25.5.09

Latidos bicentenarios

Entre el fuego de las ideas y las pasiones de la política diaria, hoy comienza el despertar irremediable y bicentenario. El bronce de la gloria fundiéndose con la sangre de nuestros ancestros latiendo, milenaria y ansiosa.

Los tiempos se renuevan y el pensamiento busca el salto cuántico que lo eleve hacia otro lugar, hacia el nacimiento de otra nación. Y en medio de esta turbulencia supongo que podría escribir sobre inmortalidades y glorias, sobre próceres y prohombres, sobre ilustres e Historia… pero sólo me sale recordar las manos quebradas, las fotos de sepia, los heroísmos anónimos, las historias de familia contadas alrededor de una mesa.
De todo el andamiaje que sostiene 200 años de patria, elijo creer que este es el fundamental, el arco ojival de nuestra Argentina gótica, compleja, misteriosa y exquisita que ansía siempre elevarse.

En los días que vienen muchos recordarán las voces del pensamiento fundador, pero quizás las más olvidadas sean aquellas que más me inspiran. Aquellas que, sin prisa y sin pausa, como gotas mínimas que enfrentan la piedra, se descubren enormes en su legado para el tiempo. Las que hablaban bajito y simple de valores, de trabajo, de lealtad, de honestidad, de compromiso, de ayuda mutua que luego se llamó solidaridad. Las que no decían mucho porque reconocían el valor del silencio, la importancia del hacer. Las que se revelaban y rebelaban cuando era menester no callar. Las valientes de lo cotidiano, las fuertes, las persistentes, las imprescindibles.

Benito Zuzenean me canta en vasco al oído… En ti eres todos los corazones, pero no te percatas de ello. Llevas la alegría y el dolor de todos los corazones en tus latidos, pero no los has visto aún porque estás abrumada acumulando valores. Quieres ser inmortal y lo eres, inmortal en todos los corazones, en el corazón… vida, risa, llanto, muerte, corazón.

Y pienso en mis tatarabuelos indios, españoles, italianos, ingleses, galeses…
Vuelvo la mirada e imagino sus corazones plenos de esas alegrías y dolores, de valores de vida, de trabajo.
La fijo en las manos de mis bisabuelos y abuelos que creyeron en la gesta patagónica, haciendo de este su lugar en el mundo.
La sostengo en el trabajo de mis padres, que ganando o perdiendo, siguieron apostando su vida a permanecer en ella.
Me reconozco en el reflejo de las personas que he elegido como cercanas en el camino de mi vida.

Ellos me hacen argentina, confiada y comprometida con una tierra que pareciera comenzar a despertar y comprender el sueño.
Ellos me hacen valiente, fuerte, una voz que persiste.
Ellos me hacen bicentenaria.

19.5.09

Llegar distinta

Se me ocurre que vas a llegar distinta
no exactamente más linda
ni más fuerte
ni más dócil
ni más cauta
tan sólo que vas a llegar distinta
Fragmento de “Bienvenida”, de Mario Benedetti


Supongo que tuvo razón después de todo. De todo este tiempo de reconocerlo en la letra, en las bandas de sonido de mis recuerdos, de esa noche a dos voces con Daniel Viglietti que me conmovió el alma…
Quién sabe si realmente hubiera querido llegar distinta a este día en el que decir adiós no me sale.

Recuerdo haber festejado cumpledías, cambiando estatutos y horóscopos como lo sugería, aprendiendo a manar amor sin miseria y añorando que esos júbilos y lealtades que me prometía desde el papel me rodearan cuanto antes como ángeles o veleros.
No temí perderme en esa laguna insomne, inmóvil y paciente. De alguna extraña manera, sus palabras fueron relato y conjuro. Las leí, nos hicimos cómplices, me acompañaron en el camino y luego volvieron a sus páginas.

De los poetas que han puesto su voz en mi vida, él fue el más real.
Fue el que me mostró el mapa de un amor sin desesperación y con dimensiones palpables, el que me reconcilió con la nostalgia de ser humana a pesar del mundo, el que me reencontró con mi mirada en el espejo.
De algún modo siempre pensé que -guiada por esa voz- yo volví a mi vida, a un camino que entre remiendos se fue alejando de las penas.

Cómo se agradece ese estar quizás nunca lo sepa. Los poetas parten y nos dejan empequeñeciendo ante su ausencia.
Y así de mínima no puedo sino callar, refugiarme en sus libros, recordarme que me legó el poder de volar gaviotamente sobre las fobias y desarbolar los nudosos rencores… y tal vez ensayar entre otras letras la forma de contarlo, aunque hoy se hayan sumado a la nostalgia y decidan evadirse de mis manos y adueñarse de las suyas.

Mario Benedetti siempre se me ocurrió eterno.
Ahora lo es.

7.5.09

Quijotes, Sanchos y molinos

Contar fábulas siempre se me ha antojado un capricho no resuelto.
Nunca sé del todo cómo dar con los finales aleccionadores o felices, y la moralina se me hace repetitiva y aguada.

Esta noche lo reintento porque quiero escribir sin que alguien decida borrarme la letra.
Esta noche creo mucho menos de lo que creía a las 6 de la tarde.
Esta noche se me cayó un ídolo.

Supongo que a todos nos pasa alguna vez.
Esa persona que creíamos inteligente, brillante, distinta y que a la postre, en el tira y afloje de la cotidianeidad, termina siendo más débil, mezquina y humana de lo que ya somos los que peleamos por zafar. Y, a qué negarlo, puestos ante nuestra debilidad y sumada la decepción somos seres frágiles y muy volátiles.

Verán… es que yo adoro a los visionarios, pequeños Quijotes de nuestros tiempos con ideas propias y ritmo para germinarlas. Torpes y arrebatados, cuando cuidan el detalle tienen el mimo excesivo de los niños para con lo más frágil. Me pierdo en horas de escuchar sueños imposibles, quimeras, esplendores. Puedo ver lo que me cuentan sus palabras, caminar en las calles más angostas de esos mundos imaginarios y saberlas realidad con el paso de los años. Suelo recontar los ensueños con la fascinación de una Alicia frente al espejo. Quizás mucho de eso me venga de ser una incurable rata de biblioteca y otro tanto del ánima risueña de mis neuronas.

Me gustan menos los Sanchos, con la eterna bajada a tierra entre la comprensión, la lealtad sin cuestionamientos y la camaradería resignada. A veces me parecen no del todo cómodos ni satisfechos en su rol y creo adivinarles una secreta ambición por la quijotada -una que, ya liberados a sus instintos, podría significar su perversión y perdición. Quién sabe bien por qué, la simpatía se me hace esquiva ante la ambivalencia.

Y luego, allí como moles inconmovibles, los molinos. Gigantes para el delirio del más gallardo caballero y sólo máquinas para la sensatez de los impasibles. Como sea, lanzarse a la carga contra ellos sigue siendo -según desde el ángulo de cámara- un acto de hidalguía o una ambición loca y desbocada. Pero hay que tener y mucho para intentarlo.

Me deleita creer que asistimos a muchas cruzadas nobles en nuestros días, algunas tan mínimas que apenas las distinguimos en la vista de repaso del día a día. Otras veces, tienen nombres famosos que se animan a ir por más, sin importar las burlas y especulaciones de los entornos. Y las menos son tan nuestras que nunca las contaríamos en voz alta, tímidamente orgullosos al atesorarlas o sufrirlas.
Y hasta allí el ideal.
De este lado, el barro de lo que hay y se diluye en el aguacero.

Esta noche vi a un visionario disolverse sin remedio, a un Sancho con demasiado poder hundirlo aún más en su eterna confusión por salvarlo, y a un molino con muchas más que 250 aspas atrapando nuevos vientos, mientras se probaba por un rato la armadura.

Siempre se me ha ocurrido triste un final de un Quijote alucinando, perdido en paraísos aún más perdidos, de los cuales ha sido expulsado.
Me lo voy a ahorrar porque no estoy de ánimos y porque, como ya he dicho, nunca he sabido resolver estos finales en un "y vivieron felices por siempre jamás".

Quizás me quede por acá un rato, inventando letras, para curarme la desesperanza.
Quién sabe… tal vez a fuerza de intentarlo, lo logre, y entonces otro Quijote –ojalá el mismo ojalá- me reconcilie con nuevas quimeras.