6.12.12

Los idus esquivos


La primera vez que escribí sobre él se miraba en un espejo y era otro hombre común. Un amigo me lo recuerda desde que empecé a pensar esta columna.

Cuatro años y uno más desde entonces...
Hoy sigue siendo aquel hombre y busca otros reflejos. Como no podía ser de otra manera para el enigma político que todavía representa, los que encuentra le son casi siempre incompletos y extraños.

Sería simplista reducirlo a las categorías entre lapidarias y encantadoras que ofrecen en privado quienes comparten el ruedo con él. Y en política, como en muchas otras áreas, nada es tan simple ni tan lineal.

Intento escapar a la descripción de la imagen en sí, que es en esencia la misma de por aquel entonces, aunque los escenarios sean otros y los tableros hayan incorporado nuevos peones.
Los conflictos internos y públicos siguen siendo guerras de intereses. Los futuros numerados continúan el sueño de las ambiciones más que de las realidades posibles. Los popes partidarios siguen siendo popes y los militantes, aunque ahora mucho más visibles, aún no logran hacer pie tras las puertas cerradas de los concilios.


De su nombre siempre se recordará, primero y ante todos sus posibles logros, su traición.
A sí mismo, a sus pares, a su mentor, a su promesa, a su militancia, a quién sabe qué más y en qué extensión. Este es un espejo que cada tanto muestra fantasmas que juran venganzas, auguran destrucciones y el corte de la soga que sostiene vaya uno a saber qué contrapesos.
Un año después, no lo ha amparado la lógica que señala que nadie con un esquema político integral tan complejo podría haber elegido otro destino que no fuera el acercamiento. La realidad indica que las resistencias eran patrimonio de los que ya estaban pisando la arena con su propia danza, no para los recién llegados.

Quizás en el segundo círculo de memoria quede su procedencia.
Lo que parecía un regreso con gloria se ha tornado preocupante para una ciudad que quiso estar en el centro de un poder que no supo cortejar ni absorber en sus modos, como tampoco formar a su dirigencia para ser la protagonista de su tiempo.

Largo es el desprecio sobre su figura como corta la memoria sobre los hechos.
Nada se dirá de los propios -y más leales- que fueron sacrificados para que el elegido hiciera pie en ese podio. Poco se señalará sobre las presencias que marcan con nombre de antecesores los cuartos, terceros, y hasta cercanos segundos anillos del poder provincial. Nadie quiere recordar que él era la foto del poster de la renovación y el regreso que mucho se esperaba.
Él es parte de los dirigentes que debían superar a los anquilosados. Aquellos que estudiaron para aprender a ser y hacer mejor. Los licenciados, los doctores, los 100% no pelotudos. Desde lo generacional, “uno de los nuestros”.

Hoy, entre las expectativas y las decepciones, el perfil político dirigencial de una ciudad pierde su prestigio ante cada tropezón que sí es caída y cada puerta marcada a la que no atinan con la llave.
Al mismo tiempo, es una provincia entera la que retrocede bajo la sombra de esta ciudad enojada consigo misma, pero a su vez no le perdona la torpeza de llegar sin saber cómo ni con quiénes, enfrentándose a un todo que no comprende ni controla.
Increíble es escuchar como voceros de esa avanzada a personajes improvisados, sin más soporte que un “-ismo” reciente y marketineado. Igual de inverosímil es verlos desgranar lo peor de su ideología política, embanderarla en un proyecto al que han sido por práctica ajenos, y enrollar sus paracaídas con la sonrisa del que se sabe poseedor de una parte de la quinta-botín y un salvoconducto en el momento indicado.
Como antes, como siempre, el karma de malelegir voceros se sostiene y arrastra como un pecado original nunca renunciado. Tras él, las voces nuevas y con propuestas más válidas languidecen y se desdibujan, y con ellas la esperanza de que el cambio impere por sobre el status quo sureño.
Así la ciudad pierde a sus mejores, que van cayendo del tablero empujados por codazos de los círculos más internos y enquistados o se salen por elección propia y de puro fastidio.
Así se asiste sin remedio al regreso del mohoso discurso regionalista que, lejos de ser reparatorio, nos hunde aún más en un resentimiento agitado sin sentido y denso de superar.


En el tercer pliegue del recuerdo quizás quede entonces el eterno “quiso y no supo”.
Me niego ahora -como desde hace años- a asignarle a la estupidez o la incompetencia llana este escalón. Por lo tanto, esta es la parte donde los amigos me llaman y me dicen que sigo equivocada, que defiendo lo indefendible, y la ola de los “porque fijate…” invariablemente me usa de costa.
No me importa: creo firmemente que los visionarios también cometen el error de no saber elegir a los ejecutores, a su círculo de asesores, a sus detractores a escuchar, a las batallas que ganarán y a las que les servirá perder. Y es con y por ese error, con ese desacierto reiterado y sostenido como falsa virtud, que sus visiones desaparecen.

Mientras tanto no todo yerro es tal ni toda acción carece de ánimo constructivo, es solo que siempre hay alguien dispuesto a tomar lo peor e imponerlo, y otro lo suficientemente callado para enredar los hilos por detrás y a su favor.
Los que no respetaron nunca en profundidad el espejo de pluralidad que pule para sí cada democracia son los mismos que muchas veces tergiversan las intenciones, tuercen las palabras y hacen de cada acción un mojón para el olvido.

Eso habla de todos como sociedad, no exclusivamente de él.
Pero vivimos en estos extraños tiempos en los que los representantes concentran y expían las culpas de los representados, que quedan así ligeros de civismo y ausentes de compromiso para con las acciones reparadoras.
Es claro que no ayudan los enfrentamientos a destiempo, la terquedad en agitar sábanas como fantasmas y fantasmas como realidades, los rencores absurdos, los blindajes incorrectos.


De seguro existirán más memorias.
Las chicanas fáciles, los dichos fugaces, las actitudes desfasadas, los traspiés tontos y persistentes. Memorias de autorías más ajenas que propias, tal vez.
También deambularán por allí los posicionamientos ganados, los amparos y acuerdos, las que salieron y pocos vieron, las que se salvaron sobre la línea y no se entendió.
En la ecuación, él seguirá siendo un factor incierto y el resultado aquellos días de buenos augurios que no terminan de llegar.

De la frialdad de los números de lecturas caprichosas se desprende una cierta desilusión que lo envuelve. Siempre ha sido así con las expectativas que se sostienen hacia lo que no se comprende del todo. 

Nunca pude ponerle una etiqueta que lo describiera con exactitud.
Nunca logré definirlo en una frase, ni siquiera cuando hoy me apuran en las sobremesas políticas y encuentros casuales con la pregunta “¿y qué tal anda el nuevo?”
Las charlas se hacen largas, el abanico se despliega y el paneo de respuesta nunca cierra.

Unos días más y ya serán 365.
Todavía hoy ese hombre se mira en su espejo. Del otro lado, todos lo miramos a él… acaso coincidiendo en la espera de esos idus esquivos.



22.10.12

Gritos sagrados



En estos días cumpliría 13 años en el oficio del periodismo.
Por momentos más activa, por otros al borde del retiro permanente, estos tiempos los vivo desde un margen que amenaza con quedar fijo entre un antes y un después.

2012 es un gran año para ser periodista. En mi caso, para haberlo sido.


Hace unos días me reencontraba con alguien con quien compartí aire cuando yo recién empezaba en la profesión y él estaba ya en un lugar de privilegio.
El presente lo encuentra en el centro de la gran batalla de los medios de comunicación de la Argentina, que no es una relacionada con santos oficios y altruismos, sino con profundos intereses corporativos a la vez que culturales.
Mirándolo en ese lugar pensaba en el enorme paso que representa el hecho de que un periodista del interior esté en esa vanguardia. Y es que esta lid no es ni más ni menos que también un último golpe al unitarismo aún vigente en nuestro país. Si corremos las tirrias de la escena, esta es la más federal de las batallas.


Cuando me puse por primera vez “de aquel lado”, fue frente a un micrófono de una radio pequeña a medio camino del fin del mundo. Era 1999. Unos meses antes había iniciado la tarea silente de la producción periodística.
Mucho ha pasado desde entonces. Pocas de las radios en las que trabajé han sobrevivido al paso de los años, otras han sido fusionadas en multimedios –inexistentes al inicio del camino- y tras ellas han ido de salida varios de los buenos profesionales con los que compartí el aire y el ruedo.
A través de los años he estado en contacto y formando parte del proyecto de muchos medios que han ido surgiendo, apagándose y fusionándose en pos de tener una porción más de la voz pública: escrita, oral, visual, y últimamente también digital.
Volviendo la vista atrás están el portal de noticias que nació mucho antes de su tiempo correcto, el diario de distribución gratuita que se transformó en demasiado caro de editar, los ensayos multimediales que vieron la luz y se perdieron sin horizontes claros.

Puedo decir entonces sin temor al error que los medios de comunicación son, ante todo, empresas. Los dirija o sostenga un sindicato, un político, un grupo de amigos o un inversor privado. Fuera de esa lógica, en la que por supuesto impera el capital, están aquellos medios que difunden desde señales comunitarias, universitarias o de asociaciones civiles. Su tambor es otro, su camino suele ocurrir que también.
En general, las reglas de juego pocas veces están relacionadas con algo tan superior como el bienestar de la ciudadanía, el interés público o el fortalecimiento ciudadano.

Mi último año frente a un micrófono fue la prueba de que se puede caer en todas las malas del sistema de medios y que aún así es posible mantener una agenda que ponga en un escaparate real o virtual a las voces mínimas que se elige rescatar del silencio. Y si una persona puede, imaginemos todo lo que visibilizaría un espacio creado desde el inicio con tal fin y concebido fuera de las condiciones del “sistema”.

He trabajado bajo gobiernos radicales y peronistas. En medios independientes, oficialistas y opositores. En los más y en los apenas visibles. Con presiones, sin presiones. Con agenda libre y, en muy contadas ocasiones, con agenda delimitada. Reconocida, ignorada o en lista negra.
Los mismos modos, las mismas mañas, han sido transversales. Y siempre hubo una forma para hacer y permanecer leal a uno mismo.

Es exagerado determinar que en Argentina no se puede hacer oposición.
Cada día, cientos de voces –institucionalizadas o no- se oponen a algo y lo hacen saber por todas las vías a su alcance. O casi todas: son todavía muy pocas las que convergen en espacios de participación para realmente construir en pos de algo, esos lugares donde realmente el cambio se plasma en concreciones.

Es extremo creer que en Argentina hay periodistas obligados a callar.
La primera censura es la autocensura, y es eso lo único cierto. No es fácil y no es cómodo sostener la voz, pero la obligación de callar no existe.
Es extremo porque siempre hay una opción. Salirse o quedarse, callar o denunciar, buscar la manera de preservar el oficio.
Hay muchos que lo han hecho, a costa de su bienestar personal y familiar, como hay muchos que eligen quedarse y lucrar con el sistema. Como ocurre en cualquier trabajo, aunque en este hay una responsabilidad pública hacia quien está escuchando, leyendo, mirando.
La épica de la censura solo es una fábula en un mundo en que el periodismo digital no reconoce patrias, fronteras ni límites más que los tecnológicos, con una audiencia siempre conectada a la que se llega sin intermediarios.

Más allá de la coyuntura que nos devora por estos días, hoy el mundo se encarga de echar en el olvido a las corporaciones mediáticas.
Para un buen observador del ruedo, ya se asemejan a Goliats cascoteados, contorsionándose en la caída en el intento por desacelerarla.
Un tweet viralizado tiene más credibilidad que miles de diarios de primera línea. Un blog muestra costados de realidad que los grandes medios ignoran por conveniencia. Un video le pone caras y contenido a protestas sociales de las que nadie habla. Un diario publicado en la web tiene más difusión de la que nunca ha tenido su versión impresa.

¿Cuándo fue la última vez que descubrieron una radio que no fuera la más escuchada del país? Hoy cientos de radios argentinas se escuchan online, amplificando las voces de un espectro al todo, llevando esos relatos a cualquier lugar del mundo. Está en nosotros buscarlas y elegirlas.
La historia ya no es como nos la cuentan tres o cuatro y hoy es una realidad cotidiana aquello de elegir nuestra propia aventura. La historia es más parecida a la que vivimos, a la que construimos nosotros, con nuestras voces y espacios elegidos y recomendados.

Desde el primer momento en que el periodismo ciudadano entró en escena, el periodismo tradicional perdió el pie. Se lo llevó la ola y con él empezaron los primeros manotazos de ahogado de las corporaciones que se erigen en su entorno. Y en esa corriente siguen hoy, en estos días en los que tótems como Newsweek anuncian que ya no tendrán un soporte papel, o cuando a tres años de la nueva Ley de Medios se abren radios pequeñas en comunidades originarias.

En este contexto, la locura no es obligar a un multimedios a cumplir una ley escrita, debatida, sancionada y promulgada en democracia. La locura es que un multimedios quiera aferrarse a una ley que ya no existe, arrastrando a toda una sociedad en la carrera, y en nombre de un poder de “contar la historia” que ya no es tal.

En el medio de esta puja, ese peligro que aún vive agazapado en lo profundo de la conciencia colectiva argentina encuentra caldo para cultivarse: creer que solo es democracia lo que me parece y el resto, la disidencia, es dictadura o merece la aniquilación.


No vivimos en una dictadura.
Vivimos en una democracia que elegimos y sostenemos cada día.
Cada dos años votamos representantes de nuestra voluntad popular y, aún cuando ganen los que no votamos, esto sigue siendo una democracia porque nuestra participación así lo garantiza.
Tenemos acceso constitucional a herramientas que rara vez utilizamos: audiencias públicas sin inscriptos, bancas del pueblo que no ocupa nadie, legisladores a los que no reclamamos ninguna acción. Tenemos deberes cívicos que no cumplimos si no nos pesan como obligación, y a veces ni siquiera así.

Como sociedad ya no somos aquellos temerosos y pasivos que vieron nacer esta etapa. Hoy, en el minuto-a-minuto de cada día, los actos de la administración pública reciben un feedback inmediato. Mientras se realizan los anuncios de rumbos institucionales, políticas públicas, obras y posicionamientos podemos comentarlos, compartirlos, oponernos, y organizarnos para acompañar o militar para un cambio.

Los partidos políticos tienen pleno y libre ejercicio en todo el país.
Nadie se sienta en los fondos de una jabonería de Vieytes a hablar de una libertad soñada y prohibida, y compartir textos contrabandeados que podrían costarles la vida. Quienes han abrazado la actividad política recorren pueblos y ciudades, se reúnen a la vista de todos en casas, vecinales o sedes partidarias. Lo hacen público, como pública es la actividad, y comparten los textos de sus ideas convertidos en links, .pdfs, videos y el viejo mano-a-mano. Hasta las reuniones de mesa chica de los dirigentes partidarios, otrora en el límite mítico de lo nunca confirmado, ahora apenas tienen forma de no ser públicas.
Esta es cada día una celebración, o debiera serlo, de esta vida democrática que se fortalece.

¿Qué dice de nosotros como sociedad democrática que consideremos más allá de una ley a los medios de comunicación, empresas al fin, y enunciemos que vivimos bajo una dictadura?
¿Qué dice de los partidos políticos de este sistema democrático cuyo silencio avala esa categorización?
¿Qué dice de los gobiernos democráticamente elegidos esa vox impuesta como populi con ingeniería de marketing y no refutada con firmeza?


He conocido a muchos buenos periodistas en estos 13 años y, gracias a este métiér, también he conocido a buenos políticos y buenos ciudadanos.
Con placer, hoy veo a varios hacerse su camino desde sus propios medios y vías de contacto, fuera del corset impuesto por status quo que no les permiten firmar lo que escriben, vocear sus opiniones, plantarse en sus convicciones, arengar a sus tropas, despertar conciencias. Ellos ya eligieron su forma de comunicación en democracia. ¿Cuál es la de aquellos que adosan con liviandad etiquetas de “dictadura”?

El 10 de diciembre de 1983 un buen hombre les dijo a otros hombres y mujeres elegidos por este mismo pueblo en el Congreso de la Nación: "Vamos a vivir en libertad. De eso no quepa duda".

Eran días inciertos.
Hoy, casi 30 años después, elijo creer que por la libertad se pelea con cuerpo y alma, con mente y espíritu, y entender que no hay un solo día por perder y que las batallas que nos tocan en este tiempo son culturales, cívicas y federales.
No porque así lo determine un gobierno, sino porque es el paso siguiente en la construcción de nuestra democracia.

Por obra y entrega de quienes nos precedieron, no vivimos bajo una dictadura.
Elegimos un gobierno que, votado por una mayoría, es el que aceptamos todos como nuestro. El que debemos aceptar todos como nuestro o nunca tendremos el país que pregonamos anhelar.
Es con ese gobierno que decidimos, debatimos, proponemos, mejoramos. Ese es nuestro deber ciudadano y nuestro desafío. No contra: con.
Aún en disidencia. Especialmente en disidencia.
El odio es un camino fácil, siempre, y quienes agitan sus banderas son sabedores de esa zona de confort de la que aún no nos desprendemos. Confían en que nos quedaremos inmóviles y odiando, porque conocen que para lo opuesto hay que dar un paso más y poner cuerpo, tiempo y esfuerzo.


Este es un gran año para el periodismo…
Debiera serlo para todos los argentinos, si acaso lo pensáramos como una sola Nación.


28.8.12

Cuentos para no dormirse

“Es importante seguir leyendo sin juzgar. Si se comienza a dividir entre buenos y malos, otra vez, el cerebro genera un arco de violencia que es lo más peligroso. Los ‘anti’ y los ‘ismos’, cuando recurren a la violencia muestran la primera punta de la enfermedad mental. El individuo violento no puede ser considerado sano, nunca.”
José Covalschi

En estos últimos quince días, dos historias sobre libros y lectores asomaron en mi Twitter.
La primera vino de Marcelo, quien contó sobre cómo había llegado a la Patagonia la primera edición de “Alicia en el País de las Maravillas” y de su portadora, que encontró en esas páginas un puente con su nuevo mundo.
Hace apenas unas noches atrás, Paula comunicaba la continuidad de una tradición de sus padres a ella y de ella a sus hijos. “El Principito” encontrado en su vieja biblioteca le recordaba con una dedicatoria de sus padres que había sido su primer libro. Ella decidió entonces fundar para cada uno de sus hijos una biblioteca con un primer libro dedicado y que luego ellos siguieran su rumbo.

Me gustaron mucho estas historias de lectores, como amo profundamente leer y a mis cientos de libros. En cada uno de ellos he encontrado pensamiento, acción, inspiración, duda, coraje, decisión, consuelo, magia y encantamientos con la vida que nos pasa. En muchos encontré espejos que me devolvieron una parte de mi a cambiar, mejorar, resaltar y reinventar.

Las formas que han tomado los libros han mutado hasta las historias en 140, linkeadas, en .pdf y páginas-pantallas. Han vuelto, de forma increíble, a esos ámbitos donde ni siquiera son papel sino palabra compartida en rueda, como era en un principio. Sin embargo, entre lo palpable y lo virtual, la brecha que genera el debate sobre qué “está bien” leer y hacer con ello sigue inmutable.

A los nueve años leía Amado Nervo. Se lo observaron a mi mamá con un “¡mirá lo que lee tu hija!”. Por suerte, ignoró el reproche y ese autor me acompañó por años.
Por estos días se agita un debate sobre los contenidos adecuados para el ámbito escolar. Adoctrinamiento, fascismo, dictaduras, política sí o política no. Son marañas demasiado complejas para ovillar en estos tiempos de “ismos” y “antis”. Pero una amenaza más simple que subyace a las etiquetas es un argumento demasiado repetido para el propio bien de una democracia: la creencia de que toda oposición –o ruidito altisonante, o pensamiento-  no es propia sino arengada por uno y seguida por monos ciegos-sordos-mudos de a cientos.

¿Qué leen los chicos de este tiempo? Lo que quieren.
Por lo que he visto a mi alrededor en los últimos años, son muchos los que hoy crecen en ese escenario que ve a la Justicia como aniquilación, a la violencia y extorsión como medios para resolver conflictos, observa a la pluralidad y aceptación de la diferencia como debilidades, y a su contención como preservación de un orden justo.
No es una enunciación vacía. Hace años que es una realidad, pero hoy la violencia es más gráfica que un “pow!” de historieta o una descripción librada a la imaginación. Los chicos acceden a ella con menos filtros que nosotros y en un rango que lo cubre casi todo. Aún así, muchos se rescatan a sí mismos del credo imperante o lo transforman hacia un mejor lugar.

Con el activismo cívico, sindical y político pasa lo mismo.
Hace mil años una maestra de primaria me contó por qué estaba bien que se hiciera un paro docente, cuáles eran las carencias y los reclamos. Fue un escándalo.
Hace unos años marché con mi tía maestra, y su hermana con sus hijas chiquitas, en la última gran lucha docente en Comodoro Rivadavia. Esas nenas llevaban latas con piedras y una preguntaba cuándo íbamos a cantar “la del enano gorilón”. Esa realidad era parte de sus vidas y conocían sus por qués. Era natural.
Hoy las familias de un trabajador o trabajadora en conflicto son parte del reclamo activo en sitios, cortes de ruta y manifestaciones.

Hace una campaña atrás, tres generaciones se sentaron alrededor de una mesa a doblar votos para una elección. Antes habían caminado juntas los barrios de la ciudad. La más joven mamó esa militancia desde la infancia y ahí estaba, con su pensamiento crítico intacto y formado, eligiendo de nuevo ese lugar con libertad.

¿Nos preguntamos por qué la lucha ambientalista tiene a niños, adolescentes y jóvenes entre sus filas y actividades? No debiéramos, aunque el cuestionamiento existe. Son ellos una de las razones por las cuales muchos adultos se afirman en sus razones y no callan. El futuro les pertenece, ¿por qué no apropiarse de las luchas por algo que recibirán ya intervenido?

El actual ministro de Educación de mi provincia era el impulsor desde su banca de concejal de un fantástico programa de extensión legislativa: alumnos de colegios secundarios trabajando sobre temas de gestión pública, presentando agendas y proyectos, ocupando bancas por un día. Esas agendas eran más reales y respondían más a las necesidades comunitarias que las que hemos visto a lo largo de los años de quienes realmente fueron elegidos para la tarea. ¿Para qué los formamos en civismo si sus voces no contarán sino una vez cada cuatro años?

¿Cuestionamos cuando un gobernador, un ministro, un secretario visita el colegio de esos niños y jóvenes, y usa esas fotos en medio de una campaña de política/gestión?
En realidad no.
Una de mis imágenes favoritas es una visita de un gobernador de mi provincia a una escuela de la meseta. En la imagen, el mandatario está posando al lado de la torta, rodeado de alumnos de primaria, y le saca el gorro tejido a uno de ellos y se lo pone. El gesto del primero es natural y disfrutado, la mirada del chico es de alegría.
Hoy ocurrió otra cosa igual de casual: chicos de un colegio secundario se plantaron ante un Gobernador en un acto por su postura a favor de la explotación minera en su zona.
Siempre me intrigó qué habrá contado aquel nene del gorro cuando volvió a su casa, y lo mismo me preguntaba hoy sobre ese chico con la remera de “No a la Megaminería”. ¿Cuáles fueron sus historias? De aquel nunca lo sabré; de este supe que se llama Matías y ya son más de 600 las veces que su foto fue compartida en Facebook con leyendas de apoyo. Él escribió su propia historia a través de todos.
“Lean, compartan, difundan”, reza uno de los slogans de un foro ambiental. Leer para saber, para entender, para no dejarse llevar por nada más que el criterio propio.

Los chicos no nacen al mundo del civismo a los 18 años, porque recién ahí pueden votar e independizarse.
No viven en el mundo en el que crecimos nosotros, no tienen los mismos desafíos ni tendrán las mismas obligaciones. No piensan como pensamos nosotros. Se informan a su modo, leen lo que les interesa, lo viralizan y comentan, se organizan y avanzan. No esperan permisos ni avales de nadie.
Quizás poniéndose a tono de este nuevo tambor, muchos adultos ya no siguen como ovejas a cualquier cencerro que suena en el monte. Si alguna vez lo hicieron, hoy el listón está puesto en otro lugar y afrontan el desafío.

Desde hace un tiempo tengo la sensación de que quizás estos que no se amedrentan, jóvenes y no tanto, nos estén salvando un poco a todos.
La misma sociedad del “algo habrán hecho” se reinventa cuando cree que oposición crítica es el chiste burlesco y el insulto fácil.
Es la misma que le permite creer a un gobierno que ser fuerte es afirmar la no existencia de lo que no le es conocido.
Es la misma que se fortalece cuando no reclama a los líderes políticos con los que se identifica que construyan dentro de sus propias fuerzas para salir al ruedo, porque la pluralidad es un deber democrático.
Es la misma que se niega a sí misma ser protagonista activa. Desde el lugar que elija, oficialismo u oposición, pero con formación y fundamentos lejos de la chicana fácil que tanto critica como ejerce.

Aquellos 16 nuestros son los 12 de hoy. Y cada día la barrera baja a menos.
Los niños son cada vez menos niños. Creer que podemos detener eso es prohijar una burbuja de ilusión esperando que todo regrese a un pasado imposible.
Cercenar la realidad no es una herramienta válida.
Cegarnos a la participación política y ciudadana solo nos hará “idiotas” de nuestras propias sociedades, sin posibilidad de constituirlas, protegerlas y asistirlas en sus progresos.
Negarnos como seres pensantes nos pone en riesgo a todos, a los que estamos y a los que vienen.

Leer ha matado a mucha gente a lo largo de los siglos, como antes la mataba saber lo que se contaba y pintaba, reproducirlo y resguardarlo.
Sobre esas personas ha caído el destino del pensamiento, ellas han sido protagonistas de sus tiempos y sus realidades. Los han transformado o no, las han hecho posibles o evitado.
El pensamiento crítico realmente es un pensamiento que se forja en un sillón, pero no es cómodo. Es uno que crece en el interior de cada quien y arroja luz sobre los destinos inciertos. Es uno que crea su propio camino. Quizás no todo el tiempo, quizás solo en esos recodos en los que hay que detenerse y repensar todo de nuevo, pero ahí está.

Como país, nos merecemos destinos en los que pensar distinto o nuevo no sea justificación para exterminar ni aplicar castigos, sino estímulo para seguir pensando.

Leamos, pensemos, escuchemos, transformemos este barro que somos y busquemos nuevas formas.
La política es construcción, es hacer, y siempre es colectiva tanto en acción como en conocimiento e inteligencia. No es una actividad secreta y sucia, pergeñada en ámbitos oscuros a los que se accede por caídas de valores morales. O tal vez, para ser justa con una realidad que todavía tiene sus cabilderos, de a poco ya lo es cada vez menos.
En tanto no entendamos que la definición vigente de política es lo que falla y la modifiquemos, asemejándola más a nuestro latido presente, seguiremos en las veredas de esta tierra nueva con las viejas y heredadas piedras en la mano, esperando vernos pasar.

Como dice Liniers en una de sus últimas historietas, a través de la adorable Enriqueta: “un buen libro te hace culto, un muy buen libro te hace mejor persona”. Yo agregaría: y un ciudadano que, si erra el paso, al menos es de buena fe.

¿Qué sería de aquella inmigrante galesa y la memoria de Marcelo sin su Alicia? ¿Qué sería de Paula sin su Principito? ¿Qué sería de mí sin esa primera poesía?
¿Qué sería de nosotros sin todas las historias que nos sentamos a escuchar, tan diferentes de las nuestras, animados por esa curiosidad que nos despertaron algunas otras con forma de libro?
Creo firmemente que seríamos carcazas, flotando a la deriva de los muchos tiempos que hemos transitado.
Creo que nuestros pensamientos serían errantes, inconexos, pequeños cuerpos desnutridos.
Creo que, de muchas formas, no seríamos.

29.6.12

#MiUnicoHeredero


Hoy cumplimos un mes, esta columna y yo. Ha sido una relación compleja, con hastíos e indiferencias, cargada de nuevos comienzos y desafíos renovados. Volvemos a elegirnos. ¿A ver si esta vez logramos? 

Con la militancia digital pasa lo mismo que con esos novios que no son lo que tus viejos, familia y amigos esperaban para vos – demasiado muchas cosas de esas “raras” y poco de lo que se ajusta al molde “como debe ser”.
Igual destino corre el resultado: a vos -que estás de cabeza en la cancha- nada te importa menos que la tribuna y ni qué hablar al novio, que ya venía bastante liberado de entrada.

Perdón!?, diría una concejal comodorense cuando empieza a indignarse.
Si. Eso pasa.
Y por ahora el novio solo es peronista, porque el radical apenas comienza a tomar nota y el resto de los partidos pasea entre la química instantánea y el desencanto.


Juguemos a hacer zoom en algunas muestras de esto tan raro.


Zoom in a uno de los candidatos a intendente 2011 en Chubut.
Varios meses después de resultar electo, el aludido decidió cerrar el perfil público en redes sociales que había sido creado para la campaña (faux pas basado en el argumento “para qué quiero esto si no lo entiendo”)
En fin, enfoquemos.
La persona encargada de la tarea, al ingresar a la casilla de e-mail vinculada a esas redes, encontró más de 32.000 correos electrónicos. Notificaciones de seguimiento, mensajes privados vía Facebook y Twitter, publicaciones gustadas y compartidas, comentarios hechos en muros, citas y retweets.
Todo prolijo e informado. A quién le había gustado qué cosa, muchas veces con la explicación del por qué. De qué temas querían sus ciudadanos que hablara, qué gestiones pedían para su ciudad, qué esperaban de él. Todo un “estudio de mercado” cívico.
Nunca supo qué valor tuvo cada uno de esos contactos mientras lo recibía porque su equipo de campaña digital había dejado de operar los perfiles incluso antes del día de la elección.
Supongamos, en un cálculo conservador, que al menos 3.000 - 5.000 de esas personas representaba un voto, por sí mismas o por sus círculos de influencia.
Fueron poco menos que 400 los votos de diferencia finales entre el candidato a gobernador que lideraba la boleta de ese dirigente y el opositor.
La cuestión ya no es todo lo que valen esos votos, esas interacciones, sino todo lo que cuesta en términos políticos ignorarlas, desmerecerlas, dejarlas fuera de juego.


Zoom out. Zoom in. Ahora, sobre las elecciones presidenciales 2011.

En su informe de “escucha activa”, la consultora internacional Autoritas provoca con una cita: “Hay miles de personas cantando nuestros temas. Es importante saber qué canciones están cantando”.
Su relevamiento de temáticas e influenciadores es pionero. Niveles de conversación, temáticas, orígenes en redes y medios online, atributos valorados en candidatos…
Solo un multimedios patagónico fue incluido entre los influenciadores en prensa online: el Diario Río Negro.  No es casual que también sea uno de los primeros medios tradicionales de la región en haber tenido una estrategia de posicionamiento digital.
Otro de los datos de interés es que el segundo influenciador en Twitter fue el chubutense Fabricio Casarosa, bastante vapuleado en los últimos tiempos por un sector del justicialismo online por su militancia digital. El PJ Digital Chubut, del cual es referente, ocupó la novena posición. Otro “no es casual” en este caso, ya que el PJ Digital ha sido precursor en activismo político online en Argentina.
Antes que los suspicaces de siempre crean que la medición es solo para una vereda, aclaro que el ranking incluye un arco muy variado de periodistas, canales y agencias de noticias, partidos políticos, dirigentes, consultoras y webs.


Zoom out. Último zoom in: la cibermilitancia social.

Una de las críticas más fuertes hacia la militancia digital es una supuesta exclusión de los sectores sociales sin acceso a la tecnología.
Con el avance de conectividad y acceso a dispositivos móviles y netbooks estatales, la brecha se va achicando. No desaparece, pero la web 2.0 ofrece muchos ejemplos de que estamos más incluidos de lo que muchos eligen creer.
Existen casos colectivos, como el activismo ambiental que ha desplegado el Foro Ambiental y Social de la Patagonia desde su perfil en Facebook, con 2.053 personas interactuando en su muro en la actualidad.
En la misma red, son varias las asociaciones vecinales que encuentran un espacio para promocionar su acción barrial, como también los clubes y los grupos de temáticas focalizadas en asuntos como la inseguridad, acciones solidarias y movidas culturales.
Hace unas semanas llegué a un grupo de 20 o 30 familias de un barrio que abrió su cuenta en Twitter. Desde allí piden limpiezas para los espacios públicos, difunden cuando organizan operativos de mejora los mismos vecinos o el municipio, y reclaman atención y coherencia de gestión a sus gobernantes electos.


Cibermilitancia, militancia digital, militantes 2.0, que en la negativa se convierten en trolls, ciberñoños, cibernabos y siguen las denominaciones.

Puedo escuchar las mismas voces que vengo leyendo tweet tras tweet, o encontrando en cada entrevista.
Que no es lo mismo… Que la cibermilitancia es solo una herramienta... Que no se puede prescindir de los pies en el barro... Que militancia es la otra y no este invento de jóvenes que no conocen la doctrina ni la historia…

Si. Si.

No es lo mismo salir una noche a pegar afiches, calcularle por dónde va a andar la cuadrilla del otro y pegarle encima todo si la campaña viene embarrada, que organizar un hashtag colectivo sobre un tema común, lanzarlo en red y cruzar a determinadas cuentas del opositor de turno.
Tampoco es igual sentarte toda una tarde en la sede, a matear y analizar los grandes temas nacionales y los poblados conventillos locales, que organizar mesas por mensaje privado, hablar en código de los rumores del momento o abrir debate, mientras tomás mate rodeado de “compañeros” virtuales de toda tu provincia o país.
Es distinto estar sumergidos en las realidades de los barrios, que poder dar a conocer en dos segundos esas realidades con una foto desde cualquier teléfono. El término “digital” por sí mismo pareciera anular toda posibilidad de que la misma persona que twittea, postea en un blog o alimenta su perfil en Facebook pueda conocer su barrio, su gente, y discutir en sus ámbitos "físicos" las políticas que defiende en caracteres.

No. No.
No es lo mismo.

Porque claro, militancia es ir y estar. “Esto” no es eso.
“Esto” no está legitimado por ningún voto, ni avalado por ningún dirigente, ni siquiera ha dado origen a nada histórico que se recuerde.

No. ¿No?

Los viejos comandantes son los que más resisten “esto”, aunque de a poco algunos se van animando y hasta llegan al ruedo aquellos que lo critican pisando la misma arena. Les guste o no, Aníbal Fernández ha sido un precursor en el camino: hoy explica sus proyectos legislativos con videos, sus presentaciones tienen transmisión online y su blog es una buena muestra de qué tan abierta y moderna puede ser una gestión parlamentaria.
De alguna manera, muchos códigos internos desaparecen con “esto”, mucho alineamiento se pierde, a la par que otros nuevos se construyen. Los errores siempre serán errores, claro, pero en este nuevo ruedo hasta pueden ser valorados.

Es cierto que es una herramienta.
Una que difunde, viraliza conocimiento y posturas, y profundiza si quiere… y sino, no.
Aprende realidades por su cuenta, las refleja muchas veces sin intermediarios y sale con cortafuegos frente a muchas “operaciones”.
Una que hace la militancia que más se le parece y no la que se ha entendido como única todos estos años.
No es más ni menos que cualquier otra militancia, es solo que existe en un universo que “cantará su canción” desde el lugar que elija hacerlo y no desde donde muchos viejos y jóvenes-viejos dirigentes quieren que lo haga. Por lo tanto, la música debe encontrarlos en esos espacios.

Es cuanto menos divertido ver, leer y escuchar los males que se le asignan a la cibermilitancia hoy en Argentina: ser rentada, carecer de contenido y doctrina, no tener formación que le permita discernir, responder a una verticalidad ciega.
Con eso en mente repasemos lo que siempre se ha construido en el ideario de un puntero político tradicional. No difiere demasiado.
En la realidad, al contrastar imaginario colectivo con observación sin prejuicios, surgen las sorpresas.

Una demasiado peruca me decía una noche no hace mucho tiempo: “nosotros armamos como una sub-frecuencia”. Se refería a esto de ir con su propio tambor generacional dentro del peronismo, no en particular de la militancia 2.0 aunque ella pertenece a ese grupo.

Piazzola no era tango. El himno de Charly no era himno. La Sole nunca fue folklore. Todo lo que no cumple con la etiqueta, no es. Será cualquier otra cosa. Los blogs no son literatura. El “periodismo ciudadano” no es verdadero periodismo. Y “esto” no es militancia.

Los nuevos lenguajes nunca son lo que la academia quiere: demasiado altisonantes, desgobernados, desconocidos. Demasiado propios.
Están fuera de los dominios del señor feudal de turno o, por lo menos, de su control total y absoluto.

“Esto nos dejó el General, mirá…”, decía un compañero de la vieja guardia aquella noche, “la revolución de los Blackberry nos dejó…”.

Sí, esta es la revolución que les legó Perón, a propios y ajenos. A la política argentina, en fin.
La revolución de los Blackberry, los iPads, las tablets, las compus prestadas, los muros virtuales, los pajaritos azules que solo hacen off para dormir.
Todavía se despereza y muchas veces se toma el tiempo para pensar por dónde quiere seguir. Busca voces, formas, une todos los medios, contrasta, cita fuentes de lo más diversas y hasta a veces extrañas, rompe el monopolio de la información política y mediática.


Una forma revolucionaria y digital de mantener el poder en su único heredero, incluso si este decide deletearlo, arrobarlo, etiquetarlo y postearlo de nuevo.

  
Viejos… familia… amigos…: les presento a mi novio.


21.5.12

Nuevas fronteras


“Ni todo lo que anda errante está perdido”
Tolkien



Cualquiera que me conoce sabe que soy absolutamente capaz de extraviarme y vagar sin rumbo en un pueblo de seis calles, con el mismo talento innato que me evita seguir un mapa o salir del subte en la dirección correcta.
Es así. No importa qué tan grande o chica sea una ciudad, lo más probable es que en mis primeras exploraciones me pierda sin remedio.
Si me quedo lo suficiente en terreno, identifico aquel edificio, ese lugar, el árbol antiquísimo, la plaza bonita y de ahí parte mi métrica. Si estoy solo de paso, será una experiencia que disfrute ya sin ego herido mientras espero recordar al menos el nombre de la ciudad.
Esto me ocurrió hace unos años en Barcelona. Hacía frío, el cielo estaba constantemente gris y solo tenía unas pocas horas. Muy prolija, había señalado un par de lugares en –claro- un mapa, como si realmente fuera a poder interpretarlo una vez en marcha. De fe inquebrantable, me acusarían algunos.
Era poco después de mediodía y ya llevaba dos vueltas enteras que me devolvían siempre a la misma calle angosta del Barri Gòtic.
Sentada en una pared baja y a punto de abandonar la cruzada de llegar a las puertas de la Catedral de Barcelona, empecé a escuchar muy bajito y a lo lejos una voz. Era suave, dulce, apenas audible… y así y todo tenía el encanto que me llevó a ponerme de pie y seguirla.
Con cada paso, se hacía más clara y más hipnotizante. El objetivo ya no era la Catedral perfecta, sino conocer la fuente de aquel canto.


Más cerca en el tiempo y en Argentina, hace ya varios meses me adentré -al principio como “turista” y luego generando conocimiento y experiencia- en el terreno de Gobierno Abierto.
Como ocurre con todo nuevo métier, lleva un tiempo conocerse y desarrollarle un código propio a ese aprendizaje.
Entendí su técnica y también hice migas con su esencia, profundamente democrática y real. Me permití perderme en su visión de futuros mejores, construidos entre gobernantes y gobernados. Me ganó su aire de co-creación constante. Leí todo cuanto tuve a mano, escuché horas de conferencias, repasé casos pioneros en el país y el mundo.
En medio de esas exploraciones, más de una vez me senté en algún paredón a repasar rumbos, a buscar alternativas, a tomar aire y pensarlo todo diferente.

Hoy, después de haber perdido un par de vueltas, escribo desde uno de esos descansos: en mi camino hacia una implementación exitosa de Gobierno Abierto estoy todavía dando vueltas en el Barri Gòtic, aunque la voz que sigo es más fuerte que aquella de entonces.


“Con una mano en el corazón, Sandra, ¿realmente creés que eso va a prosperar, que algún día lo van a aplicar?”, me preguntó alguien mientras me miraba con escepticismo y piedad, harto de escucharme parlotear sobre mi proyecto para su ciudad.

En ese momento, llevaba meses en la teoría y un par en la práctica y, aunque parecía que podía avanzar, la ebullición interna gubernamental siempre estaba agazapada dispuesta a llevarse todo puesto.
Fue el primer paso. Un Intendente corajudo, el aval justo en el momento indicado, las ganas puestas al servicio de una gestión pública diferente. La política interna no lo entendió. Hoy sobrevive en una estructura que quién sabe con certeza en qué arenas estará batallando.

Mejor suerte hubo en el segundo intento, aunque resultara igual de fallido.
La patriada fue para una provincia y el del coraje un Subsecretario. El equipo de armado del pre-proyecto entendió de primera el sentido del camino, aunque luego un infaltable dueño del palito impedidor ejerció su control sobre la rueda.

El inicio del viaje fue desde un mejor lugar, con muchas lecciones aprendidas y con un objetivo más ambicioso aunque no por eso irreal.
Los errores alimentaron nuevas formas de plantear y hacer, mails de ida y vuelta, horas de teléfono, escribir y pensar la implementación en otras dimensiones. En el plan final, de concretarse con éxito, esa provincia sería un "es posible" importante.
En definitiva, como reza la frase de Beckett, esta vez fracasamos mejor.

A la tercera dice el saber popular que va la vencida, ¿será así realmente?
¿O tal vez la experiencia dice que esa instancia debiera esperar unos años? No tengo en claro una respuesta por sí o por no.

En el país más movilizado colectivamente que recuerde desde mi generación, con un sentido hacedor y democrático recorriendo el espinel de ciudadanos y no-ciudadanos, en sus ámbitos de pertenencia o por sí mismos, ¿todavía hay funcionarios que construyen ajenos y ensimismados en sus esquemas sesgados?
Sí, todavía sí. Aunque hay otros que huelen el cambio en el aire.

Por primera vez desde 1983, nuestra democracia crece más desde la base que desde la estructura formal, y será esto lo que imprima en un futuro cercano su sello en el ejercicio de la política, pública y partidaria.

En ese camino, Gobierno Abierto es una nueva justicia social que avanza sin nombres propios, en el mundo, en América Latina y en Argentina también.
Ejercida desde su profundo sentido y no desde la vidriera, es garantía de equidad e inclusión, de desarrollo y progreso, de políticas públicas con conciencia de su tiempo.

Ayer leía en mi Twitter algunos conceptos que vertía un diputado provincial sobre lo que consideraba debía ser el rol de una Legislatura.
“El Poder Legislativo puede trabajar en tiempo real”. "Prefiero que estos proyectos mueran de cara a la gente en la arena del recinto y no que mueran de inanición en comisiones”.

“Legislaturas Abiertas” las llaman y viven en otros lugares no muy lejanos.
Poderes legislativos con sus miembros trabajando en sinergia con los ciudadanos que representan, con leyes creadas y debatidas con quienes deberán cumplirlas, con un lenguaje claro, accesible, transparente.
Son legislaturas que responden a los tiempos en los que viven sus pueblos y los sientan en una banca “virtual” y nunca tan real.
¿Cuántos diputados podrían afrontar el reto? ¿Cuántos podrían “abrir” su votación y su postura ante cada tema debatido?
Aún más: ¿cuánta interacción y beneficio social representaría una “Justicia Abierta”?
Porque en Gobierno Abierto no hay más claustros.

Es claro que no se trata solo de modernizar la función pública, de capacitar al personal con estándares gerenciales, de establecer metas internas de gestión. Este desafío va mucho más allá del mero Gobierno Electrónico, de los funcionarios 2.0 y la digitalización de procesos administrativos.
Se trata del último avance de la democracia, de una participación abierta en todos los frentes, de un acceso a las entrañas del gobierno para que se nos parezca todavía mucho más.

“El pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes”, marca nuestra Constitución. Quizás sea tiempo de incorporar un “junto a sus representantes”.
Fue la idea subyacente en la cumbre de la Alianza Internacional para Gobierno Abierto en Brasilia: “un gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo y CON el pueblo”.
Esa es una reforma que valdría la pena intentar.

En estos días en los que muchos de los libros que seguíamos comienzan a tener letras que ya es anacrónico mantener y sostener.
En estos tiempos difíciles y con recetas totalmente agotadas, clamando por una seguridad sustentable, un nuevo paradigma educativo, reformas profundas en la gestión de salud.
Todo lo que podían aportar los funcionarios se les ha ido entre los dedos y son los foros que eligen los ciudadanos los que marcan un compás de gestión pública que muchos de los primeros no han siquiera registrado.


Allá por Barcelona, después de un rato de andar a tientas, llegué al origen de ese canto. Era una señora muy pequeña, casi frágil, con voz de soprano e inspiración elevadora. La escuché emocionada durante un rato eterno. Cuando se detuvo, le agradecí su arte y me tendió una tarjeta. Se llamaba Pilar Rodríguez y mucho tiempo después supe que era reconocida en ese escenario.
¿La Catedral? Ahí estaba, apenas a unos pasos, y de alguna manera llegar a ella ya no importaba. 


Desde este rellano en el que decido mi tercera avanzada, recuerdo aquella pregunta descreída del primer paso e invoco la voz de Pilar.

Quizás porque todos necesitamos confiar en esas voces que guían cuando los laberintos no muestran un arriba para salir.

Porque el tiempo de un gobierno de élites, con sus lenguajes difíciles y accesos limitados, que no guía ni se deja guiar, está agotándose.

Porque en la gestión pública así como en la vida, cuando ya no sirven los caminos conocidos, necesitamos inspiración, conocimiento y fe para avanzar en las búsquedas, y pasión puesta en trabajo para expandirnos hacia nuevas fronteras. Con todos y con todas.


11.5.12

Mandatos cumplidos


El mes de abril me lo robaron completo. O mejor dicho, me lo auto-robé para volver a ser aprendiz de libros y ruedas de pensamiento. Leyendo, rumiando, foreando, escribiendo prácticos.

En parte, porque había un desafío personal pendiente de volver a esos lugares; también porque me tentaron con dos cursos-taller en simultáneo a la flamante cursada universitaria; y en el fondo, porque se me hacía más que necesario despabilar a las neuronas, cada día más enamoradas de jugar a las estatuas.

En ese camino de regreso, pasé por mucho foro y participé como actor y observador de esos relatos. Historias que contienen en su mayoría esa extraña mezcla entre el hastío, la esperanza y la movilización.
En un punto, me encontré pensando en cuál es el mapa válido que se sigue cuando todos los mandatos están cumplidos.

En algunos terrenos creo que todavía avanzamos apenas mirándonos los pies para no tropezar demasiado.
Cada vez que atiendo el teléfono o reviso los mails, hay alguien del otro lado dispuesto a compartir su relato sobre el tablero político que tiene a mano.
Que pasa esto o aquello, que aquel se queda o se va, que hizo algo o nada, que influye más o menos... la lista de interpretaciones y conjeturas es interminable.
Pero lo que más escucho, y en lo que más coincido, es en lo extraviados que parecen todos sobre lo que los espera apenas un poco más allá.

Es como si este frenesí de contar todo al instante, apenas digerido como para que pase a otro y otro y otro más sin demoras, dejara al margen el pensar en el párrafo siguiente, en el paso a continuación, en la inevitable consecuencia.

Hace unos pocos días escuché a un Gobernador lamentar que se escribía muy poco. Pasó desapercibido y hasta no pareciera ajustarse a lo que diría alguien en su función, al menos hoy en nuestro país. Se entiende porque se le conoce el trazo de otras épocas, pero en la actualidad suena casi anacrónico.

Se refería a la falta de publicación de pensamiento y conocimiento, de avance, de teoría académica puesta afuera, y el inevitable enlace de todo ello con el desarrollo.

Fue casi inmediato el ejercicio de repasar la lista de los dirigentes políticos que podrían abordar con éxito ese paso. En los ámbitos académicos, solo los economistas y algún que otro abogado aportan pluma y contenido.
Siguió la todavía más reducida nómina de los periodistas que firman sus columnas con sus nombres reales en medios gráficos y digitales de la misma región. Ampliando el espectro, de los que todavía hacen radio invitando a reflexionar con su propia voz no condicionada.

Hemos dejado de poner afuera lo permanente para quedarnos con lo efímero, con lo que pasa y se olvida en dos minutos. Hemos dejado de pensar el desarrollo como un desafío con historia, presente y futuro. Hemos cedido al encanto del escándalo vedettongo, sacrificando el verdadero debate. Hemos dejado de rumiar para tragarnos cualquier sapo sin pensarlo demasiado.

Cabe preguntarse entonces, cuando todo pasa por el instante fugaz, ¿cómo llegamos a ese salto de desarrollo para hacerlo consistente, progresivo, y no solo fortuito? ¿Cómo nos comprometemos con los otros, los de ahora y los que vendrán?
El conocimiento compartido, el pensamiento colectivo, es una quimera con muy pocos Quijotes visibles en nuestra región.

Vuelvo a los foros de mis tres desafíos y leo las últimas intervenciones.
En uno, personas haciendo –y aprendiendo- el ejercicio de cómo transformar el Estado con colaboración, participación y transparencia, para una nueva justicia social.
En otro, militantes –por definición, personas que creen y trabajan en pos de eso- que debaten sobre las realidades de sus unidades básicas, de sus dirigentes, de los nuevos espacios de militancia que los liberan de algunos mandatos que no terminan de cumplirse.
En el último, seres con nombre y apellido y de esfuerzo anónimo que cuentan cómo día a día intentan transformar su pedacito de sector público, con una visión que los lleve más allá del capricho político-partidario y los “esto no se puede” sin razón.

Detrás de todos ellos hay un tambor que suena marcando el paso.
Es un latido que subyace en los repasos de tweets, en las pasadas por Facebook, en las mesas de café, en las llamadas, en los correos.
Es un ruidito de fondo que suena a mandatos cumplidos: ya hicimos todo como se esperaba, ¿ahora qué?

En este tiempo, todo lo que se esperaba de nosotros está ahí, afuera, en progreso, evolucionando, transformándose y transformando. Y también, no está.
Está la frustración porque pocos hacen lo que otros quieren o se hace en demasía, porque no funciona, por el mal discurso, el relato que no encastra, por el paso cambiado sobre la marcha.

¿Qué mandato nos quedará pendiente para zafar finalmente de todos y avanzar a otra etapa, con nombre más propio y pensada desde nuestro lugar?

Cuando ya fuimos y no fuimos todo lo que nos imaginábamos, lo que esperaban de nosotros, lo que los otros nos impusieron, lo que elegimos ser y hacer.
Cuando ya nos bajaron o nos patearon de los destinos de gloria, perdimos o dejamos pasar los trenes del oportunismo, nos callamos hasta el ovillo o gritamos con las tripas.
Cuando saludamos desde el carro de la victoria, no nos salió mal ni una, y dijimos lo que queríamos, como y cuándo queríamos decirlo.
Cuando el escritorio ya no nos condiciona, el aula no nos pesa y la burocracia no nos hunde.
Cuando ya dejamos de lado el censo de fallutos y traidores. Cuando ya no hay mucho más para hacer con el barro.
Cuando está acomodada la mesa de los leales, los amigos en la cancha y los afectos en su lugar. Cuando todo barro esconde oro.
Cuando ya cumplimos e incumplimos todas las profecías…

Quizás pase que podamos cansarnos con fundamentos y sin tribunas de odio, patear tableros y –real y profundamente- cambiar.
Tal vez entonces elijamos sentarnos y poner el relato afuera, desandado y escrito con todas las letras, para que el aprendizaje sea de todos.

Quizás nos sentiremos libres de ser, hacer, decir y escribir lo que pensamos, incluso si es poco y nos parece nada.
Incluso para equivocarnos.
Incluso si es para repensar todos los mapas, abjurarlos y volver a empezar.

1.4.12

Las otras vigilias


Al atardecer de este día cada año, frente al mar, cada vez menos comodorenses se reúnen para compartir la Guardia de las Estrellas, el ritual de vigilia con el que los veteranos locales eligen esperar el 2 de abril.

Según el año hay más o menos actividad y concurrencia, músicos locales que acompañan con su arte, el Ejército con su eterno chocolate bien caliente para pelearle al frío, y el acompañamiento de los que se sienten convocados para recordar a sus héroes.

Hace dos o tres vigilias, se abrió una muestra histórica con elementos de combate, fotografías y coberturas de prensa en el cercano Centro de Promoción Turística.
De esa noche recuerdo una foto de un diario local mostrando una columna de los chicos que salían del Aeropuerto “General Mosconi” hacia las islas.
Me recuerdo mirando esas caras y pensando cuántos de ellos habían vuelto a sus casas y cómo, descubriendo en los ojos esa mezcla de incertidumbre y miedo que trasuntaba el papel.

No sé cuándo comencé a asistir a las vigilias, sí recuerdo no haberme ido de una sin llorar y la última en la que estuve antes de dejar la ciudad.
Éramos muy pocos esa noche, incluso de las Fuerzas Armadas y el Liceo Militar había bajado la cantidad de asistentes, y recuerdo la Marcha de Malvinas apenas tarareada, porque de las 10 personas que me rodeaban solo dos sabíamos la letra.

En mi último viaje desde Comodoro, en plena ruta escuché una entrevista que le hacían en LU4 al Comandante de la IX Brigada en su despedida de la ciudad. Él decía que en pocos lugares había encontrado el sentimiento Malvinas tan vivo y que la ciudad en sí era una “ciudad veterana”.
Es cierto.


Desde el inicio de la guerra, Comodoro se había vuelto una ciudad movilizada y posible objetivo de bombardeos.
Las versiones comunes hablaban de un posible desalojo de tres manzanas a la redonda del Liceo Militar “General Roca”, considerado para convertirse en base militar. Cuando se supo que el Aeropuerto “General Mosconi”, base de la Brigada Aérea Mecanizada, era una locación de despliegue de los Pucará la guerra quedó mucho más cerca.
Ese abril toda la flota de la empresa de mi papá fue afectada a Defensa Civil, las 24 horas del día, para ser utilizada como ambulancias.
Mucho tiempo después supe de los jefes de manzana y los simulacros, de las alertas –falsas o ciertas- por sobrevuelos de aviones ingleses; de la famosa alerta roja real en la que nunca llegó a sonar la sirena de alarma; de los chicos de otros colegios que debían usar collares de identificación; de la decisión de Supervisión de Escuelas de trasladar a todos los alumnos a un refugio común…
¿Qué fue del registro de aquellos días de guerra en la ciudad veterana? Supongo que estarán en la memoria privada de cada uno, como lo están en la mía.


En 1982 tenía 8 años. Cursaba 3° grado en el Instituto María Auxiliadora de Comodoro Rivadavia.
Tras el desembarco en las islas, todo el colegio se reunió en el salón de actos, con copias de la Marcha de Malvinas en mano, para aprenderla y cantarla de allí en más. Eran una música y una letra desconocidas, incluso las copias todavía tenían la línea “la perdida perla austral”, que debía ser modificada por “la argentina perla austral”.
Aunque ese día no lo sabíamos, la guerra nos alcanzaría en mucho más que eso.

Una mañana el curso fue convocado a votar para elegir a las alumnas más responsables. Fui la más votada; la segunda fue María Carolina, hija de un miembro de la Fuerza Aérea que entraba en el conflicto.
La misión era simple: éramos la delegada y subdelegada de Defensa Civil en nuestro grado. El aula tenía un botiquín de primeros auxilios y nuestra tarea era saber dónde estaba y verificar que estuviera completo en todo momento. En caso de un bombardeo, si nuestra “señorita” quedaba herida, éramos las responsables por nuestras compañeras.
En todo momento debíamos exhibir un brazalete con el símbolo de Defensa Civil.
No hacía falta tener muchos años más para saber que nada de eso era un juego, como tampoco lo que se esperaba de nosotras.

No recuerdo mucho de mi infancia, pero sí es fotográfica la memoria de esos días.
De los simulacros de bombardeo que nos dejaban debajo de los bancos o contra las paredes a golpe de timbre, o los que implicaban evacuar a todo el colegio al sótano y asumir posición de protección; también de las cartas al soldado desconocido que muchos años después sabríamos que quizás ni siquiera fueron enviadas.

Mis padres tomaron la decisión de sacarme del colegio y de la ciudad una o dos semanas después de que esas prácticas comenzaran.

Nos trasladamos a un campo a 60 kilómetros de Comodoro. Teníamos agua, un grupo electrógeno que se activaba por horas, faroles y velas para el después, y día por medio alguien nos llevaría comida.
Un día éramos solo cuatro –mi mamá, mi abuela, mi hermano y yo-; una medianoche y sin aviso nos volvimos casi 30.
Casi toda mi familia y algunas familias amigas habían decidido acompañarnos en el éxodo. Solo mujeres y chicos; los padres permanecían en la ciudad.


En nuestro refugio improvisado, los primos más grandes se hicieron cargo de los chicos ocupando las horas muertas con “clases” sobre fardos de pasto, juegos, horas interminables de campeonatos de Escoba, Loba y cubo mágico, y mucha pelea al aburrimiento además de las inevitables entre nosotros mismos.

Las tías y abuelas administraban tiempo y comidas, cocinaban, vivían su parte de incertidumbre pegadas a la radio, esperaban y fumaban. Su dimensión de la realidad y preocupaciones eran otras.

Hasta las que no fumaban, a veces fumaban.
En épocas de abundancia, su marca favorita; en días en que ya no hubo, los cigarrillos armados; en escasez total, los experimentos como la hoja de un sauce o el papel solo bien enroscadito.
Años después todavía encontrábamos en los elásticos de las camas, los tarros de galletitas y rincones imposibles de los roperos, viejos atados de Jockey Club que habían sido amarrocados para cuando fueran realmente necesarios, y luego olvidados.

La comida llegaba día por medio, y con ella las novedades de lo que iba ocurriendo en la ciudad. Fuimos afortunados, nunca nos faltó de lo uno ni de lo otro, aunque mi mamá todavía hoy recuerda esos tres días en los que no llegó nadie ni supimos nada de nada.

El relato de la guerra provenía cada noche de la eterna “Siete Mares” a pila que traía la voz de LU4 Radio Patagonia Argentina.
El otro ritual era el noticiero de las 21 que emitía Canal 9 de Río Gallegos, el cual nos llegaba en la única tele disponible y gracias a una antena que requería ajuste casi constante para no perder la imagen.

Recuerdo la noche en que esa misma pantalla nos devolvió un alerta roja de determinado paralelo hacia el sur, la consiguiente corrida de mi mamá linterna en mano hacia la casa donde estaba el grupo electrógeno, el frenético accionar de mis tías cubriendo las ventanas con frazadas y todos demasiado asustados para pensar al sur de qué paralelo realmente estábamos.

También recuerdo a mi abuela después de escuchar en la radio que comenzarían a enlistar a los liceístas, llorando y gritando desesperada: “mi hijo, mi hijo va a ir a la guerra”.
Nada de lo que podían decirle mis tías era suficiente para convencerla de lo contrario.
La novia de ese hijo estaba ahí con nosotros y nos convocó a rezar. Nadie se negó. Una habitación llena de chicos de 4 a 17 años, de rodillas, rosarios en mano y pidiendo por un milagro, es el momento de fe más fuerte que recuerdo hasta hoy.
Fue una noche muy larga rezando por un tío que podía ser soldado, por un posible soldado no desconocido y por los otros que sí lo eran.

Fueron poco más de veinte días de vivir una guerra en continente, entre versiones, realidades, miedos y reacciones.
A nosotros nos dejó en un lugar protegido, aunque con angustia y miedo, pero cuidados. A otros los dejó sin nada a qué aferrarse.

En ese tiempo paralelo, nuestra guerra fue esa, a miles de kilómetros de donde se peleaba la otra.
En las polaroids de la memoria está mi prima bebé durmiendo al lado de la cocina porque era el único lugar de la casa donde no hacía tanto frío, las cartas marcadas para poder ganarle al otro equipo de primos en el juego que tuviéramos en curso, el cubo mágico con el cuadrado amarillo quemado por haber jugado muy sobre la luz de la vela, la pared de la “cocina de campaña” con el conteo de tortas fritas que hizo mi abuela con palotes de truco, la pista improvisada para autitos de carrera que mi hermano de 4 años había construido con uno de mis primos, un fardo de pasto con una campera puesta a modo de bandera para cantar el Himno o la Marcha cada mañana…

Hoy le pregunté a mi mamá por qué nadie tenía fotos de esos días. Me contestó: “en ese momento en lo último que pensamos fue en llevar una cámara, no era lo importante”.

Pasa el tiempo y una, si quiere, descubre. Y allí estaban otras historias en otras voces.
La de una amiga que me contó de sus padres llevándoles comida y abrigo a los soldados que iban hacia las islas y eran arrumbados en un galpón cerrado de la zona norte comodorense, con oficiales que vivían en casas aledañas disfrutando de mucho más que hambre y frío.
La de la enfermera que cuidó a muchos veteranos en el Hospital Regional, relatando imágenes de horror y desamor de una patria por la que dieron todo.
La de otro miembro del mismo hospital que escribió sobre los que quedaron en el ala de Psiquiatría, entrampados en su propio infierno.
La de un veterano contándome en un micrófono sobre desmalvinización, sobre historias de olvido y esa guerra que siguió cobrándose vidas mucho después de perdida.

De esas historias tampoco he visto nunca fotos.
Entiendo recién hoy que las imágenes más reales de las guerras son las que se llevan en la memoria, porque no hay tiempo en esos minutos para otra cosa que no sea seguir viviendo y tratar de recordar.


El vecino de ese campo en el que estábamos se llamaba Don Miller. Había sobrevivido al horror de la Segunda Guerra Mundial.
Cuando empezó la Guerra de Malvinas, habló con mi papá y le dijo que la guerra era una locura, que dejaba todo porque estaba convencido de que no iba a sobrevivir a otra, que las guerras vuelven loca a la gente.

Hoy Malvinas es un hashtag, una etiqueta viralizada, un mensaje de un nuevo lenguaje que pareciera quedar inconexo de las realidades que fueron.
Para muchos ese hashtag fue vida y muerte, apenas sobrevida, esperanza y decepción, vergüenza y olvido, relato y memoria.
Cuando observo manipular con ligereza ese sentimiento, convertirlo en pasto de tribunas, o el desenfreno en algunas declaraciones e ilusiones de recuperar las islas como sea, me aturdo.
No entiendo quién, pudiendo elegir un camino por la paz, aboga por la inmediatez irresponsable.
No entiendo quién, sabiendo del dolor y la pérdida de una generación argentina, bastardea por simplificación una memoria colectiva nunca realmente escrita ni atestiguada.

Quizás estas fotografías de la memoria puestas afuera nos despeguen de las etiquetas vacuas y nos encuentren en las vigilias de un sentimiento más humano y real.

Mientras tanto, seguirá teniendo razón Don Miller: la guerra cambia a la gente.
Incluso si es una eterna ilusión.

25.3.12

Todo lo que sostiene Pereira


Este blog arriesgaba sus primeras letras en junio de 2007. 


Diez años antes, en mis últimos meses de porteñismo elegido, "Sostiene Pereira" me salía al paso. Del libro a la película, mi mirada de esos años fue luego a la eterna pantalla blanca de esos días, sin filtros y sin mesura. 


Recién la misma pantalla me devolvió a ese pasado con una noticia: murió Antonio Tabucchi. En el relato colectivo que los medios argentinos ya reflejan, encuentro esta frase de Pilar del Río: "Hemos perdido un gran escritor, un resistente. La libertad era valor indiscutible y la luchó".


La leo y recuerdo lo escrito, lo busco, lo encuentro y decido publicarlo. 
No porque sea un digno homenaje a su pluma. 
Sí quizás porque siempre creo que esas voces únicas que nos llevan a incorporar otros idiomas y otros diálogos, que nos elevan en debates internos y nos desafían a pensar, no debieran acallarse sin al menos un pequeño eco con humilde sabor a "gracias".


Esquivo la tentación de editar, cambiar palabras y maquillar formas... y va como salió entonces, imperfecta pero desde el alma.


Domingo 25 de Mayo de 1997 - Buenos Aires, Argentina 

Sostiene Pereira que todos fuimos alguna vez Pereira. Y que algunos todavía lo somos y, aunque no lo sepamos realmente, él se sostiene ahí en el fondo.
Sostiene Pereira.
Se sostiene a sí mismo entre dos bandos, en los que nadie habla de él o lo recuerda. Pereira es sólo uno más. ¿ Qué decir  de quien sólo es “uno más” ? Pereira es uno que está entre los que fueron y los que nunca serán Pereira: es la víctima no especialmente elegida, el triste cordero del azar. Pereira se ha parado entre aquí y allá, siendo parte de ninguno. Un aquí intolerante, que cree que hasta a la democracia hay que cuidarla a garrotazos, y un allá quizás igualmente intolerante que cree que la democracia es el derecho a la igualdad, olvidando que el derecho a la diferencia es lo que crea la verdadera libertad.
Aquí y allá no aceptan a un Pereira.
A un Pereira de inicio de película: cálido, honrado, decente, feliz con su trabajo, cómodo entre sus ambiciones humildes, sus pasiones controladas, su amor por la literatura francesa, su suplemento cultural de diario independiente,  sus rutinas, sus mañanas, su mesa de bar, su mozo Manuel que lo mantiene al tanto de las últimas noticias, su limonada “mitad azúcar y mitad limón”, su manera de ser y su vivir a su manera.
Un Pereira de inicio de película, que no lo ha visto todo, no por ceguera elegida sino porque no le ha tocado mirar.
Un Pereira de sombrero y bastón, de espalda encorvada de tanto escribir y andar, de años bien vividos, de amor bien llevado y  ausencia dolorosamente recordada, de un solo amor a quien le habla y le cuenta sus penas, cómo siguió yendo el mundo después de que se fuera.
Ese Pereira. Ese Pereira que sostiene. Sin que nadie se entere, sin estridencias, pero sostiene.
Un Pereira que, sin ser santo, encierra todo lo bueno, lo esencialmente bueno, todo lo decente, todo lo digno.
Ese Pereira. Un Pereira que se defiende de las ironías del mundo con ingenuidad, con inocencia,  casi sin querer, absteniéndose de montarle un juicio a la verdad.

Y después, otro Pereira. El del final de película. El que fue. El que, aún sosteniendo algo, lo convierte en útil para la causa presente. En su momento, un tomar partido para la próxima batalla, con el golpeteo de la guerra civil cada vez más cercana del otro lado de la frontera y las trincheras del otro lado de la puerta del dormitorio.
Un Pereira que es como todos, como todos los que creemos en algo y sólo por ello lo defendemos hasta el final.
Un Pereira ya no inocente, el último.
Un Pereira que ha perdido una parte de sí con dolor, con nostalgia contenida, con renunciamiento para con su primera calma. Una calma que no significaba para nada estar en el otro bando, en el de los oscuros, en el bando de los que no hay que mirar a los ojos por temor a la represalia, en el bando de los que nunca serán Pereira y quizás nunca lo hayan sido, de los que han elegido olvidar.

El Pereira que sostiene estaba en el medio del camino, entre aquí y allá. Y estar en ese medio no le fue permitido. Y vuelve a surgir siempre la misma pregunta: ¿ Por qué es tan necesario optar ? ¿ Acaso los Pereira que sostienen no tienen derecho a, sólo por ello, elegir su lugar ? ¿ Acaso esos Pereira viven y mueren por una causa menos noble, por la cual no es necesario bogar, que carece de luchas, una causa que no merece una primera plana ? Simplemente viven sus vidas. ¿ Qué más hay que hacer con la vida más que vivirla ? ¿ Por qué no soportamos esa neutralidad no elegida, esa neutralidad espontánea ? ¿ Por qué es tan irritante y sospechosa para un lado y para el otro ? ¿ Por qué siempre la reivindicación tiene que ser el encontrar un lado combativo a nuestra existencia ? ¿ Por qué la causa por la que seguir vivo y luchar, por qué el ideal no puede ser publicar en un suplemento de cultura traducciones de literatura francesa ? ¿ Por qué vivir dando respuestas a todo es más válido que vivir sin tener cuestionamientos para plantear o respuestas para ofrecer ?

El Pereira del inicio sabía por qué vivía, aunque no se diera cuenta.
El Pereira del final sabía por qué iba a morir, y eso me parece que ya es suficientemente malo.

Alguna vez alguien dijo que el mal crece donde los buenos no hacen nada. Creo, más bien, que el mal crece donde los buenos han dejado de hacer lo que debían y los malos han aprovechado esa oportunidad. ¿ Por qué los buenos tienen que tornarse, aunque sea un poco malos, para recobrar ese sitio que se han dejado ganar ?

Sostiene Pereira su derecho a ser diferente.
Sostiene su derecho a ocuparse de sus cosas.
Sostiene su derecho a no tener que dar respuestas.
Sostiene su derecho a enterarse de lo que pasa y a decidir por su cuenta cómo actuar.
Sostiene su derecho a ser responsable de sus acciones.
Sostiene su derecho a trabajar en paz.
Sostiene su derecho a vivir simplemente.
Sostiene su derecho a ser amigo de sus amigos.
Sostiene su derecho a ser libre para pensar.

Pereira sostiene lo que los demás hemos dejado de intentar.
Sostiene día a día, con su rutina, con su simpleza, con sus rituales.
Y sostiene que es un atropello y una vergüenza que no lo dejen sostener en paz.

Quizás sostener a este Pereira que sostiene sea la única lucha válida contra todo mal.



9.1.12

Mil Cristinas

Los chicos malos. 30 de diciembre de 2010.

Un año y días fuera de todo micrófono.

En el medio, la historia política de la provincia sangró, tembló, se destruyó, se recreó y volvió a sangrar de nuevo. Todavía es incierto en qué vereda dejarán las últimas réplicas a leales, neo-leales, y traidores.

Cada tanto, ante una declaración demasiado arriesgada o un toreo incierto, me pregunto si es que todavía importa. Quizás todo derive en lo anecdótico y esta página sea la de un libro dejado realmente atrás, hasta que algún escenario necesite rescatarlo del estante.

En algún punto de ese trayecto, quizás me cansé de intentar decir algo sobre todo aquello o el resto que siempre es resto.

Primero dejé de escribir, después dejé de radiar, después dejé mi ciudad y mi provincia, y ahora que miro ese camino desde una nueva salida me pregunto si los altares ante los que cayó el silencio eran tales, ahora que los dioses ya no lo son tanto.

Para estas fechas de 2010, un amigo -de esos que son más voces en el momento indicado que presencias constantes- me escribía relatando su camino, alejado por elección del foro público, y compartía conmigo su decisión de no callar más. Quería dejar de ser un idiota. No de estos, tan posmodernos, que conocemos todos; sino de aquellos de la antigüedad clásica que eran mirados con desdén por desentenderse de la cosa pública.

Estos días he pensado mucho sobre los meses fuera de micrófono y la forma de idiotismo elegida. Me pregunto cómo re-descubrirle el sentido a quedarse contando miradas del paisaje cuando terminan en la mesa de saldos y valiendo nada; cómo re-encantarme con el solo gusto del relato por sí mismo.

Más allá de las incertidumbres, decido encarar esta vuelta segura de que las listas negras y los etiquetados exiliantes son buenos maestros. He de reconocerlo: se sabe adentro cuándo es tiempo de volver.

Entonces… apago la luz de aire, me quedo fuera de micrófono y pienso en las historias que fui guardando por si este rato llegaba.

Entre todas, elijo empezar por una que me ronda como duda y militancia desde hace ya un tiempo.


Mientras termino esta columna, Cristina ganó dos veces, reasumió y le puso cara a lo que llegue, mientras Beatriz es tercera en la línea de sucesión presidencial.

Un poco más al sur, Rossana llegó a la Intendencia impensada, Mariví sigue defendiendo una gestión en la que cree y Gabriela se quedó con un Ministerio crucial. Ica preside un bloque, Gilda otro, cada una con su identidad política. Ana comanda una secretaría clave, Zulma alerta ante el avance minero, María Eva milita y milita.

Son mujeres diferentes, con caminos distintos, con dominios disímiles cada una de ellas.
Acertadas o no, queridas o temidas, sostenidas o desdeñadas, respetadas o ninguneadas.
Son mujeres que creen en la política como ruedo, en el no idiotismo, en las transformaciones.

Se enfrentan a códigos, mesas chicas, lenguajes, y hasta a relatores de la supuesta realidad demasiado acostumbrados a analizar el mundo desde su género y su óptica.
Defienden la bandera política y de militancia en la que creen.
Sostienen sus discursos con trabajo y con argumentos.
Son tan buenas como cualquiera, son tan malas como cualquiera.

Toda vez que alguien atina a remarcar que no son suficientes, el dedo señala solo un dato de la realidad: la Presidente de la Nación es una mujer.
Suele ser el punto y aparte de muchas discusiones que obvian de plano otro dato: una vale mucho, miles es mejor.

Cierto es que la sola existencia de una Presidente de la Nación cambia mucha dialéctica y mueve, más que las fichas, el propio tablero del poder.

Los lenguajes, los modos, los parámetros han ido mostrando de a poco un ajuste largamente debido. Así lo han entendido con el paso de los años muchos actores, relatores y lectores de la siempre compleja política nacional. Aún sí -todavía más que muchas veces- la carga cultural sigue siendo un lastre y los discursos se ensucian, los golpes son más que bajos y el palito de impedir queda trabado invariablemente en la rueda.

“El género pesa”, dice una voz cercana estos días de nombramientos de Vanesas y Paulas. Y asiento, sonrío, y pienso que sí y que es bueno que pese. Aunque también reconozco que para aquellas que están mucho más abajo en la red, más alejadas de los polos de transformación del poder político central y con mucho más señor feudal antes que referente pisándole la cabeza, la historia cambia demasiado lento.

Siempre he sostenido que voy a creer en la igualdad plena cuando una mujer no tenga que demostrar ser “la mujer maravilla” y portar más chapa de excelencia que cualquier hombre para asumir el compromiso de una función pública.

Capacidad, compromiso y trabajo debieran ser una tríada igualadora, aunque pocas veces lo es.


Mientras ese día llega, o quizás para que llegue, es necesario que florezcan mil Cristinas.

Que tomen cada silla de cada acto de cada unidad básica, comité, sede o agrupación.

Que sean oradoras, arengadoras e inspiradoras, que tengan una voz presente en cada foro que les y se habiliten.

Que se eduquen, se capaciten, se formen en lo que sientan necesario para ocupar sus lugares en las mesas de decisión. Tanto que se sienta desde las estructuras que las contienen que esos espacios deben ser creados como necesidad y no como opción espasmódica ante cada 8 de marzo.

Que reclamen su derecho a las bancas por mucho más que un cupo; su derecho a las presidencias de bloques, de comisiones, de cuerpos legislativos enteros.

Que sientan suyo cada espacio de terceras, segundas y primeras líneas de la administración pública, y que lo luchen hasta ocuparlo.

Que cabildeen por proyectos, que los discutan, reformen, voten y firmen, que los implementen y conviertan en realidades.

Que se multipliquen las Alicias, Nildas y Déboras hasta que los gabinetes municipales y provinciales no sean igualitarios si no están ellas junto a los hombres, a la par.

Que sean contempladas por los medios de comunicación en sus mesas editoriales, en sus micrófonos, cámaras y plumas, con la misma relevancia con la que se visibiliza a referentes masculinos.

Que sean reconocidas en sus trabajos con igualdad plena, tanto en acceso a posiciones como en salarios y en capacidad para enfrentar cualquier tarea.

Que sean las que eduquen como madres a hombres y mujeres para esa igualdad.

Que cambien la matriz de una sociedad que aprenda y aprehenda esos nuevos roles como lógicos, naturales, justos.


Los “mientras tanto” no son permanentes y, en este en particular, ya se ha recorrido mucho camino y son un tiempo acabado.


Eva Perón dejó el voto femenino en nuestras manos.
Más allá de la coyuntura, fue un legado que ha atravesado ideologías a la vez que décadas.

Nunca volvió a existir una mujer tan políticamente poderosa… hasta ahora.

El empoderamiento de las mujeres viene asomando como el legado político transversal de “esta mujer”, como algunos todavía la llaman.
Como género, estamos ante una oportunidad histórica.

No puedo sino desear que más allá de las acciones, los nombramientos y los gestos, aparezca también este avance en la forma de una ley que garantice acceso y verdadera igualdad, más que un cupo. Que esas llegadas tengan un flujo permanente que permita afianzar el cambio en todos los niveles y sacarlo del terreno de lo discutible.

Y entonces, ya sin techos de cristal siempre disfrazados, que florezcan mil Cristinas.