15.7.09

Nunca la novia

Un viejo dicho popular reza: “siempre la dama de honor, nunca la novia”.
Tal pareciera que el futuro político de Comodoro Rivadavia se niega a encorsetarse en ese traje blanco y a medio apolillar que descansa en el fondo del ropero, a la eterna espera de ser usado.

De un esquema todopoderoso que la situaba al fin en el centro de la escena, con cánticos y carteles de victoria que veían en el 2011 una marca con impronta local, la bella Comodoro ha pasado a ser una vez más la presa fácil de la ambición electoral de otros que siempre, por experiencia, la tienen más clara. O sea, el novio se le fugó a dos pasos del altar.

Le pasó a la Comodoro radical, cuando el aparato valletano que responde a Mario Cimadevilla se mostró impermeable a la avanzada de Pedro Peralta, aunque los números finales jugaran más a su favor.
Le pasó a la PACHista, cuando las internas le guiñaron un ojo al tradicional Roque González contra el aparato escindido del ruedo local, encabezado por Federico Pichl.
Le pasó a la ARIsta, cuando la yunta tiró para el lado de la referente histórica Irma García y dejó fuera del armado a la promesa de Javier Genta.
Y ahora le pasa a la omnímoda Comodoro peronista, que ve rodar cabezas como si de un juego de bowling se tratara. Alguna siempre terminará impactando de lleno en los bloques alineados -al fin y al cabo siempre ha sido cuestión de tiempo- y se los llevará consigo hacia cuatro-a-ocho años de ostracismo, hasta que puedan volver a armarse y perdonarse para compartir en fila ese espacio.
A la única fuerza que ha respondido la caprichosa Comodoro es a la de los matadores, por identificación o por puro gusto. Como raza política, es esa que se planta frente a los esquemas partidarios hasta que los doblega o los rompe. Una en la que conviven especies exóticas como las de Ricardo Astete y Néstor Di Pierro. A veces mimados –aunque no consagrados- por el voto popular y otras por los coros partidarios, en ocasiones protagonistas de golpes de timón impensados, y la mayor parte de las veces hábiles actores capaces de reconocer las sombras detrás de los tronos y hacerlas jugar a su favor hasta hacer temblar coronas.

Como sociedad y como casta política, a Comodoro nunca le han gustado los intrusos, aunque tolera mejor los abusos de propios y ajenos como si fueran parte de su karma. Aunque crea el versito todo el tiempo que sea necesario para que la dejen tranquila rumiando su mala suerte y haciendo su juego, el resentimiento se le cuela por las heridas que demuestran estar siempre abiertas y sangrantes.
Quizás sea por ello que se le da tan bien esa dicotomía de abrazar los ideales con fuerza para dejarlos ir sin pelear, conformarse con lo que queda añorando mucho más, y vagar entre el reclamo y la indeferencia ante la visión de lo perdido.
Quizás sea por ello que paga cuentas que capitalizan en otras bancas y se convierte en el cordero de sacrificio para el asado que se come en mesas a las que no está sentada.
En suma, como repiquetea el coro del viejo credo local, quizás sea porque somos gente de trabajo, no gente de poder.

Es hora que nos demos cuenta, en especial tras la última visita polémika a Puerto Madryn: el 2011 es casi seguro que no verá un candidato a gobernador surgido del poder comodorense.
No existe un hombre ni una mujer con el perfil que la competitividad del juego exige hoy por hoy.
En el terreno de los quizás, en los que París entra en una botella, podríamos pensar en un radicalismo o arco opositor con el eje de poder modificado que le permitiera ver la oportunidad, pero al menos en el ruedo oficialista las fichas están puestas en otros casilleros.
A la vista está que Comodoro apenas ha sido capaz, ante la primera embestida, de echar mano al capote y plantarse frente al toro, uno que sospecho no arrasó con todo sencillamente porque no quiso.

Comodoro ya no será la novia, a lo sumo quizás la quinceañera con la que todos quieran bailar, o la dama de honor que ocupe un discreto y necesario segundo lugar.
Recibirá visitas, se sacará fotos, colgará carteles, tocará bocina en las caravanas, voceará nombres de matadores… y todo será parte del festejo de otros.
¿Fue buena la ilusión mientras duró? Sí. Fue buena.
Ahora resta ver si, en la feria de delirios y vanidades que nos lleva al 2011, al fin alguien pone los pies sobre la tierra, comienza a pensar en serio en concretar un futuro mejor y se decide a hacer la diferencia.
Es que, como bien dirían las tías, Comodoro ya está en edad de merecer.

4.7.09

Catarsis

Voy al coliseo a prenderme fuego
(mi racha de novato nunca cambiará)
Por favor que el adiós no se alargue…
me cansé de tanto esperar.
Cuando el fuego crezca quiero estar allí.

Será cierto aquello que me gusta creer, que las historias rondan a quienes escriben hasta que dan con la puerta entornada para colarse entre los dedos con voz de cuento.
Para muestra, hace muchos años esta palabra y yo nos encontramos en tono de infancia. Hace un par de noches, volvió a mi aire y me tomó por sorpresa. Y de repente fue como si la hubiera estado esperando para arrancar este racconto post-electoral que no terminaba de encontrar rumbo ni forma de tan caótico.

Palabra justa para esta época en la que los estertores de las urnas no parecieran cesar.
Como si todos hubieran estado esperando una liberación demasiado postergada, el flujo de declaraciones, posicionamientos y demandas no descansa.
La voz hasta ayer moderada hoy se revela crítica, la mano tendida para acompañamientos se desdice hacia el espacio propio acorazado en porcentajes, la mesa puesta para pocos ve cómo se arriman sillas y codazos. Los intereses permanentes se hacen cómplices y las lealtades se reacomodan.

Todo es pertinente, a tempo, un paso de danza largamente ensayado en salones privados esperando sus quince minutos de gloria bajo las luces de la fiesta.
La jerarquía se deja de lado cuando se pelea por el podio. Intendentes, gobernadores, ministros, legisladores, dirigentes. Todos se apuran a una línea de partida falsamente pareja que los desafía a ir por más. El nuevo credo esgrimido desde carteles, cánticos y cantos de sirena que dan paso a una matemática maniquea en la que a todos les da… cuando lo cierto es que a no muchos les alcanza y las bendiciones recaen sobre aún menos.

El politongo –raza dirigente del siglo XXI- se estrena una y otra vez en un festín de poder multimediático que lo deja entre la mesa de Mirtha, el piso de Marcelo, el circo de Jorge y todo cuanto micrófono lo requiera en tránsito.
Aún repite, en muchos casos, las frases medidas hasta el cansancio. Quizás porque el discurso propio todavía está gestándose, quizás porque así es menos fácil pasar de la seguridad al desliz. Como fuere, este es el producto de la hora y, cuanto más cercano y carismático sea, mejores serán los resultados del escrutinio.
Todos tienen algo para vender. Desde sus logros hasta sus gestiones, desde sus ideas hasta sus archivos. Y todos tienen, al mismo tiempo, algo para recordar aunque sea sin rubores. Las fotos de décadas pasadas que los muestran alternando con ángeles ahora caídos se convierten en sombra que acecha pero perdona. Al fin y al cabo, los no-éxitos también se maquillan y disimulan entre las omisiones.
Llegarán a la meta sólo los jugadores que hayan sabido cómo equilibrarse en las delgadas líneas rojas, en tanto que los otros peones del poder, desde el lateral del tablero, esperarán por otra partida mejor jugada.

En la danza de la catarsis, con chamanes que se turnan para sacar algo en claro, sólo resta aceptar que los tiempos cambian, que los ritmos son otros y que la vieja política está irredenta y perdida en un minuto a minuto que nos dice no sólo quién-es-quién sino también por cuánto tiempo.
Y a pesar de comprenderlo, toda la idea catártica me hace ruido.
Experiencia purificadora o no, suena a endilgarle al otro algo que no quiere ni elije.
O quizás la mire de reojo porque, tras rumiarla un par de trasnoches, tal vez admita como cierto que todos en alguna medida hacemos catarsis con el tiempo y espacio que nos tocan en suerte, sin siquiera jugarnos el sillón, la banda ni el bastón de nada.
Liberarnos de pesos que se nos acumulan por el devenir de realidades, que no siempre responden a los planes y nos dejan bajo parvas de decepción, se nos ocurre simple y tentador. Y al fin y al cabo, ¿qué podría resultarnos más atractivo, débiles humanos que somos, que quemarnos en esas hogueras de vanidades?
Politongos, periodistongos, simulados prescindentes. Todos lidiando con este destino esquivo, amuchados en la misma pira humeante. Y si acaso alguien quedara fuera de este juego… pues, nos lo demande.