22.1.09

Grandes bolas de fuego

Uno de los hechos insólitos de los pasados días comodorenses ha sido la caída de una bola de fuego frente a la costa de la ciudad. Les juro que hay varios testigos.
Nadie atina a dar una explicación científica ni mucho menos y, a través de comentarios virtuales y no sin humor, los lectores de uno de los diarios locales se encargaron de especular que se trataría de marcianos enterados de la posibilidad de usurpar tierras hasta una nueva estrategia petrolera para tomar plantas de almacenamiento costeras.
Muchos, con menos humor y hasta alivio, celebran que la trayectoria del objeto desconocido haya terminado en el mar y aseguran que lo último que la faltaría a la actual administración municipal sería lidiar con un impacto profundo en pleno centro de la ciudad.

Rodeando el evento, otras bolas de fuego han ido cayendo sobre el cada vez más bombardeado campo de la política local.

La elección de Ricardo Trovant como vocero de la gestión ante la problemática suscitada por las ocupaciones ilegales de tierra no ha sido tan acertada en vista de sus resultados. Con una amplia experiencia municipal en su haber y siempre en áreas relacionadas con el tema, su intervención pública levantó más indignación que tranquilidad y los interrogantes a los que se ha enfrentado desde ciudadanos y medios lo han dejado en un brete con mucha frustración y poco esclarecimiento sobre la política a seguir.
Menos afortunadas han sido las declaraciones públicas de Josefina Bidondo, también funcionaria del área afectada, que en línea con el discurso oficial atinó a considerar a los vecinos como custodios de la tierra, abriendo un frente de conflicto social ya de por sí de un equilibrio muy precario.
La juventud de Guillermo Almirón le jugó un mala pasada para un momento en el que el perfil del cargo que -hay que reconocerlo- ha desempañado con cierta pericia, era la piedra angular para comenzar a descomprimir la presión social, mostrando una figura de autoridad a cargo de la resolución del conflicto.
Tampoco ayudó el ahora miembro del Gabinete de Tierras y entonces responsable del área Martín Galíndez. Ante la presión mediática sólo atinó a emitir un diagnóstico que consideraba al problema como uno histórico de índole social, para luego dimitir en menos de 24 horas dejando el paso a un tímido Domingo Squillace que no termina de cerrar con el perfil que requiere por estas horas la gestión aunque muchos apuntan a su capacidad de trabajo y sostienen la esperanza de una buen desempeño en el tiempo.
Para una sociedad hastiada de las soluciones por las malas y con vía libre, estas intervenciones y omisiones han sido leña y fuego al mismo tiempo.

Mientras tanto, malentendido ha sido el juego democrático cuando un grupo de vecinalistas y partidarios ha decidido en las últimas horas erigirse como defensores y custodios del sistema ante la inminencia de una marcha organizada por un grupo de extrema izquierda. Toma del edificio municipal mediante, el resultado ha sido una condena generalizada tanto por el rol de la agrupación como el que han venido a desempeñar los supuestos custodios. Prácticas e internas de la vieja política que se aplican a los tiempos en los que las reglas han mutado y el ciudadano promedio está más informado de lo que muchos han decidido creer. En suma, más daño acumulado sobre un área ya declarada de desastre.

Impasibles vemos el vaivén del precio del petróleo que ya está llevando a las grandes operadoras a reformular su tablero 2009, un replanteo que impacta de lleno en economías petro-dependientes como la nuestra. Visto con luces de alarma por otras provincias y ciudades en nuestra misma condición, aquí nos instalamos en la butaca de la autonegación esperando que un milagro inesperado nos proteja de despidos masivos y quiebres del sistema financiero-comercial local.
También ante esta esfera brillante se quedan atónitos quienes tienen la responsabilidad de administrar y prever el futuro del sustento y desarrollo local. Días atrás el propio Ministro de Economía de la provincia ya advertía un panorama difícil si el precio del barril continuaba en la franja actual y más allá de ello poco se sabe de cómo afrontarán las arcas municipales ya en rojo los meses por venir.

En medio de todo, la inseguridad sigue su paso redoblado e impune. Entre jueces que liberan delincuentes apresados por una policía, cada día más superada por la falta de recursos humanos y materiales, y el ojo ciudadano que se decepciona y frustra cada vez que se suma una víctima.
Ni siquiera en este caso el Municipio ha tenido una voz, aunque más no sea para hacerse eco de las preocupaciones de sus ciudadanos ante instancias superiores que debieran también ser superadoras.

Quizás la Administración Buzzi tenga integrantes muy capacitados, un coro de ideas brillantes de progreso para la ciudad y la visión para concretarlas sin desvíos ni demoras.
Quizás sí exista un plan maestro después de todo.
Más allá de la decadencia urbana, la insuficiencia de controles, la necesidad de recaudación que los lleva a una política impositiva irreal para tiempos de crisis.
Más allá de la falta de previsión y planificación que hace de cada suceso una crisis fuera de control.
Más allá de las internas y los rumores de salida anticipada que alejan al actual Intendente no sólo de su mandato sino de la promesa de Fontana 2011.
Más allá de todo, quizás sí exista un rumbo que todavía no logra zafar de la comezón del primer año.

Lo cierto es que, plan existente o no, en lo que sí ha fallado esta administración hasta ahora es en comunicar los progresos y los logros que se pierden en la maroma, en explicar los desaciertos con lógica y argumentos válidos, en escuchar y hacerse oír, en buscar apoyos e inspirar confianzas, en compartir la visión y la hoja de ruta, y de alguna extraña manera en trabajar para lo que la ciudad realmente necesita.
Con este esquema de sucesión de errores, sólo ha logrado alejarse de los intereses de la ciudadanía y decepcionar como herramienta de cambio.

Y esa sí es una gran bola de fuego que, en plena combustión con los ánimos imperantes, amenaza arrasar con todo.

12.1.09

2009 y van…

Casi sin sentirlo se fue el 2008 y llegó el nuevo año.
Esperado, en crisis, electoral, en guerra, inseguro, okupa, cansado antes de empezar.
Pareciera que también al mundo se le ha hecho difícil afrontar este año con esperanza.
Una recorrida por los canales “científicos” el primer día del 2009 y desde entonces arroja una serie de programas especiales con títulos dignos del mejor cine catástrofe: Imágenes del Apocalipsis, La Tierra sin Humanos, y así. Hasta la cartelera cinematográfica se estrenó con un “El día en el que la tierra se detuvo”, en el que un ser de otro planeta nos advierte que lo hemos hecho todo mal.
En suma, la idea imperante es un apocalíptico “moriremos todos”.
O nos arrasará una ola gigante, o nos llevará por delante un cometa, o un descuido de laboratorio nos eliminará con un virus, o el clima se volverá un enemigo letal, o algo así de masivo y express.
La realidad es que sí, moriremos todos, pero es probable que sea lento y doloroso y quizás nos vayamos exterminando solitos entre nosotros, de a poco y por impericia.

Quizás los virus nos irán ganando la batalla, aunque sea luego de años de hacer de la industria farmacéutica un negocio, un arma y un reino al que sólo tienen acceso los que pueden pagarla.
Quizás las ciudades queden desiertas, pero luego de que el costo de los alquileres y la pésima calidad de vida nos vayan barriendo hacia los suburbios y la inseguridad nos cobre vidas de a una. O tal vez porque estaremos dispuestos a enfrentarnos a como dé lugar por un pedazo de tierra.
Quizás una gran ola nos barra de a miles, aunque también es probable que sean las mareas extraordinarias las que se vayan comiendo los terrenos ganados al mar y con defensas mal construidas o inexistentes.
Quizás las inclemencias climáticas sean demasiado para tolerarlas o tal vez no sean tan inclementes como poco astuta la planificación urbana para atenuar su impacto.
Quizás sea más probable que nos lleve por delante un auto antes que un cometa. O que seamos nosotros los que, tentando al destino, nos dediquemos a pistear en rutas interurbanas, a poner a prueba el velocímetro en las rectas infinitas de las rutas nacionales o a salir de incógnito en las noches con autos sin luces ni patente.

Quizás quizás quizás.
Las probabilidades de que estemos vivos cuando llegue el fin de los tiempos disminuyen al mismo paso en el que inventamos nuevas formas de matarnos solos, como seres humanos y como forma de vida civilizada.

Mientras el mundo se imagina cómo desaparecerá, al menos en esta urbe, seguimos nuestro camino como forajidos.
Cada vez más el lejano sur se asemeja al lejano oeste, tomando por las malas lo que no se obtiene por las buenas.
Como si hubiéramos decidido vivir nuestro propio escenario apocalíptico, enfrentamos una estampa urbana con plazas y boulevards que se secan bajo el sol, veredas destruidas, calles de rally y hasta suciedad de descuido si miramos con atención. Cualquier terreno libre es presa de ocupaciones y uno se podría preguntar a quién se le ocurrirá primero tomar edificios o casas abandonados.
Los conflictos gremiales asoman en los lugares menos pensados, impulsados por ambiciones que se plantan en el tira y afloja del poder más que en la defensa de intereses laborales.
El fantasma negro de la recesión asoma en un horizonte más próximo de lo que muchos están dispuestos a aceptar y menos están preparados para enfrentar.
Propios y ajenos desesperan ante una administración municipal errática y comienzan a plantearse escenarios de cambios que nadie sabe si serán los necesarios o acaso útiles para revertir la rodada.
Como ciudadanos, exigimos explicaciones que no nos interesa escuchar cuando llegan, insultamos la incapacidad en lugar de juzgarla a fuerza de votos, no sabemos cómo acompañar sin desmerecer, no podemos construir desde lo que nos han dejado o lo que vamos consiguiendo.
Los discursos se repiten y las acciones ya probadas también, tornando a ambos insuficientes e improductivos.
Los golpes de timón no aparecen y tampoco se aprecian los cambios sutiles, lo que nos deja en el páramo de la sensación de inacción. Y como la sensación de inseguridad, tengan por seguro que es real, palpable e igual de frustrante.

Seamos sinceros: en el esquema en el que nos movemos hoy, podemos morir en un segundo por causas menos espectaculares que las proyectadas por los cerebros científicos.
Sólo es cuestión que alguien cruce una línea roja más, la enésima, y nadie haga nada eficaz para detenerlo.
Claro que siempre será más glamoroso que nos lo advierta un extraterrestre llegado de un mundo más evolucionado.
Y en esa categoría sí que no entro, aunque muchos digan que soy muy rara.