1.4.12

Las otras vigilias


Al atardecer de este día cada año, frente al mar, cada vez menos comodorenses se reúnen para compartir la Guardia de las Estrellas, el ritual de vigilia con el que los veteranos locales eligen esperar el 2 de abril.

Según el año hay más o menos actividad y concurrencia, músicos locales que acompañan con su arte, el Ejército con su eterno chocolate bien caliente para pelearle al frío, y el acompañamiento de los que se sienten convocados para recordar a sus héroes.

Hace dos o tres vigilias, se abrió una muestra histórica con elementos de combate, fotografías y coberturas de prensa en el cercano Centro de Promoción Turística.
De esa noche recuerdo una foto de un diario local mostrando una columna de los chicos que salían del Aeropuerto “General Mosconi” hacia las islas.
Me recuerdo mirando esas caras y pensando cuántos de ellos habían vuelto a sus casas y cómo, descubriendo en los ojos esa mezcla de incertidumbre y miedo que trasuntaba el papel.

No sé cuándo comencé a asistir a las vigilias, sí recuerdo no haberme ido de una sin llorar y la última en la que estuve antes de dejar la ciudad.
Éramos muy pocos esa noche, incluso de las Fuerzas Armadas y el Liceo Militar había bajado la cantidad de asistentes, y recuerdo la Marcha de Malvinas apenas tarareada, porque de las 10 personas que me rodeaban solo dos sabíamos la letra.

En mi último viaje desde Comodoro, en plena ruta escuché una entrevista que le hacían en LU4 al Comandante de la IX Brigada en su despedida de la ciudad. Él decía que en pocos lugares había encontrado el sentimiento Malvinas tan vivo y que la ciudad en sí era una “ciudad veterana”.
Es cierto.


Desde el inicio de la guerra, Comodoro se había vuelto una ciudad movilizada y posible objetivo de bombardeos.
Las versiones comunes hablaban de un posible desalojo de tres manzanas a la redonda del Liceo Militar “General Roca”, considerado para convertirse en base militar. Cuando se supo que el Aeropuerto “General Mosconi”, base de la Brigada Aérea Mecanizada, era una locación de despliegue de los Pucará la guerra quedó mucho más cerca.
Ese abril toda la flota de la empresa de mi papá fue afectada a Defensa Civil, las 24 horas del día, para ser utilizada como ambulancias.
Mucho tiempo después supe de los jefes de manzana y los simulacros, de las alertas –falsas o ciertas- por sobrevuelos de aviones ingleses; de la famosa alerta roja real en la que nunca llegó a sonar la sirena de alarma; de los chicos de otros colegios que debían usar collares de identificación; de la decisión de Supervisión de Escuelas de trasladar a todos los alumnos a un refugio común…
¿Qué fue del registro de aquellos días de guerra en la ciudad veterana? Supongo que estarán en la memoria privada de cada uno, como lo están en la mía.


En 1982 tenía 8 años. Cursaba 3° grado en el Instituto María Auxiliadora de Comodoro Rivadavia.
Tras el desembarco en las islas, todo el colegio se reunió en el salón de actos, con copias de la Marcha de Malvinas en mano, para aprenderla y cantarla de allí en más. Eran una música y una letra desconocidas, incluso las copias todavía tenían la línea “la perdida perla austral”, que debía ser modificada por “la argentina perla austral”.
Aunque ese día no lo sabíamos, la guerra nos alcanzaría en mucho más que eso.

Una mañana el curso fue convocado a votar para elegir a las alumnas más responsables. Fui la más votada; la segunda fue María Carolina, hija de un miembro de la Fuerza Aérea que entraba en el conflicto.
La misión era simple: éramos la delegada y subdelegada de Defensa Civil en nuestro grado. El aula tenía un botiquín de primeros auxilios y nuestra tarea era saber dónde estaba y verificar que estuviera completo en todo momento. En caso de un bombardeo, si nuestra “señorita” quedaba herida, éramos las responsables por nuestras compañeras.
En todo momento debíamos exhibir un brazalete con el símbolo de Defensa Civil.
No hacía falta tener muchos años más para saber que nada de eso era un juego, como tampoco lo que se esperaba de nosotras.

No recuerdo mucho de mi infancia, pero sí es fotográfica la memoria de esos días.
De los simulacros de bombardeo que nos dejaban debajo de los bancos o contra las paredes a golpe de timbre, o los que implicaban evacuar a todo el colegio al sótano y asumir posición de protección; también de las cartas al soldado desconocido que muchos años después sabríamos que quizás ni siquiera fueron enviadas.

Mis padres tomaron la decisión de sacarme del colegio y de la ciudad una o dos semanas después de que esas prácticas comenzaran.

Nos trasladamos a un campo a 60 kilómetros de Comodoro. Teníamos agua, un grupo electrógeno que se activaba por horas, faroles y velas para el después, y día por medio alguien nos llevaría comida.
Un día éramos solo cuatro –mi mamá, mi abuela, mi hermano y yo-; una medianoche y sin aviso nos volvimos casi 30.
Casi toda mi familia y algunas familias amigas habían decidido acompañarnos en el éxodo. Solo mujeres y chicos; los padres permanecían en la ciudad.


En nuestro refugio improvisado, los primos más grandes se hicieron cargo de los chicos ocupando las horas muertas con “clases” sobre fardos de pasto, juegos, horas interminables de campeonatos de Escoba, Loba y cubo mágico, y mucha pelea al aburrimiento además de las inevitables entre nosotros mismos.

Las tías y abuelas administraban tiempo y comidas, cocinaban, vivían su parte de incertidumbre pegadas a la radio, esperaban y fumaban. Su dimensión de la realidad y preocupaciones eran otras.

Hasta las que no fumaban, a veces fumaban.
En épocas de abundancia, su marca favorita; en días en que ya no hubo, los cigarrillos armados; en escasez total, los experimentos como la hoja de un sauce o el papel solo bien enroscadito.
Años después todavía encontrábamos en los elásticos de las camas, los tarros de galletitas y rincones imposibles de los roperos, viejos atados de Jockey Club que habían sido amarrocados para cuando fueran realmente necesarios, y luego olvidados.

La comida llegaba día por medio, y con ella las novedades de lo que iba ocurriendo en la ciudad. Fuimos afortunados, nunca nos faltó de lo uno ni de lo otro, aunque mi mamá todavía hoy recuerda esos tres días en los que no llegó nadie ni supimos nada de nada.

El relato de la guerra provenía cada noche de la eterna “Siete Mares” a pila que traía la voz de LU4 Radio Patagonia Argentina.
El otro ritual era el noticiero de las 21 que emitía Canal 9 de Río Gallegos, el cual nos llegaba en la única tele disponible y gracias a una antena que requería ajuste casi constante para no perder la imagen.

Recuerdo la noche en que esa misma pantalla nos devolvió un alerta roja de determinado paralelo hacia el sur, la consiguiente corrida de mi mamá linterna en mano hacia la casa donde estaba el grupo electrógeno, el frenético accionar de mis tías cubriendo las ventanas con frazadas y todos demasiado asustados para pensar al sur de qué paralelo realmente estábamos.

También recuerdo a mi abuela después de escuchar en la radio que comenzarían a enlistar a los liceístas, llorando y gritando desesperada: “mi hijo, mi hijo va a ir a la guerra”.
Nada de lo que podían decirle mis tías era suficiente para convencerla de lo contrario.
La novia de ese hijo estaba ahí con nosotros y nos convocó a rezar. Nadie se negó. Una habitación llena de chicos de 4 a 17 años, de rodillas, rosarios en mano y pidiendo por un milagro, es el momento de fe más fuerte que recuerdo hasta hoy.
Fue una noche muy larga rezando por un tío que podía ser soldado, por un posible soldado no desconocido y por los otros que sí lo eran.

Fueron poco más de veinte días de vivir una guerra en continente, entre versiones, realidades, miedos y reacciones.
A nosotros nos dejó en un lugar protegido, aunque con angustia y miedo, pero cuidados. A otros los dejó sin nada a qué aferrarse.

En ese tiempo paralelo, nuestra guerra fue esa, a miles de kilómetros de donde se peleaba la otra.
En las polaroids de la memoria está mi prima bebé durmiendo al lado de la cocina porque era el único lugar de la casa donde no hacía tanto frío, las cartas marcadas para poder ganarle al otro equipo de primos en el juego que tuviéramos en curso, el cubo mágico con el cuadrado amarillo quemado por haber jugado muy sobre la luz de la vela, la pared de la “cocina de campaña” con el conteo de tortas fritas que hizo mi abuela con palotes de truco, la pista improvisada para autitos de carrera que mi hermano de 4 años había construido con uno de mis primos, un fardo de pasto con una campera puesta a modo de bandera para cantar el Himno o la Marcha cada mañana…

Hoy le pregunté a mi mamá por qué nadie tenía fotos de esos días. Me contestó: “en ese momento en lo último que pensamos fue en llevar una cámara, no era lo importante”.

Pasa el tiempo y una, si quiere, descubre. Y allí estaban otras historias en otras voces.
La de una amiga que me contó de sus padres llevándoles comida y abrigo a los soldados que iban hacia las islas y eran arrumbados en un galpón cerrado de la zona norte comodorense, con oficiales que vivían en casas aledañas disfrutando de mucho más que hambre y frío.
La de la enfermera que cuidó a muchos veteranos en el Hospital Regional, relatando imágenes de horror y desamor de una patria por la que dieron todo.
La de otro miembro del mismo hospital que escribió sobre los que quedaron en el ala de Psiquiatría, entrampados en su propio infierno.
La de un veterano contándome en un micrófono sobre desmalvinización, sobre historias de olvido y esa guerra que siguió cobrándose vidas mucho después de perdida.

De esas historias tampoco he visto nunca fotos.
Entiendo recién hoy que las imágenes más reales de las guerras son las que se llevan en la memoria, porque no hay tiempo en esos minutos para otra cosa que no sea seguir viviendo y tratar de recordar.


El vecino de ese campo en el que estábamos se llamaba Don Miller. Había sobrevivido al horror de la Segunda Guerra Mundial.
Cuando empezó la Guerra de Malvinas, habló con mi papá y le dijo que la guerra era una locura, que dejaba todo porque estaba convencido de que no iba a sobrevivir a otra, que las guerras vuelven loca a la gente.

Hoy Malvinas es un hashtag, una etiqueta viralizada, un mensaje de un nuevo lenguaje que pareciera quedar inconexo de las realidades que fueron.
Para muchos ese hashtag fue vida y muerte, apenas sobrevida, esperanza y decepción, vergüenza y olvido, relato y memoria.
Cuando observo manipular con ligereza ese sentimiento, convertirlo en pasto de tribunas, o el desenfreno en algunas declaraciones e ilusiones de recuperar las islas como sea, me aturdo.
No entiendo quién, pudiendo elegir un camino por la paz, aboga por la inmediatez irresponsable.
No entiendo quién, sabiendo del dolor y la pérdida de una generación argentina, bastardea por simplificación una memoria colectiva nunca realmente escrita ni atestiguada.

Quizás estas fotografías de la memoria puestas afuera nos despeguen de las etiquetas vacuas y nos encuentren en las vigilias de un sentimiento más humano y real.

Mientras tanto, seguirá teniendo razón Don Miller: la guerra cambia a la gente.
Incluso si es una eterna ilusión.