17.6.09

Gaviotas y gaviotos

En el pasto para rumiar que están dejando los ecos de esta campaña, que prometía ser una carrera de fondo y terminó en cien metros llanos, hay un bocado que me resulta un tanto amargo.

De buenas a primeras y sin concesiones, las mujeres se quedaron fuera de juego en el tablero superpoblado de las candidaturas marca 2011.
Las gaviotas -como atinó a llamarlas el histórico referente justicialista José Manuel Corchuelo Blasco- desaparecieron para planear en otro horizonte mucho más lejano.

¿Nunca es triste la verdad?, me pregunto sin atinar a encontrar razones para una respuesta terminante.
A veces me gusta creer que las gaviotas hemos dado pasos importantes en nuestro plan de vuelo, que todo es cuestión de paciencia y savoir faire, que es parte de una estrategia cuidadosamente planeada quedarse en determinadas áreas de gestión dominadas por el género.
Salud y Educación, diría nuestro propio Gobernador. No digo que no, digo que quizás ya tienen gusto a poco esas tradiciones que, cuando mucho, extienden sus dedos hacia Cultura o Turismo. Prefería las épocas en las que sumábamos Gobierno y Justicia, o en las que se rumoreaba que podíamos aspirar a una ViceGobernadora, aunque los nombres no nos sonaran todo lo musicales que hubiéramos querido para la partitura.

Pero la película es otra y lo será por lo menos hasta el 2015.
Una vez más, los gaviotos desembarcan a lo Día-D y se quedan con todas las playas.
Con las presidenciales, ni hablar, donde conviven con fecha de salida una Cristina K en ejercicio del poder y en resistencia de las presiones, y una Carrió que nunca termina de llegar.
Con las de Fontana 50, seguro, en las que los padrinos provinciales siguen con la vista puesta en los jóvenes con los que pueden tratarse o ningunearse de igual a igual.
Con las del Palacio Azul comodorense, de acá a la China. Con la última con suficiente garra para pelear esa baldosa ya retirada del firmamento político local, al resto sólo le queda el consuelo de la banca de Concejal donde el cupo femenino habilita fácil o la secretaría de área acorde al talento mujeril.

Es un dato de la realidad que las gaviotas militantes están muy cómodas en sus roles de actrices de reparto, tanto en la vereda oficialista como en la opositora. Si hay aspiraciones, no hay viento bajo las alas. Si no las hay, no hay frustraciones manifiestas. En todo caso, si se sufre o negocia o resiste, es en el más inmutable silencio.
Cierto es que la cantidad de piedras en el camino, palos en la rueda, zancadillas y emboscadas a las que se enfrentan las pocas gaviotas con ambición que conozco son más que suficientes para desanimar hasta a un héroe de historieta. Sin embargo, sirven para reafirmar que en tanto no exista una madrina en posición de proteger, avalar y bendecir candidaturas, las gaviotas no irán a ningún lado y seguirán aventosadas al techo de cristal que les toque en suerte.

No obvio ni por un momento indicar que la situación en cuanto al periodismo es la misma.
Los desafío a nombrar a tres gaviotas realmente influyentes en el escenario mediático provincial. No regalo plasmas, pero sí prometo publicar los nombres en este espacio. Me juego a que tampoco las encuentran.

Qué nos pasará como mujeres que no logramos cerrar acuerdos con el manejo del poder.
Somos la viva representación de aquella frase que leí y recordé este fin de semana: “los justicialistas gozan del poder, los radicales lo sufren”. Volcado en nosotras, no sabemos gozarlo sin culpas, ni sufrirlo sin victimizarnos.
Simplemente no es una condición natural, o lo es y está tan arrumbada que le cuesta reconocerse como tal. Más allá de mi siempre presente optimismo, quizás derivado de aquellos cuentos infantiles en los que Blancanieves siempre despierta y Cenicienta siempre vuelve a ser princesa, he de reconocer que nunca fuimos una bandada tan perdida.

Los gaviotos lo saben y se dan el lujo de señalarlo como quien apunta el dedo a una torpeza, mientras siguen con el juego a su favor.
Las gaviotas lo aceptamos como parte de nuestro destino y los dejamos hacer, aburridas de ver el pase de pelota sin que nos toque.
Es una verdad triste y sin remedio, o al menos una que todavía no logra dar con la punta del ovillo para alterar la respuesta.

7.6.09

El séptimo sentido

"Tiempos de rara felicidad aquellos en los cuales se puede pensar lo que se quiere y decir lo que se siente”
Tácito

La frase se reza como letanía resignada y póstuma, para afirmarse a pruebas vista: el sentido común es el menos común de los sentidos.

Algunos me podrán discutir que los sentidos son cinco y no seis.
Quizás sea así, aunque yo creo mucho en el sexto sentido.
Ese que me dice que quizás no sea el momento para hacer algunas cosas y me empuje a decidirme por otras. Ese que me preserva de muchos garrotazos y me canturrea “te lo dije” cada vez que, por hacerle caso omiso, me ligo uno.

El cuarto poder se basa en el séptimo sentido, el común. Es su columna vertebral, su brújula y al mismo tiempo su norte.
Ejercer ese poder con carencia es remontar una cometa errática que no termina de encontrar el filo del viento. Un destino similar al de los otros tres poderes cuando incurren en la misma ceguera. Cierto es que la distinción no siempre es clara y el sistema de alarmas suele quedar anulado por las urgencias cotidianas que favorecen la supresión sensorial.

Estas son épocas en las que muchos hombres y mujeres, en apariencia lúcidos, pendulan entre extremos que azoran.
Los observo tomar las decisiones más bizarras, caminar seguros hacia pasarelas que no existen, perderse en conceptualizaciones que desmerecen su inteligencia y la de los otros, adolecer de ese sentido común -como si de niños se tratara-, reactivos antes que pensantes.
Por otra banda, si vuelvo la vista, los miro elevarse sobre el promedio, apuntar con certeza, verbalizar con pasión y dar saltos cualitativos con el aplomo de viejos generales o sabias pitonisas.
Cual si fuera un espejo de los tiempos, en este tren de sentidos que nos bombardean con la fuerza que muchos otros filtran, los periodistas siempre encontramos una voz que nos cuenta la anormalidad, la rareza, la sinrazón, y a la par otra que nos canta las grandezas, las concreciones, los cambios. Y en medio de ese coro tratamos de centrarnos en un lugar que no nos prive de lo uno ni nos haga cínicos ante lo otro.
Rara armonía la que buscamos. Evasiva e inasible, también.

Luego de un año de tránsito, hoy es el día en el que nos congratulamos y nos aplauden haciendo votos por la búsqueda de puntos de equilibrio, el compromiso por la verdad, recordándonos la responsabilidad social del ejercicio periodístico. Se fija el horizonte en el sostenimiento de valores: respeto, ética, compromiso, honestidad, sensibilidad, verdad. Se eleva el listón hasta lo imposible. En un cuadro ideal e inmaculado, es el ejercicio de esta profesión el que resiste el autoritarismo y sostiene la democracia. ¿Acaso no será demasiado?

La tarea deseada es tan épica que me pregunto si en verdad seremos, los periodistas, los únicos en ese viaje. O si tal vez en ese tren habrá muchos más pasajeros sólo tratando de llegar a algún lado y nos han deslindado en suerte a los periodistas la dudosa prerrogativa de escribir la crónica con un lápiz siempre afilado y de trazo justo. Y es que ante esa hoja en blanco, la verdad no pareciera ser una sino muchas.

No todo lo que se oye realmente se escucha, ni lo que se dice se pronuncia.
No todo lo que tocamos se convierte en oro, ni la letra se hace legible sobre blanco.
No todo el éxito sabe a mieles. No todo lo malo se huele en el aire.
No toda la realidad es visible y concreta. No todas las sensaciones son señales.
Siempre, para distinguir ese no todo, necesitamos sentido común.

Que seamos fieles a ese séptimo sentido, es lo único que puedo desearme y desear en este día. En este siglo ya no hay más heroicas que las acciones pequeñas y cotidianas.
Que siempre esté en nuestra mano crear esos tiempos de rara felicidad, con la voz clara y la letra justa no para glorificarnos sino para, al menos, merecerlos.

1.6.09

Política en pijamas

Cualquiera que trabaje en periodismo o tenga un pie puesto en el ruedo político se da de frente con una temida pregunta ante la proximidad de elecciones de cualquier tipo: ¿a quién se puede votar?
La respuesta variará entre detallada y concisa, según el interés del demandante y el ánimo de quien responda.
Pero por estos días la pregunta clásica ha mutado hacia otra más preocupante, una que muestra a las claras que no siempre el oficialismo más pudiente es el más eficiente y que la oposición está más quieta en sus imposibilidades financieras de lo que éstas la obligan.
Hoy la pregunta es: ¿quiénes son los candidatos?
Triste interrogante para legisladores ya en sus bancas y activos, para funcionarios que ostentan cargo y gestión, por no mencionar a los referentes partidarios históricos. Ellos conforman el 90% de los nombres que aparecen en las boletas de la próxima elección legislativa.

Uno de los casos paradigmáticos es el de Marcelo Guinle, quien bien podría considerarse uno de los legisladores con la comunicación de gestión más eficiente de los últimos años. Aún así, y más allá de la instalación que sí tiene su nombre, no cualquiera puede mencionar sin equivocarse los temas clave de su agenda parlamentaria. Por mucho es el candidato más reconocido por el elector común. No corre la misma suerte el actual Vice Gobernador de la provincia y candidato a Diputado Nacional en la misma boleta, Mario Vargas. De por sí la visibilidad de los vices es escasa y, considerando que en nuestro país tiende a reafirmarse cuando media una negativa, el puesto condena a lo ignoto. A pesar de ello, hay que reconocer que Vargas ha aportado discreción junto a la figura imponente y omnipresente de Mario Das Neves, lo cual dice mucho y bien de él, aún en contraposición con el riesgo de ser una de las mentadas candidaturas testimoniales. Al electorado el detalle se le escapa y, de no mediar un inusual corte de boleta, podría esperarse que arrastrase la misma cantidad de votos que su más conocido compañero en este turno.

Desde la vereda opositora se asoma un referente histórico radical como lo es Mario Cimadevilla.
La instalación de su nombre es innegable, como también lo es que el elector promedio desconoce la propuesta que lleva adelante o quiénes son sus compañeros de lista. Más referenciado por sus apariciones mediáticas, quizás el obstáculo más interesante de observar sea cómo llevará adelante este único tramo de la campaña con fondos limitados, comités desdibujados, líneas internas que amenazan ser fisuras en la pintura nueva de la unidad, y el peso de nombres no tan instalados en las otras candidaturas.

La opción Coalición Cívica no existe en nuestra provincia, pero sí el ARI que por exceso de debatismo interno dejó fuera de la boleta a una figura nueva, fresca y movilizante como la que prometía ser Javier Genta. La referente histórica es Irma García, candidata a Senadora Nacional, que tiene en su haber no sólo varias postulaciones desde la bajada del ARI a la provincia sino también la de haber sido de primera hora y paso obligado para el discurso de la fuerza. Aún así, a pesar de los años como casi única referente provincial, su nombre no es parte del vocabulario ciudadano.

Es el PACH que se organiza para la integración regional, dice la marcha partidaria. En la realidad, la sola figura de Roque González sigue siendo, una vez más, el nombre convocante para la fuerza. Su candidato a Diputado Nacional, Mario Lastra, no aporta en reconocimiento del electorado, dejando confusión por un homónimo relacionado con el justicialismo. La extendida interna de la fuerza ha dejado mermadas las filas de militantes y es de esperarse que la performance alcanzada en otras elecciones las sienta en falta en esta.

La innovación en el paisaje electoral chubutense es el recientemente constituido Frente Cívico y Popular, con el siempre innovador Ricardo Astete como candidato a Senador Nacional. Caso único que ha ameritado su propio neologismo político -el “astetismo”- lleva varias fuerzas partidarias en su haber desde aquel ruedo radical. El actual legislador provincial redobla la apuesta en el 2009 y se queda con una candidatura ante la mirada de los que pelearon y no llegaron por apegarse a la estructura, identificándose y -según dicen- con el aval del muy en boga Peronismo PRO de Macri + De Narváez + Solá. El neo-duhaldismo, el post-kirchnerismo, el post-maestrismo y el pseudo-Provech se ponen al servicio del referente político más decontracté de los últimos años en lo que a respeto por aparatos partidarios se refiere. También acarrea un nombre virtualmente desconocido fuera del Valle, como es el de Carlos Whon, en la candidatura a Diputado Nacional. Aunque quizás, en el bastión electoral de la provincia que representa Comodoro Rivadavia, esa diferencia no le haga mella.

Siempre presente, como acto de resistencia, completa el paisaje electoral el Movimiento Socialista de los Trabajadores con dos mujeres en las categorías propuestas. Lucía Sandobal e Hilda Fredes saben que lo suyo pasa por sostener ideas y presencia, más que por pelear por la banca de la minoría. Aún así y gracias a ello, su sola presencia como alternativa enriquece la arena democrática, porque bien sabido es que la polarización sólo trae por consecuencia la anulación de los tan necesarios matices. Mismo rol vienen a cumplir los candidatos del Partido Socialista Auténtico, que han quedado sólo circunscriptos al Valle chubutense.

Hecho el repaso, quizás otro de los hallazgos de este turno electoral haya sido -de forma no tan inesperada- la confirmación de que a nadie importa qué hace un legislador una vez electo. No existe una idea ciudadana que nos involucre en el proceso de toma de decisiones o de influencia sobre la misma. Quizás eso también esté representado en el por qué nos estamos interrogando ahora sobre nombres y concreciones que deberíamos haber seguido a cada paso.

Bombardeados por fórmulas que nunca veremos en nuestro cuarto oscuro local, tal pareciera que esa federalización de la política central se ha hecho de una víctima inesperada: el ciudadano, ya de por sí extraviado, termina diluyéndose como actor democrático.

Hace una semana alguien decía en el micrófono que me toca en suerte que con un buen par de zapatillas alcanza para encarar esta campaña.
Me maravilla ver hasta qué punto ha terminado teniendo razón.
Como ciudadanos deberemos salir de nuestra área de confort y gastarlas para hacernos de información certera que nos indique un poco el rumbo, ante la ausencia de las propuestas en medios, locales partidarios, actos y folletería de campaña.
Como candidatos bien harían en ponérselas, salir del termo que devuelve un cómodo y conocido reflejo, y volver al viejo sistema del contacto directo -más accesible desde lo económico que el mediático- tocando a nuestra puerta para volver a hacernos creer que todo esto es por algo más que una banca.
Y quizás, visto el esfuerzo, entonces el 28 alguien más decida sacarse el pijama mental, sacudirse la modorra cívica, ponerse esas mismas zapatillas e ir a votar.
Es el único balance, el único escrutinio, que se me ocurre nos daría ganadores a todos.