26.4.09

Sentados sobre calabazas

El hijo del policía. El sobrino del vecinalista. El nieto del albañil. La hija del doctor. La nuera de la empleada doméstica. El hermano menor del puntero.
Todos en la misma foto borroneada. Todos con iniciales en negro sobre blanco. Todos anónimos e inimputables.
El nene de mamá. La princesa de papá.

Los 16 de ayer convertidos en los 10 de hoy.
Demasiado estímulo para cerebros que sólo atinan a tomar el paso, cuando y como pueden, entre una niñez perdida cada vez más temprano, una adolescencia cada vez más adulta y una juventud que llega, sí, pero desgastada.
Demasiadas decisiones, sin importar las abundancias o carencias del entorno. Una agenda implícita que los pone a cargo de sus familias o de sus futuros, cuando apenas pueden manejar su propio cambio. Escuelas con horarios eternos o erráticos, familias con prioridades alteradas por trabajos que no se apiadan de nada o planes sociales adictivos, hogares disueltos por violencia, desidia, drogas y alcohol.
Deambulando en un mapa no siempre claro asoman ellos, los ciudadanos del post-bicentenario.

Nacieron en la superficialidad menemista, rodeados de menos fantasmas temibles y más ídolos con pies de barro. El desencanto los ha acompañado desde la cuna, y también el oportunismo.
Sus familias oscilaron entre la bonanza y la marginación de la segunda plata dulce. Tan extremos los vaivenes del péndulo que no podríamos señalar quiénes fueron los afortunados, si aquellos con su abundancia o estos con sus privaciones. A cada lado de la brecha, una casta de privilegiados.

La educación les llegó y les pasó por encima, en el momento en que la sociedad decidió moverse a fuerza de prepotencias para demostrarles que no siempre el trabajador honesto progresa y el delincuente cae en desgracia. El diario de ayer les confirmó que de poco vale el texto o gastar tiza en pizarra. Aquellos que recogieron valores de sus familias, los vieron destrozados portada tras portada, imagen tras imagen, con voz de informativo catástrofe que confirma siempre lo peor.

Portan cúmulos de frustraciones desahogadas en las pantallas de la Play o en la música cantada al palo en una habitación cerrada, y cuando las encuentran omnipresentes e intolerables las llevan a la calle para ahogarlas en humo, birra y vuelo.
Ser padres se convierte para ellos en un desafío temprano, el menor de los males en la ruleta rusa sexual en la que apuestan a cada vuelta su suerte y su cuerpo. Sus hijos nacen así a un mundo de inconsciencia que los deja a las puertas de cualquier futuro.
La búsqueda de identidad en pleno siglo XXI los encuentra en páramos virtuales donde se pueden inventar fortalezas pero no huir de las debilidades.
Algunos salen de esa caverna oscura, se apoyan en afectos y amigos, buscan la manera de canalizar esa fuerza tan potente del agujero negro interior, y lo logran. Pelean contra la carga de las pesadas herencias y la convencen de jugar a su favor. Acaso si alguien supiera qué los hace diferentes.

Tras décadas de palabrería de diagnósticos, sobre roles de familia, valores y educación, leyes y justicias, hoy nos miramos en charcos de agua turbia.
Hace dos días un padre policía renunció a su carrera en la fuerza. Su hijo de 17 años había sido arrestado en la madrugada mientras destrozaba un auto, en una cadena de hechos que ya sumaba ocho más incendiados. Como si de una burla del destino se tratara, él se jugó su vida y la carrera de su padre en una sola apuesta sin lógica aparente, dejándonos a todos con el eterno interrogante que busca la razón.
Narcisos sin dudas ni certezas, no podemos evitar preguntarnos con desazón quiénes nos salvarán de estos vengativos dioses menores que nos asolan con facturas ilegibles, destruyendo el esfuerzo de nuestras vidas.
Mientras tanto, la lotería de nenes y princesas fagocita a las próximas víctimas y no podemos sino esperar, ya desencantados y sentados sobre nuestras calabazas, que no sean los nuestros.

13.4.09

Príncipes perdidos

Que el poder obsesiona es un hecho comprobado por los siglos.
Que corrompe invariablemente, es una leyenda que mantiene a los nobles al margen.
Que seduce, es un mito menemista.
Pero, ya sea como fin o como medio, el poder en manos de un príncipe perdido termina convirtiéndose en una condena.

Los hemos visto desgranando estrategias en mesas de café o en oficinas céntricas. Siempre a buen resguardo del ojo indiscreto que ve y cuenta cuando la movida es importante; no tan guardados cuando la intención es que trascienda.
Los llaman por su primer nombre, como a Mirtha o a Susana, o en su defecto por aquel apodo de los primeros tiempos más cercanos al barro y al barrio.
No son jóvenes ni viejos, son eternos. Con un aura vampiresca, a medio camino entre la pasividad y una calculada indiferencia.
No aceptan, condescienden. No avalan, bendicen. No disienten, condenan.
Cuando la mano obliga, juegan la carta del buen perdedor mientras calculan al milímetro la puñalada certera. Filtran el mundo a través de su propio código y se mueven en un tablero sin bordes.
En los casos más extremos son admirados como iluminados, dueños de una verdad suprema a la que sólo ellos tienen acceso wi-fi. En otros, son temidos por las represalias y esquivados en los rayes. En los menos, son tratados con ese respeto for rent que se da a quien pone la firma.

Blackberry en mano, se codean con la flor, la nata y todo el quién-es-quién. O al menos eso nos dicen, cuando el codeo no pasa de lo literal. Reparten tarjetas y posturas, más dados al exponer que al escuchar. Son noticia sólo si quieren y, cuando los dioses tiran dados cargados, patean la mesa de juego para volver a empezar. Siempre con una demanda en carpeta, nunca sin plan.

Se escabullen por las rendijas de las puertas entornadas para el resto de los mortales. Encuentran el nicho, identifican a sus víctimas, las convencen de su halo de imprescindibles.
Los históricos no tan ilustres los resisten, los pelean, los critican y se alejan como perros resintiendo la patada.
La tropa los sufre, los resiente, los padece y sigue su camino como puede, quizás rumiando en voz baja el deseo de tenerlos de amigos.
Los prescindentes nos enteramos que existen y los dimensionamos desde la otra vereda.

Sentados en tronos habilitados, con más o menos galones, cuando el empowerment no se les da como debiera comienzan a ver largos espectros conspirativos en cada rincón.
Entre la detallada formación académica y el poco pateo de esquina, no suelen darse a entender de una forma en la que los impacientes súbditos comprendan de qué va la cosa. En la pizarra hablan de estrategia y en la cancha no reconocen ni la pelota.
Y luego están los otros, los de largas horas en el potrero y dueños de una pelota que ya ha jugado varios partidos. Quizás estos sean los más temibles.

Sería deshonesto no confesar que algunas veces los observo con cierta fascinación.
¿Quién podría prever que, en el siglo más interconectado de nuestra existencia, algunos todavía se moverían con códigos medievales?
Son dueños de un poder sin brújula, sempiternos candidatos a todo, ubicuos frente a cualquiera sea el cargo y el conocimiento requerido. Y aún así, en cada giro, amenazan con llevarse todo puesto y, algunas veces, lo cumplen sin resistencias. Cuando se someten a la aprobación de los otros, una amnesia casi general los envuelve y renuevan sus galas para presentarse en el baile. No existen archivos, y los rumores se diluyen y desdicen en un sinsentido que parece hasta casual.
¿Los ves? Seguro que ya ubicaste al menos una foto. La de aquel político, la de este empresario, la del que tenés al lado.

Ni Maquiavelo pudo haber previsto consejos para estos príncipes con caóticos reinos prestados.
Su futuro es incierto, aunque a la vez pisa suelo seguro.
No es una ilusión verlos prevalecer en muchas mesas redondas, un día en un sillón, al siguiente en otro, o desde las sombras agitando el tablón.
Ahí, mientras la orquesta sigue tocando y nos fascinamos entre las vueltas de otros bailarines, estarán reinventándose como Cenicientos entre calabazas, con hadas madrinas autogestionadas, cada medianoche por siempre jamás.

1.4.09

Un buen hombre

Ha muerto Raúl Alfonsín.
Un político, un estadista, un pacificador, un luchador, un creyente.
Un hombre culto, honesto, comprometido.
El padre de la democracia. El guardián de la memoria.
Un histórico. Un constructor.
Un buen hombre.

Hace dos horas que intento encontrarle palabras a esta pérdida.

De todas las imágenes, de todos los discursos, de todas las páginas de diarios de la historia reciente, me quedo entrampada en la fascinación por su oratoria perfecta y hechizante, madre de muchas frases recordadas hasta el cansancio. Y siempre, siempre, en el mar de banderas argentinas, rojas y blancas, que lo saludaba en el regreso a la democracia. Esa imagen increíble, esa sensación electrizante, que ningún político ha recreado con exactitud en tiempos más recientes.

No tengo la edad suficiente para haber sido protagonista de esa época.
Los míos son recuerdos coleccionados a posteriori y, sin embargo, cada vez que voto regreso a aquel 30 de Octubre de 1983 en el que esperé una eternidad hasta que mi mamá pudo votar.
La memoria salta a un tiempo en el que hace pie en otras Pascuas, de seguro muy distintas a las que viviremos este año. Tampoco entendía de qué se trataba entonces y recién pude alumbrar esas ideas en pensamiento muchos años después, ya en la Universidad.
Luego vino la época de la crítica feroz de propios y ajenos, los años de soslayo y la perseverancia en la vuelta al ruedo. El codo de la historia contemporánea torciéndose hacia el lado que se imponía sobre la figura.

Y es que tal vez el legado de Raúl Alfonsín sea para muchos la cohesión que nos lleva a creer en la democracia posible.
Una entre la plaza llena de banderas y la pelea por los ideales del poder, con parada intermedia en cómo ceder sin dimitir, cómo dialogar y construir.
Quizás su figura sea como aquella imagen del patriarca que espera y confía en que quienes lo sucedan vayan aprendiendo camino y abriendo rumbo a la par, aunque de tanto en tanto intente rectificar el rumbo.
Ojalá, pienso… mientras alguien me deja un mensaje de texto en el celular diciéndome que va caminando hacia el Congreso.
De alguna manera, hacia allá vamos todos, de este lado del televisor o en tiempo real.
A rendir respeto, a aceptar culpas, a llorar la pérdida, a pedir perdón, y -sobre todo- a reconocer y agradecer.
Hacerlo hoy que ya no quedan los apuros de los tiempos políticos, los compromisos de las cargas institucionales, los tironeos de sectores… y desde hace un tiempo, cuando se concretó el consuelo de haberle reconocido su legado en vida, las deudas históricas.

En esta democracia tan baqueteada y quebrada de sueños, con estrellas caídas y muchas veces sin horizonte, algunos encontraremos siempre inspiración en la figura de una persona que demostró, sin prisa y sin pausa, que aquello que la mezquina coyuntura retacea finalmente lo corona con grandeza la Historia.

El celular vuelve a iluminarse: “La actividad política es la actividad más noble que puede desarrollar un ser humano cuando se la ejerce desde la convicción más profunda, la honestidad más ostentosa y la valentía más envidiable. ¡Viva Raúl Alfonsín!”
Me sonrío con nostalgia.
Hoy ha muerto un buen hombre.
Hoy ha muerto un imprescindible.
Hoy, quizás, algunos estamos un poco más solos.