22.4.08

Otro hombre común

Se levanta temprano, muy temprano. Se mira en el espejo y piensa: “un día más”.
No tiene escape de la rutina de estos años. Es lo que le ha caído en suerte, o más bien, es lo que ha buscado. Y con cada día que pasa, esa suerte-búsqueda le pasa la factura de cada uno de los viáticos que lo han dejado donde está.

El peso se siente. Es físico. Hoy, por ejemplo, no tiene ganas de ir a trabajar. Repasa el speech mental, eso de tirar siempre las mismas líneas ante las mismas posibles preguntas. Todo cambia. Nada cambia.
Tampoco tiene ganas de afeitarse. Tiene un día largo y sabe que, al final, alguien le reprochará también ese olvido. Juega a la apuesta mental de pensar quién será de todas las “ellas”. Es que los hombres se supone que no se fijan en eso. Después de todo, quizás hasta pueda imponer un look. La idea lo anima.

Enciende la radio y la primera oleada se le viene encima. Se recuerda a sí mismo que la información no para, que las cosas siguen su curso, que nadie perdona nada.
Parece que la ruta sigue siendo un desastre. Maldita sea la hora en el que se les ocurre hacer todo al mismo tiempo. Lo piensa y se lo repite hasta el hartazgo, mientras piensa cuál es el camino más despejado a esa hora para llegar al trabajo.

Cuando finalmente llega, lo espera la otra oleada. La del descontento interno, la del agua que horada la piedra. Tal parece que hoy no trabaja nadie hasta que no haya un acuerdo. Ese que les debe hace meses, pero que iban supuestamente “piloteando”. No hay diálogo que valga. Pide ayuda a sus primeras líneas, pero ya hay muchos otros partidos en los que están ocupadas y el suyo ni siquiera rankea en liga.

Piensa lo sorprendentemente rápido que alguien se queda solo. Se ríe ante la ironía cuando recuerda aquello de “mal acompañado”. El día recién empieza y la agenda ya está llena. Más de lo mismo, mientras se pregunta si es que alguna vez va a lograr hacer lo que quería.

Algunas voces que lo rodean le hablan de un futuro más ambicioso, en otra ciudad, más lejana y poderosa. Otras, ya en susurros tras puertas cerradas y en mesas de café, lo comparan con un antecesor al que solía mirar y de quien solía hablar con desprecio. Varias se arriesgan a vaticinar un tiempo cercano en el que sea otra la figura de peso en el paisaje, en uno que ya no lo contemple, claro.
Todos demandan, pocos ayudan. Varios critican, pocos solucionan. Algunas cosas salen bien, otras no pasan de malos intentos. De alguna manera el día pasa y él sobrevive. Un día menos.

Es tarde a la noche. Sus hijos ya duermen. Cada vez los puede seguir menos.
Tiene la presión por las nubes y puede imaginarse, en medio de ellas, al albañil y al perro que le van a apuntar a alguno de los flancos débiles desde página impar y a color del diario del día siguiente.

Es Intendente de una ciudad que vive el sueño de un mundo en barriles, va construyendo una grieta insalvable entre sus habitantes y se debate entre una actualidad urgente y un futuro anhelado.
Tiene cuarenta años y la misión de salvar la brecha del olvido, esa que muchos otros dejaron de lado antes que él.

Es un hombre común con un trabajo público.
¿Acaso no le estaremos pidiendo demasiado?

2.4.08

Elecciones

Los días que vivimos nos dejan en el limbo de ser sólo un engranaje en la enorme e implacable maquinaria de la vida más que post-moderna. El gran sueño americano for export va resultando en pesadilla.
“El desencanto del desencanto” llamaba uno de mis profesores universitarios a este pulso caótico y nihilista de la post post-modernidad.
La necesidad de pertenecer a mundos exclusivos nos signa como parias si no tenemos a nuestro alcance el poder para abrir esas puertas. El desamor de los seres más cercanos, queridos y por ello impunemente crueles –como observaba Borges- nos aisla en capullos impermeables. El listón de la perfección nos castiga en el día a día, exiliándonos de futuros posibles.

En el vórtice de una era que mastica seres humanos sin piedad, ¿qué es lo que nos mantiene en camino?

En menos de seis meses dos personas de mi entorno decidieron que vivir no era para ellas.
Sin anunciar razones ni intentar despedidas. Sin gestos estridentes. Casi sin señales perceptibles. Sólo así, con la simpleza de lo terrible. Se desanclaron de los proyectos, de los afectos, de la vida.
Suicidio.
La temida y censurada palabra. Esa que aún hoy muchos medios de comunicación evitan porque se considera que su difusión incita a la imitación, cuando quizás un enfoque activo de su tratamiento podría alertar a muchos sobre los síntomas.

Elegir la no vida no siempre equivale a una muerte rápida. En el mejor de los casos, inicia un camino de conocimiento y sanación. En el peor, el camino es de decadencia. La muerte en sí se convierte en sólo una opción intermedia e inmediata.

Cada vez con mayor frecuencia vamos recibiendo las noticias sobre esta persona que tomó la misma decisión o aquella otra, que ya no soportó las prisas y presiones y buscó formas de escaparse.
No nos engañemos.
La problemática de la droga que carcome a la sociedad comodorense en la ciudad y en los yacimientos es una forma de elegir morir.
También lo son muchas otras estaciones en las que más de uno de nosotros se va quedando.
Las enfermedades asociadas al stress que se manifiestan sin prisa, sin pausa y en aumento. El modo en que conducimos. El uso y abuso del alcohol. El acorralado cigarrillo que resiste. El trabajo como evasión y anestesia para otros dolores. Las mil y una formas de castigarnos cuando aceptamos las otras tantas formas de violencia que la sociedad moderna ha desarrollado y nos perpetra.

Nada hacemos si miramos hacia otro lado y nos repetimos como mantra que son decisiones privadas. Quizás lo sean, pero el camino hacia ellas es uno cada vez más concurrido, en el que los factores llevan el sello de un tiempo común con las responsabilidades de todos. Y el resultado se convertirá, con el correr de los años, en un asunto de Estado como ya lo es en varios otros países sumidos en este karma de su progreso.

Pienso en voz alta en este espacio en el que los encuentro de cuando en cuando, justo hoy, el día en que honramos a los veteranos de la Guerra de Malvinas. Son los mismos que arrastran tras de sí no sólo la terrible negación de una sociedad hacia sus héroes y su reconocimiento activo en la presente, sino el hecho de que el número de veteranos que se suicidó supera con creces el de los caídos en el conflicto armado.

Qué historia triste y extraña la de estos seres frágiles, pero a la vez sufridamente fuertes. Sobreviven años, guerras, desarraigos, violencias, desamores. Y un día todo se hace demasiado y nada parece suficiente. Las razones se diluyen y se impone la muerte.

Una historia que bien podría, cualquiera de estos días, ser la nuestra.