tambores rojos y letreros con flechas. Con ritmo de videojuego, sorteando niveles, buscando atajos y tratando de no perder vidas. Caótica y desconfiada. Deprimida y quejosa. Querida por los locales y los “venidos y quedados”. Aceptada a regañadientes por los recién llegados que todavía no se encuentran en ella. Con sueños de gran capital y los pies en el barro. Literalmente. Preguntándose “qué será será” ser la ciudad del conocimiento.

Lo bueno es que Comodoro puede y tiene con qué, como dice la conocida canción.
Quizás no siempre le sale… pero esa es otra historia.
Aunque la pantalla nos tire un impiadoso game over y alguno que nunca falta nos prefiera unplugged, seguiremos participando.

8.3.08

Ellas

Ellas son únicas, fuertes y poderosas.
Benditas y perennes, me enseñan y guían con la acción, con la firmeza de sus pasos, con la convicción de sus miradas. Luchan, no se rinden, les duelen las injusticias pero siguen con esperanza.
Son las mujeres que me rodean, se ríen y bailan conmigo al ritmo de la vida.
A ustedes, queridas y fascinantes congéneres, gracias infinitas y "feliz día" en este día... al menos hasta que conquistemos la igualdad en todos y cada uno de los otros.
Estamos en camino.

3.3.08

Gracias!

A los colegas de Cheyole.com que me invitaron a escribir para ellos.
Aquí está el resultado...
http://www.cheyole.com/2008/02/29/ciudadania-global/