22.10.12

Gritos sagrados



En estos días cumpliría 13 años en el oficio del periodismo.
Por momentos más activa, por otros al borde del retiro permanente, estos tiempos los vivo desde un margen que amenaza con quedar fijo entre un antes y un después.

2012 es un gran año para ser periodista. En mi caso, para haberlo sido.


Hace unos días me reencontraba con alguien con quien compartí aire cuando yo recién empezaba en la profesión y él estaba ya en un lugar de privilegio.
El presente lo encuentra en el centro de la gran batalla de los medios de comunicación de la Argentina, que no es una relacionada con santos oficios y altruismos, sino con profundos intereses corporativos a la vez que culturales.
Mirándolo en ese lugar pensaba en el enorme paso que representa el hecho de que un periodista del interior esté en esa vanguardia. Y es que esta lid no es ni más ni menos que también un último golpe al unitarismo aún vigente en nuestro país. Si corremos las tirrias de la escena, esta es la más federal de las batallas.


Cuando me puse por primera vez “de aquel lado”, fue frente a un micrófono de una radio pequeña a medio camino del fin del mundo. Era 1999. Unos meses antes había iniciado la tarea silente de la producción periodística.
Mucho ha pasado desde entonces. Pocas de las radios en las que trabajé han sobrevivido al paso de los años, otras han sido fusionadas en multimedios –inexistentes al inicio del camino- y tras ellas han ido de salida varios de los buenos profesionales con los que compartí el aire y el ruedo.
A través de los años he estado en contacto y formando parte del proyecto de muchos medios que han ido surgiendo, apagándose y fusionándose en pos de tener una porción más de la voz pública: escrita, oral, visual, y últimamente también digital.
Volviendo la vista atrás están el portal de noticias que nació mucho antes de su tiempo correcto, el diario de distribución gratuita que se transformó en demasiado caro de editar, los ensayos multimediales que vieron la luz y se perdieron sin horizontes claros.

Puedo decir entonces sin temor al error que los medios de comunicación son, ante todo, empresas. Los dirija o sostenga un sindicato, un político, un grupo de amigos o un inversor privado. Fuera de esa lógica, en la que por supuesto impera el capital, están aquellos medios que difunden desde señales comunitarias, universitarias o de asociaciones civiles. Su tambor es otro, su camino suele ocurrir que también.
En general, las reglas de juego pocas veces están relacionadas con algo tan superior como el bienestar de la ciudadanía, el interés público o el fortalecimiento ciudadano.

Mi último año frente a un micrófono fue la prueba de que se puede caer en todas las malas del sistema de medios y que aún así es posible mantener una agenda que ponga en un escaparate real o virtual a las voces mínimas que se elige rescatar del silencio. Y si una persona puede, imaginemos todo lo que visibilizaría un espacio creado desde el inicio con tal fin y concebido fuera de las condiciones del “sistema”.

He trabajado bajo gobiernos radicales y peronistas. En medios independientes, oficialistas y opositores. En los más y en los apenas visibles. Con presiones, sin presiones. Con agenda libre y, en muy contadas ocasiones, con agenda delimitada. Reconocida, ignorada o en lista negra.
Los mismos modos, las mismas mañas, han sido transversales. Y siempre hubo una forma para hacer y permanecer leal a uno mismo.

Es exagerado determinar que en Argentina no se puede hacer oposición.
Cada día, cientos de voces –institucionalizadas o no- se oponen a algo y lo hacen saber por todas las vías a su alcance. O casi todas: son todavía muy pocas las que convergen en espacios de participación para realmente construir en pos de algo, esos lugares donde realmente el cambio se plasma en concreciones.

Es extremo creer que en Argentina hay periodistas obligados a callar.
La primera censura es la autocensura, y es eso lo único cierto. No es fácil y no es cómodo sostener la voz, pero la obligación de callar no existe.
Es extremo porque siempre hay una opción. Salirse o quedarse, callar o denunciar, buscar la manera de preservar el oficio.
Hay muchos que lo han hecho, a costa de su bienestar personal y familiar, como hay muchos que eligen quedarse y lucrar con el sistema. Como ocurre en cualquier trabajo, aunque en este hay una responsabilidad pública hacia quien está escuchando, leyendo, mirando.
La épica de la censura solo es una fábula en un mundo en que el periodismo digital no reconoce patrias, fronteras ni límites más que los tecnológicos, con una audiencia siempre conectada a la que se llega sin intermediarios.

Más allá de la coyuntura que nos devora por estos días, hoy el mundo se encarga de echar en el olvido a las corporaciones mediáticas.
Para un buen observador del ruedo, ya se asemejan a Goliats cascoteados, contorsionándose en la caída en el intento por desacelerarla.
Un tweet viralizado tiene más credibilidad que miles de diarios de primera línea. Un blog muestra costados de realidad que los grandes medios ignoran por conveniencia. Un video le pone caras y contenido a protestas sociales de las que nadie habla. Un diario publicado en la web tiene más difusión de la que nunca ha tenido su versión impresa.

¿Cuándo fue la última vez que descubrieron una radio que no fuera la más escuchada del país? Hoy cientos de radios argentinas se escuchan online, amplificando las voces de un espectro al todo, llevando esos relatos a cualquier lugar del mundo. Está en nosotros buscarlas y elegirlas.
La historia ya no es como nos la cuentan tres o cuatro y hoy es una realidad cotidiana aquello de elegir nuestra propia aventura. La historia es más parecida a la que vivimos, a la que construimos nosotros, con nuestras voces y espacios elegidos y recomendados.

Desde el primer momento en que el periodismo ciudadano entró en escena, el periodismo tradicional perdió el pie. Se lo llevó la ola y con él empezaron los primeros manotazos de ahogado de las corporaciones que se erigen en su entorno. Y en esa corriente siguen hoy, en estos días en los que tótems como Newsweek anuncian que ya no tendrán un soporte papel, o cuando a tres años de la nueva Ley de Medios se abren radios pequeñas en comunidades originarias.

En este contexto, la locura no es obligar a un multimedios a cumplir una ley escrita, debatida, sancionada y promulgada en democracia. La locura es que un multimedios quiera aferrarse a una ley que ya no existe, arrastrando a toda una sociedad en la carrera, y en nombre de un poder de “contar la historia” que ya no es tal.

En el medio de esta puja, ese peligro que aún vive agazapado en lo profundo de la conciencia colectiva argentina encuentra caldo para cultivarse: creer que solo es democracia lo que me parece y el resto, la disidencia, es dictadura o merece la aniquilación.


No vivimos en una dictadura.
Vivimos en una democracia que elegimos y sostenemos cada día.
Cada dos años votamos representantes de nuestra voluntad popular y, aún cuando ganen los que no votamos, esto sigue siendo una democracia porque nuestra participación así lo garantiza.
Tenemos acceso constitucional a herramientas que rara vez utilizamos: audiencias públicas sin inscriptos, bancas del pueblo que no ocupa nadie, legisladores a los que no reclamamos ninguna acción. Tenemos deberes cívicos que no cumplimos si no nos pesan como obligación, y a veces ni siquiera así.

Como sociedad ya no somos aquellos temerosos y pasivos que vieron nacer esta etapa. Hoy, en el minuto-a-minuto de cada día, los actos de la administración pública reciben un feedback inmediato. Mientras se realizan los anuncios de rumbos institucionales, políticas públicas, obras y posicionamientos podemos comentarlos, compartirlos, oponernos, y organizarnos para acompañar o militar para un cambio.

Los partidos políticos tienen pleno y libre ejercicio en todo el país.
Nadie se sienta en los fondos de una jabonería de Vieytes a hablar de una libertad soñada y prohibida, y compartir textos contrabandeados que podrían costarles la vida. Quienes han abrazado la actividad política recorren pueblos y ciudades, se reúnen a la vista de todos en casas, vecinales o sedes partidarias. Lo hacen público, como pública es la actividad, y comparten los textos de sus ideas convertidos en links, .pdfs, videos y el viejo mano-a-mano. Hasta las reuniones de mesa chica de los dirigentes partidarios, otrora en el límite mítico de lo nunca confirmado, ahora apenas tienen forma de no ser públicas.
Esta es cada día una celebración, o debiera serlo, de esta vida democrática que se fortalece.

¿Qué dice de nosotros como sociedad democrática que consideremos más allá de una ley a los medios de comunicación, empresas al fin, y enunciemos que vivimos bajo una dictadura?
¿Qué dice de los partidos políticos de este sistema democrático cuyo silencio avala esa categorización?
¿Qué dice de los gobiernos democráticamente elegidos esa vox impuesta como populi con ingeniería de marketing y no refutada con firmeza?


He conocido a muchos buenos periodistas en estos 13 años y, gracias a este métiér, también he conocido a buenos políticos y buenos ciudadanos.
Con placer, hoy veo a varios hacerse su camino desde sus propios medios y vías de contacto, fuera del corset impuesto por status quo que no les permiten firmar lo que escriben, vocear sus opiniones, plantarse en sus convicciones, arengar a sus tropas, despertar conciencias. Ellos ya eligieron su forma de comunicación en democracia. ¿Cuál es la de aquellos que adosan con liviandad etiquetas de “dictadura”?

El 10 de diciembre de 1983 un buen hombre les dijo a otros hombres y mujeres elegidos por este mismo pueblo en el Congreso de la Nación: "Vamos a vivir en libertad. De eso no quepa duda".

Eran días inciertos.
Hoy, casi 30 años después, elijo creer que por la libertad se pelea con cuerpo y alma, con mente y espíritu, y entender que no hay un solo día por perder y que las batallas que nos tocan en este tiempo son culturales, cívicas y federales.
No porque así lo determine un gobierno, sino porque es el paso siguiente en la construcción de nuestra democracia.

Por obra y entrega de quienes nos precedieron, no vivimos bajo una dictadura.
Elegimos un gobierno que, votado por una mayoría, es el que aceptamos todos como nuestro. El que debemos aceptar todos como nuestro o nunca tendremos el país que pregonamos anhelar.
Es con ese gobierno que decidimos, debatimos, proponemos, mejoramos. Ese es nuestro deber ciudadano y nuestro desafío. No contra: con.
Aún en disidencia. Especialmente en disidencia.
El odio es un camino fácil, siempre, y quienes agitan sus banderas son sabedores de esa zona de confort de la que aún no nos desprendemos. Confían en que nos quedaremos inmóviles y odiando, porque conocen que para lo opuesto hay que dar un paso más y poner cuerpo, tiempo y esfuerzo.


Este es un gran año para el periodismo…
Debiera serlo para todos los argentinos, si acaso lo pensáramos como una sola Nación.