8.11.09

Políticamente incorrecto

Cioran escribió una vez: "por qué cualquier cosa antes que nada?"... y yo hace ya mucho que me pregunto lo mismo cuando me pesan los cielos plomizos y las realidades inconclusas.

Hace unas semanas estaba bajo uno de esos cielos, parada en el medio de una ocupación de tierras en la zona norte de Comodoro Rivadavia.

Uno podría decir mucha teoría sobre la toma ilegal de la tierra. Y a partir de ahí hacer diagnósticos, evaluar alternativas, barajar posibilidades, sacar conclusiones, delinear políticas… Uno teoriza mucho y fácil con realidades que no son las propias.

En pos de entender, escucho por qués que me suenan cercanos, con los que me podría identificar sin mayor problema. Pero la posta me la dice una de los okupas: “esto no es lo correcto”. Inmediatamente se pregunta qué lo es cuando las entregas de lotes parecieran estar eternamente digitadas por cercanías y relaciones, por criterios de marginalidad, por cualquier parámetro que no abarca a los -cada vez más- nadies del medio.

La normalidad del trámite indica que esa brecha llena de gente esperará 10 a 15 años para ir subiendo en una lista que muchas veces contemplará otras urgencias.
La realidad del contexto dirá que será más viable económicamente malconstruir una pseudo-casa en el fondo del terreno que compraron nuestros padres cuando la tierra todavía era accesible al trabajador.
El sentimiento que prevalezca será el que demuestra que, sin importar esfuerzos y decencias, el sistema se maneja con códigos ciegos a unos y otras.

Otro cielo plomizo me esperó este fin de semana en Caleta Córdova.
En plena feria de marisqueros auspiciada por el Municipio, un grito rompió la calma y pidió algo básico e inasible en estos tiempos: solidaridad.
Alrededor de ese hombre parado sobre una mesa, reclamando la suspensión de la feria por solidaridad hacia la muerte de su madre, las casi 100 personas presentes vivían un duelo interno totalmente diferente: la pérdida de la ganancia del día y lo que significaba para sus familias, el haber hecho kilómetros para irse con nada, el miedo a que los forcejeos se fueran de las manos, la mezcla entre la pena por ese dolor y la irritación por la situación no planificada.
Pocos de los presentes conocían a la Gaita, marisquera humilde de toda la vida. Fueron los mismos que en voz baja coincidieron en que la feria debió haberse suspendido. Pero a los muchos otros que nunca supieron de su vida de trabajo para sacar adelante a su familia, el pedido de no comprar en gesto solidario con la pérdida se les hizo enorme. Una decisión tan pequeña que hubiera significado tanto…
Pendiente queda el por qué somos rápidos para suspender movidas porque llueve pero no por respeto.

Me pregunto desde ayer la razón y en nombre de qué valor superior solemos quedarnos contentos, abrazados a cualquier cosa.
Cuando la ley se dobla para favorecer amigos, sigue siendo válida como herramienta de orden social?
Cuando el negocio pisotea los valores básicos, sigue teniendo valor el dinero habido?
En qué altares sacrificamos lo que creemos y ante qué dioses?

Acostumbrados a esa cualquier cosa que habilita la posición adelantada todo el tiempo, en los últimos meses se ha ido observando la construcción de un Estado horizontal, paralelo y acéfalo, que no pasa por ninguna de las instituciones del Estado que reconocemos como tal.
Es un hecho: los buenos empezaron a cansarse.
Lo políticamente incorrecto ha copado la parada y se instaura como el nuevo código socio-político de nuestros tiempos. Quizás, todavía, tímidamente y de manera aislada. Quizás sean sólo irrupciones que justificamos como expresiones extremas. Pero está ahí, presente, pasándonos una factura de años de conformismo.

Quién nos puede decir qué es lo correcto?, cantaban Las Pelotas hace unos años.
Me lo preguntaba mientras me llevaban a visitar los lotes ocupados y ayer cuando decidía irme de la feria sin haber comprado nada.
Es que, en el fondo, no puedo evitar sentir una cierta simpatía por estas personas que se plantan y prefieren nada antes que cualquier cosa. Es la misma que me acompaña cuando cubro una marcha de reclamo, cuando veo trabajadores defendiendo lo suyo, cuando escucho una voz que rompe los acuerdos tácitos y los silencios implícitos.

Será que hoy me siento políticamente incorrecta…
Hastiada de los atropellos y del todo vale.
Fastidiada por los ninguneos diarios de los omnipotentes.
Saturada de los discursos de perfección mediática y realidad manipulada.
Conmovida por los que deciden que ha sido suficiente desde un buen lugar y alzan la voz para hacerlo saber a quien corresponda.
Será que esta noche, en la que termino de escribir esta columna, creo más en las revoluciones de uno. Esas que de seguro no cambiarán ningún orden vigente, pero al menos lo incomodarán un poco.

5.11.09

Inseguridad

Yo debato, tú debates, él debate, ella debate, nosotros debatimos, vosotros debatís... ellos mueren todos los días.

20.9.09

Saber luchar

“A veces en la vida hay que saber luchar no sólo sin miedo, sino también sin esperanza”
Sandro Pertini


De todas las columnas escritas en estos años, la que me ha traído devoluciones más conmovedoras ha sido la última.
Todos los que se tomaron un rato para compartir su ánimo, me contaron entre tímidos y confidentes, de luchas y de esperanzas, de encantos y resistencias. Y este mínimo ser, al decir de Neruda, se emocionó frente a la pantalla pensando en qué habría detrás de tanto anhelo por tiempos mejores. Como no puedo especular con el de ustedes, vuelco aquí el mío… y pienso que quizás, una vez más, el milagro exista y coincidamos.

La frase que arranca estas letras me asaltó desde la página de mi agenda esta semana. (Sí, todavía soy de esos bichos raros que se resisten a extinguir el hábito de garabatear planes, gastos, ideas y cumpleaños en un papel.)

Serendipia o nada, vino a caber en estos días en los que al menos algunos comodorenses vimos cómo la puja por el poder puede tener ojos de un monstruo casi olvidado.
Una de las arenas político-mediáticas más entreveradas de los últimos años nos ha dejado en un páramo en el que la realidad más manifiesta ha sido que los jóvenes líderes no han logrado cambiar nada. Ni las formas, ni las arengas, ni los métodos, ni las prácticas.
Perdidos de valores que muchos creíamos patrimonio de la nueva política, los miramos preguntándonos si acaso podremos habernos equivocado tanto.
Ciegos ante las necesidades reales, sordos de razones, mudos de diálogo, no alcanzan a tocar el nervio popular y arrugan narices cuando la carta recibida no ayuda a la jugada.

Y quizás sea un trago aún más amargo saber que no hemos sido muchos los que nos quedamos atónitos ante esta avanzada.
Ante el poder que invoca democracias para instituirse y le resulta despreciable un ciudadano en la calle.
Ante los dirigentes que versean institucionalidad y no dudan al reclamar censuras.
Ante las instituciones que callan u otorgan, al son de un favoritismo monetario tan fugaz como caprichoso y demandante.

Como en toda madeja de interrogantes, tal vez no haya respuestas directas y claras.
Del blanco al negro, todos los grises, y el punto sobre las íes borroneándose con el codo.
A veces es desmoralizante pararse en estos escenarios miopes que no vislumbran un horizonte y prefieren repetir pasos erróneos antes que la aventura de probar los errantes.

Pero no me resigno.
Algo en mi no termina de aceptar que estas sean las reglas del juego, que el tablero no tenga una vuelta más, que las fichas ya estén todas jugadas.
Al son de un redoblante interno al que hoy me obligo sin ganas, propongo que luchemos.

Luchemos sin miedo, sin esperanza, con la frente alta y la vida a cuestas.
Pequeños, tambaleantes, turistas de nuestros logros fugaces, locales de nuestras miserias.
Luchemos hasta que volvamos a creer, a ser valientes.
Luchemos hasta hacernos fuertes, resilientes, aves fénix de nuestros sueños en nuestro pozo de cenizas.

Luchemos hasta inspirar a nuestros líderes que no lideran, a nuestros referentes sin norte, a nuestros modelos imperfectos, efímeros y casi siempre en fuga.
Luchemos hasta avergonzar al que la mira desde el sillón, al que se beneficia sin poner el cuerpo, al que se queja sin entender más que su pena, al que vende su intelecto.
Luchemos hasta la última lágrima, la última garra, el último grito, sabiendo que siempre hay un puente más que nadie ha quemado y nos llevará a salvo hasta la otra orilla.
Luchemos hasta ser conscientes de nuestra fuerza para parir cambios.

Esta es la única manera en la que concibo la no esperanza.
La otra se me hace desoladora y definitivamente triste.

30.8.09

Caída libre

Hace tanto que no escribo… ¿será que no queda mucho por decir sin reincidir?
Esta noche de esta semana de este mes de este año con vibra bizarra e inconsecuente decido que vuelvo a intentarlo y ver qué sale.

Pies descalzos, primera medida.
Cigarrillo viajando entre los labios y los dedos, cuando piensan antes de escribir. Ya sé, no debiera, pero hay días en los que al menos uno se hace necesario para exhumar ruido blanco.
Música en la compu, sahumerio encendido, ritual completo… y esa voz, la de la memoria larga y cansina, me recuerda una frase que vi escrita en una cartulina, en la plazoleta del Obelisco, hace tantos años que me pierdo al sumar.

Estaba soñando con un mundo mejor
y me caí de la cama.


Pasé días y días frente al mismo puesto improvisado, con sus cartelones y unos libros chiquitos desparramados en una mesa. Y una de esas tantas noches, al final de esas vacaciones de verano, usé mis ahorros de infancia para comprarme un libro.
Se llamaba “Autorizado a vivir”, de Eduardo Mazo.
Recién lo rebusqué en el caos de mi biblioteca y tal vez lo encontré sólo porque quería que lo encontrara.
Primer revés para esta columna: la frase recordada no figura.
Sí aparecen muchas otras, marcadas en otros años y comentadas al margen. Una dice…

Ha muerto un niño de hambre.
Todo lo demás no existe.


La leo y pienso en la visión 360 que tenemos hoy quienes vivimos en este rincón patagónico, despertando del sueño de un mundo mejor con un súbito porrazo contra el piso.
Un paneo que se puebla de ese todo lo demás que no existe, de líneas rojas que se entrelazan en trampas mortales, que nos van dejando con menos opciones y más desenlaces inminentes que salidas planificadas.

La pobreza se ha hablado mucho en los últimos días, a la par de la violencia y la inseguridad casi.
Pero detrás del espejo, donde Alicia ya no sabe si alguna vez volverá a casa, las realidades nos abofetean en la cara sin que sepamos qué hacer con ellas.

Un nene de cuatro años toma leche en su jardín de infantes y no la tolera porque nunca la probó antes en su vida.
Una madre soltera tiene dos trabajos y changas de fin de semana, y apenas puede explicarles a sus hijos por qué la plata no alcanza.
Un policía saca de lo que gana para pagarse botines, abrigo, chaleco y balas, mientras el pibe de 14 que arrestó ayer lo bardea hasta hacerlo bajar del colectivo que lo lleva a la seccional.
Un maestro decide que el que no estudia no aprueba, y recibe la presión de la directora, la agresión del padre y la tajeadura de las llantas del auto.
Un laburante pone las dos mejillas y la nuca al azote de delincuentes con libre tránsito.
Un periodista es escupido por hacer su trabajo, y los ilustres callan y consienten.
Un político es insultado por disentir, y los ciudadanos ensordecemos en democracia.

Ser honesto no es garantía de nada. Todo lo demás no existe.
Los hogares ya no son santuarios. Todo lo demás no existe.
Los valores ya no forman vidas. Todo lo demás no existe.

Y hay niños que mueren de hambre, sí… y también niños que viven con hambre, golpeados, descuidados, violados, ignorados, explotados, marginados, excluidos.
Hay niños que viven sin saber cómo soñar con algo mejor.
Todo lo demás no existe.

Del otro lado de este mundo de los que ponen el hombro, la garra, el esfuerzo, la esperanza, y reciben cada día menos y cada vez más prorrateado, existe el falso reflejo que devuelve moralinas cambiadas. El reflejo de todo lo demás que no existe.

Releo columnas viejas de posicionamientos de poder, de internas, de ambiciones, de esta política contemporánea que vamos malcriando entre todos…
Y no puedo evitar preguntarme si acaso ese mundo todavía existe o si, mientras lo contaba como un sueño de otros, me caí de la cama y lo único que queda es esta realidad dura y sin chances, que nos deja acurrucados a ras del suelo sin animarnos a despertar.

15.7.09

Nunca la novia

Un viejo dicho popular reza: “siempre la dama de honor, nunca la novia”.
Tal pareciera que el futuro político de Comodoro Rivadavia se niega a encorsetarse en ese traje blanco y a medio apolillar que descansa en el fondo del ropero, a la eterna espera de ser usado.

De un esquema todopoderoso que la situaba al fin en el centro de la escena, con cánticos y carteles de victoria que veían en el 2011 una marca con impronta local, la bella Comodoro ha pasado a ser una vez más la presa fácil de la ambición electoral de otros que siempre, por experiencia, la tienen más clara. O sea, el novio se le fugó a dos pasos del altar.

Le pasó a la Comodoro radical, cuando el aparato valletano que responde a Mario Cimadevilla se mostró impermeable a la avanzada de Pedro Peralta, aunque los números finales jugaran más a su favor.
Le pasó a la PACHista, cuando las internas le guiñaron un ojo al tradicional Roque González contra el aparato escindido del ruedo local, encabezado por Federico Pichl.
Le pasó a la ARIsta, cuando la yunta tiró para el lado de la referente histórica Irma García y dejó fuera del armado a la promesa de Javier Genta.
Y ahora le pasa a la omnímoda Comodoro peronista, que ve rodar cabezas como si de un juego de bowling se tratara. Alguna siempre terminará impactando de lleno en los bloques alineados -al fin y al cabo siempre ha sido cuestión de tiempo- y se los llevará consigo hacia cuatro-a-ocho años de ostracismo, hasta que puedan volver a armarse y perdonarse para compartir en fila ese espacio.
A la única fuerza que ha respondido la caprichosa Comodoro es a la de los matadores, por identificación o por puro gusto. Como raza política, es esa que se planta frente a los esquemas partidarios hasta que los doblega o los rompe. Una en la que conviven especies exóticas como las de Ricardo Astete y Néstor Di Pierro. A veces mimados –aunque no consagrados- por el voto popular y otras por los coros partidarios, en ocasiones protagonistas de golpes de timón impensados, y la mayor parte de las veces hábiles actores capaces de reconocer las sombras detrás de los tronos y hacerlas jugar a su favor hasta hacer temblar coronas.

Como sociedad y como casta política, a Comodoro nunca le han gustado los intrusos, aunque tolera mejor los abusos de propios y ajenos como si fueran parte de su karma. Aunque crea el versito todo el tiempo que sea necesario para que la dejen tranquila rumiando su mala suerte y haciendo su juego, el resentimiento se le cuela por las heridas que demuestran estar siempre abiertas y sangrantes.
Quizás sea por ello que se le da tan bien esa dicotomía de abrazar los ideales con fuerza para dejarlos ir sin pelear, conformarse con lo que queda añorando mucho más, y vagar entre el reclamo y la indeferencia ante la visión de lo perdido.
Quizás sea por ello que paga cuentas que capitalizan en otras bancas y se convierte en el cordero de sacrificio para el asado que se come en mesas a las que no está sentada.
En suma, como repiquetea el coro del viejo credo local, quizás sea porque somos gente de trabajo, no gente de poder.

Es hora que nos demos cuenta, en especial tras la última visita polémika a Puerto Madryn: el 2011 es casi seguro que no verá un candidato a gobernador surgido del poder comodorense.
No existe un hombre ni una mujer con el perfil que la competitividad del juego exige hoy por hoy.
En el terreno de los quizás, en los que París entra en una botella, podríamos pensar en un radicalismo o arco opositor con el eje de poder modificado que le permitiera ver la oportunidad, pero al menos en el ruedo oficialista las fichas están puestas en otros casilleros.
A la vista está que Comodoro apenas ha sido capaz, ante la primera embestida, de echar mano al capote y plantarse frente al toro, uno que sospecho no arrasó con todo sencillamente porque no quiso.

Comodoro ya no será la novia, a lo sumo quizás la quinceañera con la que todos quieran bailar, o la dama de honor que ocupe un discreto y necesario segundo lugar.
Recibirá visitas, se sacará fotos, colgará carteles, tocará bocina en las caravanas, voceará nombres de matadores… y todo será parte del festejo de otros.
¿Fue buena la ilusión mientras duró? Sí. Fue buena.
Ahora resta ver si, en la feria de delirios y vanidades que nos lleva al 2011, al fin alguien pone los pies sobre la tierra, comienza a pensar en serio en concretar un futuro mejor y se decide a hacer la diferencia.
Es que, como bien dirían las tías, Comodoro ya está en edad de merecer.

4.7.09

Catarsis

Voy al coliseo a prenderme fuego
(mi racha de novato nunca cambiará)
Por favor que el adiós no se alargue…
me cansé de tanto esperar.
Cuando el fuego crezca quiero estar allí.

Será cierto aquello que me gusta creer, que las historias rondan a quienes escriben hasta que dan con la puerta entornada para colarse entre los dedos con voz de cuento.
Para muestra, hace muchos años esta palabra y yo nos encontramos en tono de infancia. Hace un par de noches, volvió a mi aire y me tomó por sorpresa. Y de repente fue como si la hubiera estado esperando para arrancar este racconto post-electoral que no terminaba de encontrar rumbo ni forma de tan caótico.

Palabra justa para esta época en la que los estertores de las urnas no parecieran cesar.
Como si todos hubieran estado esperando una liberación demasiado postergada, el flujo de declaraciones, posicionamientos y demandas no descansa.
La voz hasta ayer moderada hoy se revela crítica, la mano tendida para acompañamientos se desdice hacia el espacio propio acorazado en porcentajes, la mesa puesta para pocos ve cómo se arriman sillas y codazos. Los intereses permanentes se hacen cómplices y las lealtades se reacomodan.

Todo es pertinente, a tempo, un paso de danza largamente ensayado en salones privados esperando sus quince minutos de gloria bajo las luces de la fiesta.
La jerarquía se deja de lado cuando se pelea por el podio. Intendentes, gobernadores, ministros, legisladores, dirigentes. Todos se apuran a una línea de partida falsamente pareja que los desafía a ir por más. El nuevo credo esgrimido desde carteles, cánticos y cantos de sirena que dan paso a una matemática maniquea en la que a todos les da… cuando lo cierto es que a no muchos les alcanza y las bendiciones recaen sobre aún menos.

El politongo –raza dirigente del siglo XXI- se estrena una y otra vez en un festín de poder multimediático que lo deja entre la mesa de Mirtha, el piso de Marcelo, el circo de Jorge y todo cuanto micrófono lo requiera en tránsito.
Aún repite, en muchos casos, las frases medidas hasta el cansancio. Quizás porque el discurso propio todavía está gestándose, quizás porque así es menos fácil pasar de la seguridad al desliz. Como fuere, este es el producto de la hora y, cuanto más cercano y carismático sea, mejores serán los resultados del escrutinio.
Todos tienen algo para vender. Desde sus logros hasta sus gestiones, desde sus ideas hasta sus archivos. Y todos tienen, al mismo tiempo, algo para recordar aunque sea sin rubores. Las fotos de décadas pasadas que los muestran alternando con ángeles ahora caídos se convierten en sombra que acecha pero perdona. Al fin y al cabo, los no-éxitos también se maquillan y disimulan entre las omisiones.
Llegarán a la meta sólo los jugadores que hayan sabido cómo equilibrarse en las delgadas líneas rojas, en tanto que los otros peones del poder, desde el lateral del tablero, esperarán por otra partida mejor jugada.

En la danza de la catarsis, con chamanes que se turnan para sacar algo en claro, sólo resta aceptar que los tiempos cambian, que los ritmos son otros y que la vieja política está irredenta y perdida en un minuto a minuto que nos dice no sólo quién-es-quién sino también por cuánto tiempo.
Y a pesar de comprenderlo, toda la idea catártica me hace ruido.
Experiencia purificadora o no, suena a endilgarle al otro algo que no quiere ni elije.
O quizás la mire de reojo porque, tras rumiarla un par de trasnoches, tal vez admita como cierto que todos en alguna medida hacemos catarsis con el tiempo y espacio que nos tocan en suerte, sin siquiera jugarnos el sillón, la banda ni el bastón de nada.
Liberarnos de pesos que se nos acumulan por el devenir de realidades, que no siempre responden a los planes y nos dejan bajo parvas de decepción, se nos ocurre simple y tentador. Y al fin y al cabo, ¿qué podría resultarnos más atractivo, débiles humanos que somos, que quemarnos en esas hogueras de vanidades?
Politongos, periodistongos, simulados prescindentes. Todos lidiando con este destino esquivo, amuchados en la misma pira humeante. Y si acaso alguien quedara fuera de este juego… pues, nos lo demande.

17.6.09

Gaviotas y gaviotos

En el pasto para rumiar que están dejando los ecos de esta campaña, que prometía ser una carrera de fondo y terminó en cien metros llanos, hay un bocado que me resulta un tanto amargo.

De buenas a primeras y sin concesiones, las mujeres se quedaron fuera de juego en el tablero superpoblado de las candidaturas marca 2011.
Las gaviotas -como atinó a llamarlas el histórico referente justicialista José Manuel Corchuelo Blasco- desaparecieron para planear en otro horizonte mucho más lejano.

¿Nunca es triste la verdad?, me pregunto sin atinar a encontrar razones para una respuesta terminante.
A veces me gusta creer que las gaviotas hemos dado pasos importantes en nuestro plan de vuelo, que todo es cuestión de paciencia y savoir faire, que es parte de una estrategia cuidadosamente planeada quedarse en determinadas áreas de gestión dominadas por el género.
Salud y Educación, diría nuestro propio Gobernador. No digo que no, digo que quizás ya tienen gusto a poco esas tradiciones que, cuando mucho, extienden sus dedos hacia Cultura o Turismo. Prefería las épocas en las que sumábamos Gobierno y Justicia, o en las que se rumoreaba que podíamos aspirar a una ViceGobernadora, aunque los nombres no nos sonaran todo lo musicales que hubiéramos querido para la partitura.

Pero la película es otra y lo será por lo menos hasta el 2015.
Una vez más, los gaviotos desembarcan a lo Día-D y se quedan con todas las playas.
Con las presidenciales, ni hablar, donde conviven con fecha de salida una Cristina K en ejercicio del poder y en resistencia de las presiones, y una Carrió que nunca termina de llegar.
Con las de Fontana 50, seguro, en las que los padrinos provinciales siguen con la vista puesta en los jóvenes con los que pueden tratarse o ningunearse de igual a igual.
Con las del Palacio Azul comodorense, de acá a la China. Con la última con suficiente garra para pelear esa baldosa ya retirada del firmamento político local, al resto sólo le queda el consuelo de la banca de Concejal donde el cupo femenino habilita fácil o la secretaría de área acorde al talento mujeril.

Es un dato de la realidad que las gaviotas militantes están muy cómodas en sus roles de actrices de reparto, tanto en la vereda oficialista como en la opositora. Si hay aspiraciones, no hay viento bajo las alas. Si no las hay, no hay frustraciones manifiestas. En todo caso, si se sufre o negocia o resiste, es en el más inmutable silencio.
Cierto es que la cantidad de piedras en el camino, palos en la rueda, zancadillas y emboscadas a las que se enfrentan las pocas gaviotas con ambición que conozco son más que suficientes para desanimar hasta a un héroe de historieta. Sin embargo, sirven para reafirmar que en tanto no exista una madrina en posición de proteger, avalar y bendecir candidaturas, las gaviotas no irán a ningún lado y seguirán aventosadas al techo de cristal que les toque en suerte.

No obvio ni por un momento indicar que la situación en cuanto al periodismo es la misma.
Los desafío a nombrar a tres gaviotas realmente influyentes en el escenario mediático provincial. No regalo plasmas, pero sí prometo publicar los nombres en este espacio. Me juego a que tampoco las encuentran.

Qué nos pasará como mujeres que no logramos cerrar acuerdos con el manejo del poder.
Somos la viva representación de aquella frase que leí y recordé este fin de semana: “los justicialistas gozan del poder, los radicales lo sufren”. Volcado en nosotras, no sabemos gozarlo sin culpas, ni sufrirlo sin victimizarnos.
Simplemente no es una condición natural, o lo es y está tan arrumbada que le cuesta reconocerse como tal. Más allá de mi siempre presente optimismo, quizás derivado de aquellos cuentos infantiles en los que Blancanieves siempre despierta y Cenicienta siempre vuelve a ser princesa, he de reconocer que nunca fuimos una bandada tan perdida.

Los gaviotos lo saben y se dan el lujo de señalarlo como quien apunta el dedo a una torpeza, mientras siguen con el juego a su favor.
Las gaviotas lo aceptamos como parte de nuestro destino y los dejamos hacer, aburridas de ver el pase de pelota sin que nos toque.
Es una verdad triste y sin remedio, o al menos una que todavía no logra dar con la punta del ovillo para alterar la respuesta.

7.6.09

El séptimo sentido

"Tiempos de rara felicidad aquellos en los cuales se puede pensar lo que se quiere y decir lo que se siente”
Tácito

La frase se reza como letanía resignada y póstuma, para afirmarse a pruebas vista: el sentido común es el menos común de los sentidos.

Algunos me podrán discutir que los sentidos son cinco y no seis.
Quizás sea así, aunque yo creo mucho en el sexto sentido.
Ese que me dice que quizás no sea el momento para hacer algunas cosas y me empuje a decidirme por otras. Ese que me preserva de muchos garrotazos y me canturrea “te lo dije” cada vez que, por hacerle caso omiso, me ligo uno.

El cuarto poder se basa en el séptimo sentido, el común. Es su columna vertebral, su brújula y al mismo tiempo su norte.
Ejercer ese poder con carencia es remontar una cometa errática que no termina de encontrar el filo del viento. Un destino similar al de los otros tres poderes cuando incurren en la misma ceguera. Cierto es que la distinción no siempre es clara y el sistema de alarmas suele quedar anulado por las urgencias cotidianas que favorecen la supresión sensorial.

Estas son épocas en las que muchos hombres y mujeres, en apariencia lúcidos, pendulan entre extremos que azoran.
Los observo tomar las decisiones más bizarras, caminar seguros hacia pasarelas que no existen, perderse en conceptualizaciones que desmerecen su inteligencia y la de los otros, adolecer de ese sentido común -como si de niños se tratara-, reactivos antes que pensantes.
Por otra banda, si vuelvo la vista, los miro elevarse sobre el promedio, apuntar con certeza, verbalizar con pasión y dar saltos cualitativos con el aplomo de viejos generales o sabias pitonisas.
Cual si fuera un espejo de los tiempos, en este tren de sentidos que nos bombardean con la fuerza que muchos otros filtran, los periodistas siempre encontramos una voz que nos cuenta la anormalidad, la rareza, la sinrazón, y a la par otra que nos canta las grandezas, las concreciones, los cambios. Y en medio de ese coro tratamos de centrarnos en un lugar que no nos prive de lo uno ni nos haga cínicos ante lo otro.
Rara armonía la que buscamos. Evasiva e inasible, también.

Luego de un año de tránsito, hoy es el día en el que nos congratulamos y nos aplauden haciendo votos por la búsqueda de puntos de equilibrio, el compromiso por la verdad, recordándonos la responsabilidad social del ejercicio periodístico. Se fija el horizonte en el sostenimiento de valores: respeto, ética, compromiso, honestidad, sensibilidad, verdad. Se eleva el listón hasta lo imposible. En un cuadro ideal e inmaculado, es el ejercicio de esta profesión el que resiste el autoritarismo y sostiene la democracia. ¿Acaso no será demasiado?

La tarea deseada es tan épica que me pregunto si en verdad seremos, los periodistas, los únicos en ese viaje. O si tal vez en ese tren habrá muchos más pasajeros sólo tratando de llegar a algún lado y nos han deslindado en suerte a los periodistas la dudosa prerrogativa de escribir la crónica con un lápiz siempre afilado y de trazo justo. Y es que ante esa hoja en blanco, la verdad no pareciera ser una sino muchas.

No todo lo que se oye realmente se escucha, ni lo que se dice se pronuncia.
No todo lo que tocamos se convierte en oro, ni la letra se hace legible sobre blanco.
No todo el éxito sabe a mieles. No todo lo malo se huele en el aire.
No toda la realidad es visible y concreta. No todas las sensaciones son señales.
Siempre, para distinguir ese no todo, necesitamos sentido común.

Que seamos fieles a ese séptimo sentido, es lo único que puedo desearme y desear en este día. En este siglo ya no hay más heroicas que las acciones pequeñas y cotidianas.
Que siempre esté en nuestra mano crear esos tiempos de rara felicidad, con la voz clara y la letra justa no para glorificarnos sino para, al menos, merecerlos.

1.6.09

Política en pijamas

Cualquiera que trabaje en periodismo o tenga un pie puesto en el ruedo político se da de frente con una temida pregunta ante la proximidad de elecciones de cualquier tipo: ¿a quién se puede votar?
La respuesta variará entre detallada y concisa, según el interés del demandante y el ánimo de quien responda.
Pero por estos días la pregunta clásica ha mutado hacia otra más preocupante, una que muestra a las claras que no siempre el oficialismo más pudiente es el más eficiente y que la oposición está más quieta en sus imposibilidades financieras de lo que éstas la obligan.
Hoy la pregunta es: ¿quiénes son los candidatos?
Triste interrogante para legisladores ya en sus bancas y activos, para funcionarios que ostentan cargo y gestión, por no mencionar a los referentes partidarios históricos. Ellos conforman el 90% de los nombres que aparecen en las boletas de la próxima elección legislativa.

Uno de los casos paradigmáticos es el de Marcelo Guinle, quien bien podría considerarse uno de los legisladores con la comunicación de gestión más eficiente de los últimos años. Aún así, y más allá de la instalación que sí tiene su nombre, no cualquiera puede mencionar sin equivocarse los temas clave de su agenda parlamentaria. Por mucho es el candidato más reconocido por el elector común. No corre la misma suerte el actual Vice Gobernador de la provincia y candidato a Diputado Nacional en la misma boleta, Mario Vargas. De por sí la visibilidad de los vices es escasa y, considerando que en nuestro país tiende a reafirmarse cuando media una negativa, el puesto condena a lo ignoto. A pesar de ello, hay que reconocer que Vargas ha aportado discreción junto a la figura imponente y omnipresente de Mario Das Neves, lo cual dice mucho y bien de él, aún en contraposición con el riesgo de ser una de las mentadas candidaturas testimoniales. Al electorado el detalle se le escapa y, de no mediar un inusual corte de boleta, podría esperarse que arrastrase la misma cantidad de votos que su más conocido compañero en este turno.

Desde la vereda opositora se asoma un referente histórico radical como lo es Mario Cimadevilla.
La instalación de su nombre es innegable, como también lo es que el elector promedio desconoce la propuesta que lleva adelante o quiénes son sus compañeros de lista. Más referenciado por sus apariciones mediáticas, quizás el obstáculo más interesante de observar sea cómo llevará adelante este único tramo de la campaña con fondos limitados, comités desdibujados, líneas internas que amenazan ser fisuras en la pintura nueva de la unidad, y el peso de nombres no tan instalados en las otras candidaturas.

La opción Coalición Cívica no existe en nuestra provincia, pero sí el ARI que por exceso de debatismo interno dejó fuera de la boleta a una figura nueva, fresca y movilizante como la que prometía ser Javier Genta. La referente histórica es Irma García, candidata a Senadora Nacional, que tiene en su haber no sólo varias postulaciones desde la bajada del ARI a la provincia sino también la de haber sido de primera hora y paso obligado para el discurso de la fuerza. Aún así, a pesar de los años como casi única referente provincial, su nombre no es parte del vocabulario ciudadano.

Es el PACH que se organiza para la integración regional, dice la marcha partidaria. En la realidad, la sola figura de Roque González sigue siendo, una vez más, el nombre convocante para la fuerza. Su candidato a Diputado Nacional, Mario Lastra, no aporta en reconocimiento del electorado, dejando confusión por un homónimo relacionado con el justicialismo. La extendida interna de la fuerza ha dejado mermadas las filas de militantes y es de esperarse que la performance alcanzada en otras elecciones las sienta en falta en esta.

La innovación en el paisaje electoral chubutense es el recientemente constituido Frente Cívico y Popular, con el siempre innovador Ricardo Astete como candidato a Senador Nacional. Caso único que ha ameritado su propio neologismo político -el “astetismo”- lleva varias fuerzas partidarias en su haber desde aquel ruedo radical. El actual legislador provincial redobla la apuesta en el 2009 y se queda con una candidatura ante la mirada de los que pelearon y no llegaron por apegarse a la estructura, identificándose y -según dicen- con el aval del muy en boga Peronismo PRO de Macri + De Narváez + Solá. El neo-duhaldismo, el post-kirchnerismo, el post-maestrismo y el pseudo-Provech se ponen al servicio del referente político más decontracté de los últimos años en lo que a respeto por aparatos partidarios se refiere. También acarrea un nombre virtualmente desconocido fuera del Valle, como es el de Carlos Whon, en la candidatura a Diputado Nacional. Aunque quizás, en el bastión electoral de la provincia que representa Comodoro Rivadavia, esa diferencia no le haga mella.

Siempre presente, como acto de resistencia, completa el paisaje electoral el Movimiento Socialista de los Trabajadores con dos mujeres en las categorías propuestas. Lucía Sandobal e Hilda Fredes saben que lo suyo pasa por sostener ideas y presencia, más que por pelear por la banca de la minoría. Aún así y gracias a ello, su sola presencia como alternativa enriquece la arena democrática, porque bien sabido es que la polarización sólo trae por consecuencia la anulación de los tan necesarios matices. Mismo rol vienen a cumplir los candidatos del Partido Socialista Auténtico, que han quedado sólo circunscriptos al Valle chubutense.

Hecho el repaso, quizás otro de los hallazgos de este turno electoral haya sido -de forma no tan inesperada- la confirmación de que a nadie importa qué hace un legislador una vez electo. No existe una idea ciudadana que nos involucre en el proceso de toma de decisiones o de influencia sobre la misma. Quizás eso también esté representado en el por qué nos estamos interrogando ahora sobre nombres y concreciones que deberíamos haber seguido a cada paso.

Bombardeados por fórmulas que nunca veremos en nuestro cuarto oscuro local, tal pareciera que esa federalización de la política central se ha hecho de una víctima inesperada: el ciudadano, ya de por sí extraviado, termina diluyéndose como actor democrático.

Hace una semana alguien decía en el micrófono que me toca en suerte que con un buen par de zapatillas alcanza para encarar esta campaña.
Me maravilla ver hasta qué punto ha terminado teniendo razón.
Como ciudadanos deberemos salir de nuestra área de confort y gastarlas para hacernos de información certera que nos indique un poco el rumbo, ante la ausencia de las propuestas en medios, locales partidarios, actos y folletería de campaña.
Como candidatos bien harían en ponérselas, salir del termo que devuelve un cómodo y conocido reflejo, y volver al viejo sistema del contacto directo -más accesible desde lo económico que el mediático- tocando a nuestra puerta para volver a hacernos creer que todo esto es por algo más que una banca.
Y quizás, visto el esfuerzo, entonces el 28 alguien más decida sacarse el pijama mental, sacudirse la modorra cívica, ponerse esas mismas zapatillas e ir a votar.
Es el único balance, el único escrutinio, que se me ocurre nos daría ganadores a todos.

25.5.09

Latidos bicentenarios

Entre el fuego de las ideas y las pasiones de la política diaria, hoy comienza el despertar irremediable y bicentenario. El bronce de la gloria fundiéndose con la sangre de nuestros ancestros latiendo, milenaria y ansiosa.

Los tiempos se renuevan y el pensamiento busca el salto cuántico que lo eleve hacia otro lugar, hacia el nacimiento de otra nación. Y en medio de esta turbulencia supongo que podría escribir sobre inmortalidades y glorias, sobre próceres y prohombres, sobre ilustres e Historia… pero sólo me sale recordar las manos quebradas, las fotos de sepia, los heroísmos anónimos, las historias de familia contadas alrededor de una mesa.
De todo el andamiaje que sostiene 200 años de patria, elijo creer que este es el fundamental, el arco ojival de nuestra Argentina gótica, compleja, misteriosa y exquisita que ansía siempre elevarse.

En los días que vienen muchos recordarán las voces del pensamiento fundador, pero quizás las más olvidadas sean aquellas que más me inspiran. Aquellas que, sin prisa y sin pausa, como gotas mínimas que enfrentan la piedra, se descubren enormes en su legado para el tiempo. Las que hablaban bajito y simple de valores, de trabajo, de lealtad, de honestidad, de compromiso, de ayuda mutua que luego se llamó solidaridad. Las que no decían mucho porque reconocían el valor del silencio, la importancia del hacer. Las que se revelaban y rebelaban cuando era menester no callar. Las valientes de lo cotidiano, las fuertes, las persistentes, las imprescindibles.

Benito Zuzenean me canta en vasco al oído… En ti eres todos los corazones, pero no te percatas de ello. Llevas la alegría y el dolor de todos los corazones en tus latidos, pero no los has visto aún porque estás abrumada acumulando valores. Quieres ser inmortal y lo eres, inmortal en todos los corazones, en el corazón… vida, risa, llanto, muerte, corazón.

Y pienso en mis tatarabuelos indios, españoles, italianos, ingleses, galeses…
Vuelvo la mirada e imagino sus corazones plenos de esas alegrías y dolores, de valores de vida, de trabajo.
La fijo en las manos de mis bisabuelos y abuelos que creyeron en la gesta patagónica, haciendo de este su lugar en el mundo.
La sostengo en el trabajo de mis padres, que ganando o perdiendo, siguieron apostando su vida a permanecer en ella.
Me reconozco en el reflejo de las personas que he elegido como cercanas en el camino de mi vida.

Ellos me hacen argentina, confiada y comprometida con una tierra que pareciera comenzar a despertar y comprender el sueño.
Ellos me hacen valiente, fuerte, una voz que persiste.
Ellos me hacen bicentenaria.

19.5.09

Llegar distinta

Se me ocurre que vas a llegar distinta
no exactamente más linda
ni más fuerte
ni más dócil
ni más cauta
tan sólo que vas a llegar distinta
Fragmento de “Bienvenida”, de Mario Benedetti


Supongo que tuvo razón después de todo. De todo este tiempo de reconocerlo en la letra, en las bandas de sonido de mis recuerdos, de esa noche a dos voces con Daniel Viglietti que me conmovió el alma…
Quién sabe si realmente hubiera querido llegar distinta a este día en el que decir adiós no me sale.

Recuerdo haber festejado cumpledías, cambiando estatutos y horóscopos como lo sugería, aprendiendo a manar amor sin miseria y añorando que esos júbilos y lealtades que me prometía desde el papel me rodearan cuanto antes como ángeles o veleros.
No temí perderme en esa laguna insomne, inmóvil y paciente. De alguna extraña manera, sus palabras fueron relato y conjuro. Las leí, nos hicimos cómplices, me acompañaron en el camino y luego volvieron a sus páginas.

De los poetas que han puesto su voz en mi vida, él fue el más real.
Fue el que me mostró el mapa de un amor sin desesperación y con dimensiones palpables, el que me reconcilió con la nostalgia de ser humana a pesar del mundo, el que me reencontró con mi mirada en el espejo.
De algún modo siempre pensé que -guiada por esa voz- yo volví a mi vida, a un camino que entre remiendos se fue alejando de las penas.

Cómo se agradece ese estar quizás nunca lo sepa. Los poetas parten y nos dejan empequeñeciendo ante su ausencia.
Y así de mínima no puedo sino callar, refugiarme en sus libros, recordarme que me legó el poder de volar gaviotamente sobre las fobias y desarbolar los nudosos rencores… y tal vez ensayar entre otras letras la forma de contarlo, aunque hoy se hayan sumado a la nostalgia y decidan evadirse de mis manos y adueñarse de las suyas.

Mario Benedetti siempre se me ocurrió eterno.
Ahora lo es.

7.5.09

Quijotes, Sanchos y molinos

Contar fábulas siempre se me ha antojado un capricho no resuelto.
Nunca sé del todo cómo dar con los finales aleccionadores o felices, y la moralina se me hace repetitiva y aguada.

Esta noche lo reintento porque quiero escribir sin que alguien decida borrarme la letra.
Esta noche creo mucho menos de lo que creía a las 6 de la tarde.
Esta noche se me cayó un ídolo.

Supongo que a todos nos pasa alguna vez.
Esa persona que creíamos inteligente, brillante, distinta y que a la postre, en el tira y afloje de la cotidianeidad, termina siendo más débil, mezquina y humana de lo que ya somos los que peleamos por zafar. Y, a qué negarlo, puestos ante nuestra debilidad y sumada la decepción somos seres frágiles y muy volátiles.

Verán… es que yo adoro a los visionarios, pequeños Quijotes de nuestros tiempos con ideas propias y ritmo para germinarlas. Torpes y arrebatados, cuando cuidan el detalle tienen el mimo excesivo de los niños para con lo más frágil. Me pierdo en horas de escuchar sueños imposibles, quimeras, esplendores. Puedo ver lo que me cuentan sus palabras, caminar en las calles más angostas de esos mundos imaginarios y saberlas realidad con el paso de los años. Suelo recontar los ensueños con la fascinación de una Alicia frente al espejo. Quizás mucho de eso me venga de ser una incurable rata de biblioteca y otro tanto del ánima risueña de mis neuronas.

Me gustan menos los Sanchos, con la eterna bajada a tierra entre la comprensión, la lealtad sin cuestionamientos y la camaradería resignada. A veces me parecen no del todo cómodos ni satisfechos en su rol y creo adivinarles una secreta ambición por la quijotada -una que, ya liberados a sus instintos, podría significar su perversión y perdición. Quién sabe bien por qué, la simpatía se me hace esquiva ante la ambivalencia.

Y luego, allí como moles inconmovibles, los molinos. Gigantes para el delirio del más gallardo caballero y sólo máquinas para la sensatez de los impasibles. Como sea, lanzarse a la carga contra ellos sigue siendo -según desde el ángulo de cámara- un acto de hidalguía o una ambición loca y desbocada. Pero hay que tener y mucho para intentarlo.

Me deleita creer que asistimos a muchas cruzadas nobles en nuestros días, algunas tan mínimas que apenas las distinguimos en la vista de repaso del día a día. Otras veces, tienen nombres famosos que se animan a ir por más, sin importar las burlas y especulaciones de los entornos. Y las menos son tan nuestras que nunca las contaríamos en voz alta, tímidamente orgullosos al atesorarlas o sufrirlas.
Y hasta allí el ideal.
De este lado, el barro de lo que hay y se diluye en el aguacero.

Esta noche vi a un visionario disolverse sin remedio, a un Sancho con demasiado poder hundirlo aún más en su eterna confusión por salvarlo, y a un molino con muchas más que 250 aspas atrapando nuevos vientos, mientras se probaba por un rato la armadura.

Siempre se me ha ocurrido triste un final de un Quijote alucinando, perdido en paraísos aún más perdidos, de los cuales ha sido expulsado.
Me lo voy a ahorrar porque no estoy de ánimos y porque, como ya he dicho, nunca he sabido resolver estos finales en un "y vivieron felices por siempre jamás".

Quizás me quede por acá un rato, inventando letras, para curarme la desesperanza.
Quién sabe… tal vez a fuerza de intentarlo, lo logre, y entonces otro Quijote –ojalá el mismo ojalá- me reconcilie con nuevas quimeras.

26.4.09

Sentados sobre calabazas

El hijo del policía. El sobrino del vecinalista. El nieto del albañil. La hija del doctor. La nuera de la empleada doméstica. El hermano menor del puntero.
Todos en la misma foto borroneada. Todos con iniciales en negro sobre blanco. Todos anónimos e inimputables.
El nene de mamá. La princesa de papá.

Los 16 de ayer convertidos en los 10 de hoy.
Demasiado estímulo para cerebros que sólo atinan a tomar el paso, cuando y como pueden, entre una niñez perdida cada vez más temprano, una adolescencia cada vez más adulta y una juventud que llega, sí, pero desgastada.
Demasiadas decisiones, sin importar las abundancias o carencias del entorno. Una agenda implícita que los pone a cargo de sus familias o de sus futuros, cuando apenas pueden manejar su propio cambio. Escuelas con horarios eternos o erráticos, familias con prioridades alteradas por trabajos que no se apiadan de nada o planes sociales adictivos, hogares disueltos por violencia, desidia, drogas y alcohol.
Deambulando en un mapa no siempre claro asoman ellos, los ciudadanos del post-bicentenario.

Nacieron en la superficialidad menemista, rodeados de menos fantasmas temibles y más ídolos con pies de barro. El desencanto los ha acompañado desde la cuna, y también el oportunismo.
Sus familias oscilaron entre la bonanza y la marginación de la segunda plata dulce. Tan extremos los vaivenes del péndulo que no podríamos señalar quiénes fueron los afortunados, si aquellos con su abundancia o estos con sus privaciones. A cada lado de la brecha, una casta de privilegiados.

La educación les llegó y les pasó por encima, en el momento en que la sociedad decidió moverse a fuerza de prepotencias para demostrarles que no siempre el trabajador honesto progresa y el delincuente cae en desgracia. El diario de ayer les confirmó que de poco vale el texto o gastar tiza en pizarra. Aquellos que recogieron valores de sus familias, los vieron destrozados portada tras portada, imagen tras imagen, con voz de informativo catástrofe que confirma siempre lo peor.

Portan cúmulos de frustraciones desahogadas en las pantallas de la Play o en la música cantada al palo en una habitación cerrada, y cuando las encuentran omnipresentes e intolerables las llevan a la calle para ahogarlas en humo, birra y vuelo.
Ser padres se convierte para ellos en un desafío temprano, el menor de los males en la ruleta rusa sexual en la que apuestan a cada vuelta su suerte y su cuerpo. Sus hijos nacen así a un mundo de inconsciencia que los deja a las puertas de cualquier futuro.
La búsqueda de identidad en pleno siglo XXI los encuentra en páramos virtuales donde se pueden inventar fortalezas pero no huir de las debilidades.
Algunos salen de esa caverna oscura, se apoyan en afectos y amigos, buscan la manera de canalizar esa fuerza tan potente del agujero negro interior, y lo logran. Pelean contra la carga de las pesadas herencias y la convencen de jugar a su favor. Acaso si alguien supiera qué los hace diferentes.

Tras décadas de palabrería de diagnósticos, sobre roles de familia, valores y educación, leyes y justicias, hoy nos miramos en charcos de agua turbia.
Hace dos días un padre policía renunció a su carrera en la fuerza. Su hijo de 17 años había sido arrestado en la madrugada mientras destrozaba un auto, en una cadena de hechos que ya sumaba ocho más incendiados. Como si de una burla del destino se tratara, él se jugó su vida y la carrera de su padre en una sola apuesta sin lógica aparente, dejándonos a todos con el eterno interrogante que busca la razón.
Narcisos sin dudas ni certezas, no podemos evitar preguntarnos con desazón quiénes nos salvarán de estos vengativos dioses menores que nos asolan con facturas ilegibles, destruyendo el esfuerzo de nuestras vidas.
Mientras tanto, la lotería de nenes y princesas fagocita a las próximas víctimas y no podemos sino esperar, ya desencantados y sentados sobre nuestras calabazas, que no sean los nuestros.

13.4.09

Príncipes perdidos

Que el poder obsesiona es un hecho comprobado por los siglos.
Que corrompe invariablemente, es una leyenda que mantiene a los nobles al margen.
Que seduce, es un mito menemista.
Pero, ya sea como fin o como medio, el poder en manos de un príncipe perdido termina convirtiéndose en una condena.

Los hemos visto desgranando estrategias en mesas de café o en oficinas céntricas. Siempre a buen resguardo del ojo indiscreto que ve y cuenta cuando la movida es importante; no tan guardados cuando la intención es que trascienda.
Los llaman por su primer nombre, como a Mirtha o a Susana, o en su defecto por aquel apodo de los primeros tiempos más cercanos al barro y al barrio.
No son jóvenes ni viejos, son eternos. Con un aura vampiresca, a medio camino entre la pasividad y una calculada indiferencia.
No aceptan, condescienden. No avalan, bendicen. No disienten, condenan.
Cuando la mano obliga, juegan la carta del buen perdedor mientras calculan al milímetro la puñalada certera. Filtran el mundo a través de su propio código y se mueven en un tablero sin bordes.
En los casos más extremos son admirados como iluminados, dueños de una verdad suprema a la que sólo ellos tienen acceso wi-fi. En otros, son temidos por las represalias y esquivados en los rayes. En los menos, son tratados con ese respeto for rent que se da a quien pone la firma.

Blackberry en mano, se codean con la flor, la nata y todo el quién-es-quién. O al menos eso nos dicen, cuando el codeo no pasa de lo literal. Reparten tarjetas y posturas, más dados al exponer que al escuchar. Son noticia sólo si quieren y, cuando los dioses tiran dados cargados, patean la mesa de juego para volver a empezar. Siempre con una demanda en carpeta, nunca sin plan.

Se escabullen por las rendijas de las puertas entornadas para el resto de los mortales. Encuentran el nicho, identifican a sus víctimas, las convencen de su halo de imprescindibles.
Los históricos no tan ilustres los resisten, los pelean, los critican y se alejan como perros resintiendo la patada.
La tropa los sufre, los resiente, los padece y sigue su camino como puede, quizás rumiando en voz baja el deseo de tenerlos de amigos.
Los prescindentes nos enteramos que existen y los dimensionamos desde la otra vereda.

Sentados en tronos habilitados, con más o menos galones, cuando el empowerment no se les da como debiera comienzan a ver largos espectros conspirativos en cada rincón.
Entre la detallada formación académica y el poco pateo de esquina, no suelen darse a entender de una forma en la que los impacientes súbditos comprendan de qué va la cosa. En la pizarra hablan de estrategia y en la cancha no reconocen ni la pelota.
Y luego están los otros, los de largas horas en el potrero y dueños de una pelota que ya ha jugado varios partidos. Quizás estos sean los más temibles.

Sería deshonesto no confesar que algunas veces los observo con cierta fascinación.
¿Quién podría prever que, en el siglo más interconectado de nuestra existencia, algunos todavía se moverían con códigos medievales?
Son dueños de un poder sin brújula, sempiternos candidatos a todo, ubicuos frente a cualquiera sea el cargo y el conocimiento requerido. Y aún así, en cada giro, amenazan con llevarse todo puesto y, algunas veces, lo cumplen sin resistencias. Cuando se someten a la aprobación de los otros, una amnesia casi general los envuelve y renuevan sus galas para presentarse en el baile. No existen archivos, y los rumores se diluyen y desdicen en un sinsentido que parece hasta casual.
¿Los ves? Seguro que ya ubicaste al menos una foto. La de aquel político, la de este empresario, la del que tenés al lado.

Ni Maquiavelo pudo haber previsto consejos para estos príncipes con caóticos reinos prestados.
Su futuro es incierto, aunque a la vez pisa suelo seguro.
No es una ilusión verlos prevalecer en muchas mesas redondas, un día en un sillón, al siguiente en otro, o desde las sombras agitando el tablón.
Ahí, mientras la orquesta sigue tocando y nos fascinamos entre las vueltas de otros bailarines, estarán reinventándose como Cenicientos entre calabazas, con hadas madrinas autogestionadas, cada medianoche por siempre jamás.

1.4.09

Un buen hombre

Ha muerto Raúl Alfonsín.
Un político, un estadista, un pacificador, un luchador, un creyente.
Un hombre culto, honesto, comprometido.
El padre de la democracia. El guardián de la memoria.
Un histórico. Un constructor.
Un buen hombre.

Hace dos horas que intento encontrarle palabras a esta pérdida.

De todas las imágenes, de todos los discursos, de todas las páginas de diarios de la historia reciente, me quedo entrampada en la fascinación por su oratoria perfecta y hechizante, madre de muchas frases recordadas hasta el cansancio. Y siempre, siempre, en el mar de banderas argentinas, rojas y blancas, que lo saludaba en el regreso a la democracia. Esa imagen increíble, esa sensación electrizante, que ningún político ha recreado con exactitud en tiempos más recientes.

No tengo la edad suficiente para haber sido protagonista de esa época.
Los míos son recuerdos coleccionados a posteriori y, sin embargo, cada vez que voto regreso a aquel 30 de Octubre de 1983 en el que esperé una eternidad hasta que mi mamá pudo votar.
La memoria salta a un tiempo en el que hace pie en otras Pascuas, de seguro muy distintas a las que viviremos este año. Tampoco entendía de qué se trataba entonces y recién pude alumbrar esas ideas en pensamiento muchos años después, ya en la Universidad.
Luego vino la época de la crítica feroz de propios y ajenos, los años de soslayo y la perseverancia en la vuelta al ruedo. El codo de la historia contemporánea torciéndose hacia el lado que se imponía sobre la figura.

Y es que tal vez el legado de Raúl Alfonsín sea para muchos la cohesión que nos lleva a creer en la democracia posible.
Una entre la plaza llena de banderas y la pelea por los ideales del poder, con parada intermedia en cómo ceder sin dimitir, cómo dialogar y construir.
Quizás su figura sea como aquella imagen del patriarca que espera y confía en que quienes lo sucedan vayan aprendiendo camino y abriendo rumbo a la par, aunque de tanto en tanto intente rectificar el rumbo.
Ojalá, pienso… mientras alguien me deja un mensaje de texto en el celular diciéndome que va caminando hacia el Congreso.
De alguna manera, hacia allá vamos todos, de este lado del televisor o en tiempo real.
A rendir respeto, a aceptar culpas, a llorar la pérdida, a pedir perdón, y -sobre todo- a reconocer y agradecer.
Hacerlo hoy que ya no quedan los apuros de los tiempos políticos, los compromisos de las cargas institucionales, los tironeos de sectores… y desde hace un tiempo, cuando se concretó el consuelo de haberle reconocido su legado en vida, las deudas históricas.

En esta democracia tan baqueteada y quebrada de sueños, con estrellas caídas y muchas veces sin horizonte, algunos encontraremos siempre inspiración en la figura de una persona que demostró, sin prisa y sin pausa, que aquello que la mezquina coyuntura retacea finalmente lo corona con grandeza la Historia.

El celular vuelve a iluminarse: “La actividad política es la actividad más noble que puede desarrollar un ser humano cuando se la ejerce desde la convicción más profunda, la honestidad más ostentosa y la valentía más envidiable. ¡Viva Raúl Alfonsín!”
Me sonrío con nostalgia.
Hoy ha muerto un buen hombre.
Hoy ha muerto un imprescindible.
Hoy, quizás, algunos estamos un poco más solos.

23.3.09

Reflexión y Memoria

“Dos cuervos se posan en los hombros de Odín
y le susurran al oído todas las noticias
de lo que ven y oyen; sus nombres son
Reflexión y Memoria. Odín los envía a volar
cada mañana por el mundo
para que se enteren de todo
lo que sucede.
Siempre teme que no regrese el cuervo llamado
Reflexión, pero quien más le preocupa es Memoria.”

Snorri Sturlson “La quimera de Gylfi”


Yo fui una argentina sin memoria.
Durante años viví armando un rompecabezas con piezas que no existían.

A los 18 años me mudé a Buenos Aires y un día como cualquiera compré el ya muy famoso Página/12. En la página 2 descubrí una foto de DNI, con un nombre, una fecha de nacimiento y una duda de muerte al pie. “Desaparecido”. Era una palabra que conocía por haber estudiado, pero también una realidad que no tenía rostro, una historia que no tenía relato. Ese mismo año conocí a personas que habían vivido en una ciudad sitiada, con términos como “operativos”, “guerrilleros” y “tortura” en su vocabulario diario. Eran personas como yo pero con una historia de vida que pasaba por otro escenario.
Por primera vez en mi vida protegida tuve la opción de saber, de conocer. Y la elegí.
Fue la primera de muchas veces y la que más recuerdo.
Leí el Nunca Más, ví los videos del Juicio a las Juntas, leí los diarios de los 80, escuché a quienes sobrevivieron y contaron desde sus lados, descubrí una cultura que se hacía eco desde poesías y cantos. Desde todos los puntos de vista y sin tomar partido. Sólo para entender. Y en medio de todas esas voces, aprendí a reflexionar antes de hacer o decir algo que pugnara a volver a ese reino del espanto.

Nadie piensa que va a ser torturado, humillado, vejado, desaparecido, asesinado por cómo piensa o por ser quien quiso ser y sin embargo, un día cualquiera, otro cree que esa es la manera para pacificar un país, o progresar, o lograr un cambio.
Yo pienso y escribo, equivocada o no, y el sólo hecho de saber que todavía hay países en el mundo en que eso se paga con la vida es un alerta de que el pasado no lo es tanto.

En este día tan feriado de memoria y reflexión, ojalá recordemos los horrores -los de hace tiempo y los de hace unos días- y elijamos el camino del respeto a la vida, a la diversidad, a la disidencia, a la libertad.
Serú me canta que los brujos piensan en volver y yo pienso que quizás ya estén acá, y usen otras ropas, otras palabras, otros métodos, otras excusas.
Se habrán mudado a la casa de tu vecina que odia a los petroleros, o serán el chico de 17 que lincha a un extranjero, o el político que denigra a su oponente, o el señor profesional que opina anónimo en los foros virtuales que a los delincuentes hay que matarlos a todos sin juicio.
La maldad muta y no es privativa de nadie. El límite es demasiado frágil.
En el fondo son iguales, estos y aquellos, con su desprecio por la diferencia.

Hace un par de semanas, mi hermana del alma se sentaba en un auditorio de Zaragoza para escuchar a Estela de Carlotto. Un mensaje de texto cruzó el Atlántico para compartir el momento y yo contesté: “es la docencia de la memoria”. Hace cuatro días, Estela de Carlotto estuvo en Comodoro Rivadavia haciendo lo mismo. Incansable. Perenne. En un relato que lleva décadas y recupera vidas.
Quizás ella sabe con certeza algo que yo sólo intuyo: la memoria se aprende.
Pero la reflexión… bueno, la reflexión es un trabajo que hay que tomarse a conciencia y esforzarse en cumplir, sin veredas enfrentadas y siempre cuidando el camino que se va construyendo.
Nuestro destino depende de qué tan buenos seamos en esta tarea.

13.3.09

Mesa de saldos

Mordiendo los primeros fríos del otoño, el tablero chubutense enfrenta su fin de temporada estival con una oferta variada sobre la mesa de saldos.

Se largan las rebajas y todos quieren su parte del botín.

En esta punta, algunos sindicalistas se arrojan sobre los últimos objetos del deseo en las tierras del post-petroboom. Vuelven las internas sindicales, las denuncias de trinchera, los ladridos desde la arena del circo mediático, y el rejunte de compañeros leales para seguir empujando –desde abajo, claro está- el carro de la desdibujada causa. Algunos miran el desguace desde la puerta porque lo de ellos es otro ruedo y, como reza el proverbio, han sabido cómo nadar y guardar la ropa.

Más allá, tirado de bruces en el revoltijo, está el político que veía su nombre numerado y ahora no le cierra la última cifra. Ya lleva tres rumores firmes que lo dejan fuera de juego y uno que lo arrima pero no lo sienta. Cada vez que está por aferrarse al saldo correcto, un codazo lo vuelve a dejar fuera de la mesa. Insiste en la búsqueda, no resignándose a esperar otra vuelta.

Tironeando de un saco que nadie se pone, unos estatales se afirman en la tarea de reclamar mejor reparto, mientras sacan cuentas de lo que cuesta esta obra y aquella acción desde la no excusa de los números. Pero la tela resiste, no cede, y en el forcejeo sólo perderán los que miran desde el borde.

Aprovechando lo que la desesperación deja por los pisos, las vemos a ellas jugándola de línea de fondo, ambicionando -cuando mucho- mantener el sillón aceitado hasta que sea el turno de otros y quedándose cómodas con las búsquedas añoradas de varios.

Suena la campana del impuestazo porque la caja tiene hambre y todos se miran de reojo, dispuestos a revolearse en la cara la prenda que tienen entre manos. Tuya!, gritan los más rápidos y se apartan del rebusque, dejando en inevitable orsai a propios y ajenos.

El mercader avanza hacia la mesa y dice que todo aumenta, que la burbuja no se sostiene y alguien tendrá que dar por terminada la fiesta y hacerse cargo de la cuenta. El clima de desenfreno se enfría y queda claro que el único con chequera tiene el crédito cortado.

Los transeúntes ocasionales desfilan frente a las vidrieras. Apenas prestan atención a lo que ocurre en la mesa. Casi todo les es indiferente. Para ellos es sólo un día más y la verdadera lucha está en otra parte.

Mientras tanto, desde la pantalla que nos sale cada vez más caro ver, uno de los políticos más modernosos desgrana, encorvado y en remera, un discurso marca “te lo digo de onda, negra” desde el último spot marketinero emitido en los albores del Día Internacional de la Mujer. Con cada arruga marcada y bronceado que no viene de paleta, marca el estilo de una política más de patio de casa que de comités, unidades básicas y actos con bombo.
La liquidación 2009-2011 viene con descuentos inimaginables en otra época y tiene hasta un plan XYZ de alternativas, candidatos y votos.
El hijo de este, la esposa de ese, el otro hijo de aquel otro, el ministro, el intendente, el senador, el diputado. Política de rebajas, de “es lo que quedó”. Pasen y vean.
Como diría el genial Tato: "Por eso, mis queridos orejones del tarro, no se descuiden… Así que a seguir laburando, atenta la neurona, vermouth con papas fritas y ¡good show!".

12.2.09

Muerte a los violentos

La frase del título la escuché hace muchos años de boca de un periodista deportivo y la recuerdo cada vez que alguien, alzando la bandera de la única verdad, se siente dueño de eliminar a quien no esté aferrado al mismo mástil. Pero en el Comodoro de hoy, esta frase ya es un slogan literal.

Ya no es secreto para nadie que los esfuerzos en torno a disipar la sensación de inseguridad en nuestra ciudad han sido, sino vanos, al menos no los esperados.
El enfrentamiento de dos grupos antagónicos en el Barrio Moure en las últimas horas ha dejado como implicados o detenidos a varios involucrados en el Plan de Seguridad Participativa desde hace 4 años.
Una persona ha muerto. Quizás un delincuente, sí. Pero sobre todo una persona. Muchas más viven con miedo. Tantas otras ya han vivido en carne propia el terrible oficio de ser víctimas.
Y no es un fenómeno que se produzca sólo en ese barrio.
En las calles céntricas de la ciudad, a no más de 10 cuadras del edificio municipal, ya no es posible caminar seguro después de las 22 horas y comienza a tornarse una tarea de riesgo tener un comercio abierto aún en las arterias más transitadas.

Al imperio de la inseguridad a toda hora y en todo lugar se suma un fenómeno social: el de la tolerancia cero entendida como violencia al 100 por ciento.
Es todo un impacto leer la versión digital de uno de los diarios locales para tomar la muestra.
Más del 80% de los comentarios de usuarios sobre hechos de inseguridad pugna por soluciones mesiánicas como “matarlos a todos”, delirantes como “envenenar los cargamentos de droga”, o directamente utópicas como “dejarlos en una isla para que se maten entre ellos”. Reclaman escuadrones de la muerte, militares en las calles y festejan las víctimas mortales. No hay lugar para el derecho a una defensa legal ni para el principio universal de que cualquiera es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Ante el accionar de jueces y abogados –algunos poco afortunados, hay que decirlo- aseguran que de ser las víctimas familiares y amigos de esos jueces, abogados, políticos, policías y demás, las soluciones serían más inmediatas.
Es un argumento dudoso y peligroso, que roza en el deseo muchas veces explícito de que esas personas sean víctimas de crímenes aberrantes y no tan sólo robos menores, pero se esgrime con total naturalidad, como si partiera de la no-violencia.
Creer que esta es sólo una muestra de un grupo sectario es engañarse. Cada vez más las mismas expresiones aparecen en las charlas con amigos, en las mesas de café, en la rueda de las reuniones. Todos tienen una historia para contar, propia o cercana, y la conclusión es tan extrema como las citadas.

Si hace cuatro años la inseguridad era una sensación, hoy queda poco margen para lo sensorial.
Por cierto que no ayuda que algunos intolerantes decidan incendiar el auto de un periodista radial a plena luz del día en una de las zonas comerciales más activas de la ciudad, o que otros -quizás inspirados por la impunidad de los primeros- decidan hacer lo propio frente a una comisaría de la zona norte o en una ciudad cercana mientras lo filman con sus celulares para subirlo a la red.

Ante este escenario pseudo-bélico, la sociedad poco a poco va perdiendo su cariz de civilización y se sumerge así en una tribu primitiva, en la que los diferentes son rechazados de plano, los forasteros son sospechados, y se busca un dictamen único y supremo que brinde todas las soluciones y determine las acciones a seguir.
Hoy por hoy, los inmigrantes sudamericanos llevan en sus caras el estigma de esta sospecha. Ellos son los causantes de todos los males, de la pérdida de los viejos tiempos en los que la ciudad tenía 150.000 habitantes menos y nos conocíamos todos. Las asociaciones intermedias que nuclean a las diferentes colectividades extranjeras, lo mismo que las representaciones consulares, se mantienen silentes ante la discriminación, sin siquiera reconocer que es un síntoma de intolerancia que puede volverse contra todo y todos. A nadie le consta a nivel público que los criminales sean bolivianos, paraguayos, chilenos, peruanos o argentinos, pero en el imaginario colectivo son tan sudacas peligrosos y vagos como aquellos que solían ser culpables de los delitos urbanos en la España aterrada por la ola inmigratoria de hace 10 años atrás.
Se suma a este ánimo la falta de liderazgo efectivo de los actuales mandatarios, que han caído en la trampa de buscar un progreso desde la administración de los recursos cuando la problemática que enfrentan ya no depende de esos números. Más allá del incremento de efectivos policiales, los planes de contención o las reformas procesales, el problema ha llegado para quedarse y empeorar.
Sin soluciones y sin líderes, los habitantes de esta ciudad se extravían y muchos ya optan por la seguridad de barrios semi-cerrados o directamente privados hacia el sur. Quienes no tienen los medios económicos para encarar ese éxodo buscan irse de los barrios más conflictivos o deciden vivir encerrados, en la peor resignación.

El reino de la intolerancia siempre ha sido patrimonio nacional, pero por estos lares afiló sus garras durante la bonanza petrolera, cuando a fuerza de prepotencia se obtuvieron avances en materia laboral que no supieron materializarse en proyecciones a futuro, ni a nivel individual, ni sindical, ni político, ni empresarial.
Hoy esa actitud se ha esparcido como aceite, impregnando todos los estratos sociales y las acciones de cada uno de ellos.
Si no puedo obtener una casa, tomo terrenos de forma ilegal. Si no puedo negociar hablando, corto una ruta. Si no puedo crear un espacio político legítimo, saboteo las gestiones. Si no puedo tener lo que quiero, lo robo. Si no puedo distinguirme por mi esfuerzo, incendio y destruyo.
Junto a la intolerancia, el resentimiento amenaza a crear cotos en los que será “nosotros” contra “ellos”. Para muestra baste tomar en cuenta que es casi imposible expresar una idea que vaya contra la corriente imperante sin ser apaleado.
Comodorenses contra inmigrantes. Petroleros contra no-petroleros. Ocupas contra trabajadores. Ricos contra pobres. Pobres contra pobres. No hay lugar para el pensamiento, el análisis, ni la negociación.

Es menester que tanto gobernantes como legisladores y jueces despierten a la realidad desde donde las voces ciudadanas los juzgan con justa dureza y les piden –porque todavía piden- que el esfuerzo sea conjunto, que las reformas necesarias se materialicen, y que den muestras de trabajar para y con el pueblo.
La letra de la ley existe para ser respetada, pero también modificada según los tiempos y aplicada con el sentido común. ¿Es acaso posible creer que existe un criterio basado en la realidad, más allá de la ley escrita, que permita al niño-criminal más famoso de la ciudad quedar en libertad tras su última fechoría con la prohibición de salir de noche?
Es inaudito que el propio Poder Judicial carezca de los reflejos para al menos plantear una genuina preocupación pública ante estos casos y proponer reformas.
La siesta de quienes tienen la responsabilidad de generar cambios desde el poder ha empujado a esta sociedad a un peligroso punto de no retorno. No entenderlo así es la última irresponsabilidad.

Como sociedad también nos debemos despertarnos del letargo de una democracia entendida como “sólo urna y votos”. La democracia como forma de vida requiere de ciudadanos activos y comprometidos, utilizando los canales de comunicación con sus representantes, presionando a través de instituciones intermedias en defensa de sus intereses, denunciando. Ningún representante dudaría en cumplir sus funciones ante una ciudadanía movilizada.

Como alguna vez dijo Gandhi, “ojo por ojo y el mundo se quedará ciego”.
La justicia por mano propia es sólo para los personajes de cómic y no para personas que han elegido vivir en sociedad. La búsqueda de un héroe justiciero que nos salve de todos los males también vive en ese terreno donde la imaginación todo lo puede. Los delincuentes no se matarán entre ellos, ni se aniquilarán de la noche a la mañana consumiendo drogas envenenadas.
Estarán ahí y está en nosotros tomar las riendas de este desafío que nos presenta nuestra ciudad, seamos sus habitantes nativos o por opción.
El camino no es corto ni simple, el dolor y la indefensión de las víctimas y sus familias es innegable, pero el mundo nos muestra miles de ejemplos en los que el cambio ha sido posible.
Tolerancia cero, quizás. Pero sin un muerto más. Y entendiendo que la violencia nunca es el camino.

22.1.09

Grandes bolas de fuego

Uno de los hechos insólitos de los pasados días comodorenses ha sido la caída de una bola de fuego frente a la costa de la ciudad. Les juro que hay varios testigos.
Nadie atina a dar una explicación científica ni mucho menos y, a través de comentarios virtuales y no sin humor, los lectores de uno de los diarios locales se encargaron de especular que se trataría de marcianos enterados de la posibilidad de usurpar tierras hasta una nueva estrategia petrolera para tomar plantas de almacenamiento costeras.
Muchos, con menos humor y hasta alivio, celebran que la trayectoria del objeto desconocido haya terminado en el mar y aseguran que lo último que la faltaría a la actual administración municipal sería lidiar con un impacto profundo en pleno centro de la ciudad.

Rodeando el evento, otras bolas de fuego han ido cayendo sobre el cada vez más bombardeado campo de la política local.

La elección de Ricardo Trovant como vocero de la gestión ante la problemática suscitada por las ocupaciones ilegales de tierra no ha sido tan acertada en vista de sus resultados. Con una amplia experiencia municipal en su haber y siempre en áreas relacionadas con el tema, su intervención pública levantó más indignación que tranquilidad y los interrogantes a los que se ha enfrentado desde ciudadanos y medios lo han dejado en un brete con mucha frustración y poco esclarecimiento sobre la política a seguir.
Menos afortunadas han sido las declaraciones públicas de Josefina Bidondo, también funcionaria del área afectada, que en línea con el discurso oficial atinó a considerar a los vecinos como custodios de la tierra, abriendo un frente de conflicto social ya de por sí de un equilibrio muy precario.
La juventud de Guillermo Almirón le jugó un mala pasada para un momento en el que el perfil del cargo que -hay que reconocerlo- ha desempañado con cierta pericia, era la piedra angular para comenzar a descomprimir la presión social, mostrando una figura de autoridad a cargo de la resolución del conflicto.
Tampoco ayudó el ahora miembro del Gabinete de Tierras y entonces responsable del área Martín Galíndez. Ante la presión mediática sólo atinó a emitir un diagnóstico que consideraba al problema como uno histórico de índole social, para luego dimitir en menos de 24 horas dejando el paso a un tímido Domingo Squillace que no termina de cerrar con el perfil que requiere por estas horas la gestión aunque muchos apuntan a su capacidad de trabajo y sostienen la esperanza de una buen desempeño en el tiempo.
Para una sociedad hastiada de las soluciones por las malas y con vía libre, estas intervenciones y omisiones han sido leña y fuego al mismo tiempo.

Mientras tanto, malentendido ha sido el juego democrático cuando un grupo de vecinalistas y partidarios ha decidido en las últimas horas erigirse como defensores y custodios del sistema ante la inminencia de una marcha organizada por un grupo de extrema izquierda. Toma del edificio municipal mediante, el resultado ha sido una condena generalizada tanto por el rol de la agrupación como el que han venido a desempeñar los supuestos custodios. Prácticas e internas de la vieja política que se aplican a los tiempos en los que las reglas han mutado y el ciudadano promedio está más informado de lo que muchos han decidido creer. En suma, más daño acumulado sobre un área ya declarada de desastre.

Impasibles vemos el vaivén del precio del petróleo que ya está llevando a las grandes operadoras a reformular su tablero 2009, un replanteo que impacta de lleno en economías petro-dependientes como la nuestra. Visto con luces de alarma por otras provincias y ciudades en nuestra misma condición, aquí nos instalamos en la butaca de la autonegación esperando que un milagro inesperado nos proteja de despidos masivos y quiebres del sistema financiero-comercial local.
También ante esta esfera brillante se quedan atónitos quienes tienen la responsabilidad de administrar y prever el futuro del sustento y desarrollo local. Días atrás el propio Ministro de Economía de la provincia ya advertía un panorama difícil si el precio del barril continuaba en la franja actual y más allá de ello poco se sabe de cómo afrontarán las arcas municipales ya en rojo los meses por venir.

En medio de todo, la inseguridad sigue su paso redoblado e impune. Entre jueces que liberan delincuentes apresados por una policía, cada día más superada por la falta de recursos humanos y materiales, y el ojo ciudadano que se decepciona y frustra cada vez que se suma una víctima.
Ni siquiera en este caso el Municipio ha tenido una voz, aunque más no sea para hacerse eco de las preocupaciones de sus ciudadanos ante instancias superiores que debieran también ser superadoras.

Quizás la Administración Buzzi tenga integrantes muy capacitados, un coro de ideas brillantes de progreso para la ciudad y la visión para concretarlas sin desvíos ni demoras.
Quizás sí exista un plan maestro después de todo.
Más allá de la decadencia urbana, la insuficiencia de controles, la necesidad de recaudación que los lleva a una política impositiva irreal para tiempos de crisis.
Más allá de la falta de previsión y planificación que hace de cada suceso una crisis fuera de control.
Más allá de las internas y los rumores de salida anticipada que alejan al actual Intendente no sólo de su mandato sino de la promesa de Fontana 2011.
Más allá de todo, quizás sí exista un rumbo que todavía no logra zafar de la comezón del primer año.

Lo cierto es que, plan existente o no, en lo que sí ha fallado esta administración hasta ahora es en comunicar los progresos y los logros que se pierden en la maroma, en explicar los desaciertos con lógica y argumentos válidos, en escuchar y hacerse oír, en buscar apoyos e inspirar confianzas, en compartir la visión y la hoja de ruta, y de alguna extraña manera en trabajar para lo que la ciudad realmente necesita.
Con este esquema de sucesión de errores, sólo ha logrado alejarse de los intereses de la ciudadanía y decepcionar como herramienta de cambio.

Y esa sí es una gran bola de fuego que, en plena combustión con los ánimos imperantes, amenaza arrasar con todo.

12.1.09

2009 y van…

Casi sin sentirlo se fue el 2008 y llegó el nuevo año.
Esperado, en crisis, electoral, en guerra, inseguro, okupa, cansado antes de empezar.
Pareciera que también al mundo se le ha hecho difícil afrontar este año con esperanza.
Una recorrida por los canales “científicos” el primer día del 2009 y desde entonces arroja una serie de programas especiales con títulos dignos del mejor cine catástrofe: Imágenes del Apocalipsis, La Tierra sin Humanos, y así. Hasta la cartelera cinematográfica se estrenó con un “El día en el que la tierra se detuvo”, en el que un ser de otro planeta nos advierte que lo hemos hecho todo mal.
En suma, la idea imperante es un apocalíptico “moriremos todos”.
O nos arrasará una ola gigante, o nos llevará por delante un cometa, o un descuido de laboratorio nos eliminará con un virus, o el clima se volverá un enemigo letal, o algo así de masivo y express.
La realidad es que sí, moriremos todos, pero es probable que sea lento y doloroso y quizás nos vayamos exterminando solitos entre nosotros, de a poco y por impericia.

Quizás los virus nos irán ganando la batalla, aunque sea luego de años de hacer de la industria farmacéutica un negocio, un arma y un reino al que sólo tienen acceso los que pueden pagarla.
Quizás las ciudades queden desiertas, pero luego de que el costo de los alquileres y la pésima calidad de vida nos vayan barriendo hacia los suburbios y la inseguridad nos cobre vidas de a una. O tal vez porque estaremos dispuestos a enfrentarnos a como dé lugar por un pedazo de tierra.
Quizás una gran ola nos barra de a miles, aunque también es probable que sean las mareas extraordinarias las que se vayan comiendo los terrenos ganados al mar y con defensas mal construidas o inexistentes.
Quizás las inclemencias climáticas sean demasiado para tolerarlas o tal vez no sean tan inclementes como poco astuta la planificación urbana para atenuar su impacto.
Quizás sea más probable que nos lleve por delante un auto antes que un cometa. O que seamos nosotros los que, tentando al destino, nos dediquemos a pistear en rutas interurbanas, a poner a prueba el velocímetro en las rectas infinitas de las rutas nacionales o a salir de incógnito en las noches con autos sin luces ni patente.

Quizás quizás quizás.
Las probabilidades de que estemos vivos cuando llegue el fin de los tiempos disminuyen al mismo paso en el que inventamos nuevas formas de matarnos solos, como seres humanos y como forma de vida civilizada.

Mientras el mundo se imagina cómo desaparecerá, al menos en esta urbe, seguimos nuestro camino como forajidos.
Cada vez más el lejano sur se asemeja al lejano oeste, tomando por las malas lo que no se obtiene por las buenas.
Como si hubiéramos decidido vivir nuestro propio escenario apocalíptico, enfrentamos una estampa urbana con plazas y boulevards que se secan bajo el sol, veredas destruidas, calles de rally y hasta suciedad de descuido si miramos con atención. Cualquier terreno libre es presa de ocupaciones y uno se podría preguntar a quién se le ocurrirá primero tomar edificios o casas abandonados.
Los conflictos gremiales asoman en los lugares menos pensados, impulsados por ambiciones que se plantan en el tira y afloja del poder más que en la defensa de intereses laborales.
El fantasma negro de la recesión asoma en un horizonte más próximo de lo que muchos están dispuestos a aceptar y menos están preparados para enfrentar.
Propios y ajenos desesperan ante una administración municipal errática y comienzan a plantearse escenarios de cambios que nadie sabe si serán los necesarios o acaso útiles para revertir la rodada.
Como ciudadanos, exigimos explicaciones que no nos interesa escuchar cuando llegan, insultamos la incapacidad en lugar de juzgarla a fuerza de votos, no sabemos cómo acompañar sin desmerecer, no podemos construir desde lo que nos han dejado o lo que vamos consiguiendo.
Los discursos se repiten y las acciones ya probadas también, tornando a ambos insuficientes e improductivos.
Los golpes de timón no aparecen y tampoco se aprecian los cambios sutiles, lo que nos deja en el páramo de la sensación de inacción. Y como la sensación de inseguridad, tengan por seguro que es real, palpable e igual de frustrante.

Seamos sinceros: en el esquema en el que nos movemos hoy, podemos morir en un segundo por causas menos espectaculares que las proyectadas por los cerebros científicos.
Sólo es cuestión que alguien cruce una línea roja más, la enésima, y nadie haga nada eficaz para detenerlo.
Claro que siempre será más glamoroso que nos lo advierta un extraterrestre llegado de un mundo más evolucionado.
Y en esa categoría sí que no entro, aunque muchos digan que soy muy rara.