15.8.13

Me gusta Ella



Me gusta Ella.
Me gusta que diga lo que quiera, sin esperar certificados de corrección política ni partidaria.
Me gusta que no se calle nunca, que no se detenga.
Me gusta que se vista como quiera. Que se peine, se maquille, se cuide y sea todo lo mujer que somos todas.
Me gusta ese bancarse lo que decide hacer y no hacer.
Me gusta esa forma que tiene, que logra que le corra a todo el mundo algo por la espalda cada vez que se planta frente a lo que cree.
A los que la quieren, les mueve la emoción. A los que la odian, les crispa más que los nervios. Ella planta talón en tierra y no deja indiferentes.

“Tiene cosas que son muy de mina”, me dijo alguien una noche y es cierto.
¿Por qué debería ser de otra manera?

Me gusta ver a los editorialistas forzados a mirarla con un cristal que no acostumbran, a los periodistas usando palabras que le dedicarían a sus mujeres más que a un hombre con su rango, a los comentaristas tratarla de cualquier cosa menos de persona.
Me gusta que les mueva tanto el registro de objetividad que no encuentren un lugar para Ella en esa escala.

Me gusta verla no acusar recibo de insultos y burlas, y también devolver los golpes. Derecho y sin guantes, esgrimiendo palabras y gestos como dardos.

Soberbia. Mal educada. Gritona. Mandona. Histérica. Desequilibrada. Débil. Influenciable. Inestable. Desquiciada. Rompe. Bipolar. Desubicada. Ignorante. Mal asesorada.
Si trato de recordar a algún Él que haya recibido todas esas “atenciones” de sus contemporáneos, no encuentro un nombre en las décadas que puedo abarcar por uso de razón.
Y ahí se planta Ella. Sabiendo todo eso que se dice, rosquea y escribe.


¿Cuánto bardeo aceptamos algunas mujeres de esta sociedad argentina que sigue siendo profunda y cruelmente machista?
Y es más, ¿en nombre de qué deuda o deber lo seguimos avalando y soportando en dosis diaria?
Al menos para mí es claro desde hace ya un tiempo que este tratamiento hacia Ella no es solo mero disenso u oposición política. Se arraiga, justifica y nutre en una napa mucho más profunda.

Es un periodismo que no termina de encontrar un registro de comunicación acorde con el cambio de género en el ejercicio del poder.
Es un arco político y sindical que no concibe el liderazgo con otro código sentado a la mesa.
Es una sociedad que lo admite sin frenarlo ni juzgarlo, que lo acepta y hasta lo expresa como propio.
Es todavía una violencia de género que se agazapa en formas más sutiles, las pasivas-agresivas, las socialmente aceptadas, las toleradas y hasta defendidas como bastiones de tradicionalismo.

Hoy leo expresiones de una reconocida política y siento que el mito urbano que dice que las mujeres somos lobas de nuestras congéneres es realmente cierto. Eso nunca cesa de asombrarme y entristecerme.
Total es Ella y no nosotras, ¿pensarán acaso?
Ella se destaca y ese es su peor pecado. Como antídoto purista, para muchos y muchas se convierte entonces en solo una figura casi despersonalizada y sin nombre propio. Una cosa, un ente, un alguien que no es.
No es mi vieja, mi mujer, mi hermana, mi amiga, mi compañera de trabajo, alguien que conozco.
Ella pareciera no tener familia, ni amigos, ni personas que la quieren.
Ella no merecería cuestionamientos populares con inteligencia o elaborados, solo simplismos burlescos.
Las mujeres convivimos todos los días con este hábitat de mesas chicas, círculos cerrados, acuerdos tácitos y Fútbol 5. Las políticas, mucho más y aún con peor suerte.
Sería necio creer y afirmar que Ella es la única maltratada. Sin embargo, para muchas es más simple aporrearla a Ella que enfrentar a los abusadores de sus propios ruedos.
Al fin y al cabo, su pecado es demasiado para cualquiera y en Ella expiamos los nuestros como género.


Hace unos meses el escritor español Arturo Pérez Reverte twitteaba sobre una estudiante de Valencia detenida en una manifestación: “Me gusta que, con razón o sin ella (a ver quién la tiene, en este perro pifostio), haya chicas valientes que salen a que les rompan la cara.”

Ella es una chica valiente que sale a lo que venga, como muchas cada día.
Razón, ¿quién puede decir si la tiene o no en muchos ruedos de esta Argentina revuelta?.
“Ni santa ni perfecta”, la escuché decir hace un año sobre otra Ella que aún hoy corre su misma suerte.


Me desindigno pensando que “las cosas de hombres” cada día existen menos como exclusivas, mientras leo cómo las voceras del este-no-es-tu-lugar cosechan el repudio que siembran.

Me gusta Ella porque tengo la esperanza de que su impronta de mujer política tarde mucho tiempo en diluirse.
Me gusta porque la pienso como una huella irreverente y brava.
Una que me ayudará a contarle a mi hija que una mujer puede plantarse frente al mundo desde el lugar que elige y no necesita avales ni certezas para hacerlo.
Esa que le demostrará que no hay que soportar la reprobación, de hombre o mujer alguno, en nombre de ningún supuesto bienestar.

Me anima saber que representará una de esas lecciones que valen una vida, como las de todas las mujeres que avanzan como Ella. Les guste o no les guste Ella.



3.5.13

Las manos limpias


Desde 1999 he sido una militante del periodismo digital contra incrédulos, desprevenidos y “quinteros” del 1.0.
Durante más de 10 años pasé por producciones, micrófonos y letras, siguiendo el paso redoblado de imaginar, armar, crear, imponer (o no), salir, cambiar, y todo de nuevo.
Un día me pasó que me quebraron, me cansé, y de repente dejó de tener sentido el esfuerzo. Decidí replegarme, de a ratos habité este espacio y solo asomé la nariz en los ruedos a los que me invitaron.
Cuando escribí uno de los últimos posts, intercambiamos mails con uno de esos colegas generosos y únicos que he tenido la suerte de encontrar. Él también me contaba de su desahucio, de las pocas ganas de hacer el intento de relatar tal vez algo de lo mucho que todavía pasa. Pensé entonces si no sería propio de la época antes que personal, aunque lo dejé pasar.
Lo cierto es que hoy hace ya un año largo que, a excepción de estas columnas, veo subir y bajar la marea periodística desde otro lado.

Mientras todo pasó, pasó de todo.
Desde aquella primicia nacional, gracias a la lectura diligente de cables por Internet mientras la ley mandaba leer los diarios de ayer, hasta el portal regional que fue pionero en la Patagonia y actualizaba de madrugada envuelta en frazadas porque la estufa no podía contra el frío, con una inestable conexión dial-up conspirando sin pausa. Estuvo esa entrevista con una sobreviviente de Auschwitz, robada en una tarde de café y atesorada en mi viejo grabador de cinta, y la noche parada en un piquete conociendo los por qués que siempre existen detrás de un trabajador que protesta. También, ese diario quincenal gratuito que solo tuvo tres o cuatro ediciones impresas, y la agencia digital de noticias de la radio más escuchada con un formato de actualización tan imposible como resistencia tuvo el proyecto.
Han pasado muchas corrientes bajo mi barquito de papel serratiano y siempre he tenido una debilidad recurrente por eso que vendrá en la forma de contarnos las cosas.

Uno de los síntomas de esa flaqueza es la atracción especial que siento por los foros, esa herramienta que al principio había que crear afuera para poder insertar en las webs “a leña” y ahora es natural gracias a la interacción entre medios y redes sociales.

En este placer culposo, uno de los grandes diarios nacionales fue siempre mi foro mimado.
No sé si todos tenemos uno, pero me animo a creer que existen esos espacios de interacción –virtual o no- que siempre re-visitamos para saber dónde está el ruido en el mundo que nos rodea.
Cuando aquel medio inició su faz de participación, uno debía realizar un registro exhaustivo y valía la pena porque el nivel de intercambio era edificante. Eran las épocas pre-troll, claro, en las que casi todos los usuarios registrados tenían un nombre real y una cara en el avatar, y plantear una opinión divergente no era excusa para desatar el bullying más bajo y furioso.
Aún hoy, cuando ese mismo foro ha perdido casi todo vestigio de debate constructivo e intercambio en buenos términos, sigo acudiendo a él como parándome ante la vidriera de una Tiffany’s de sociedad contemporánea.

Esta mañana leía un artículo en otro medio. Al pie del mismo, otros lectores participaban vía Facebook. Decir que repasar muchas de esas entradas horroriza, es poco. Las expresiones de violencia, de discriminación y desprecio por la diferencia, de anulación hacia el que piensa distinto, de odio casi en estado puro, son de uso común.
Demás está decir que esta situación no queda tan lejos del diario digital de cualquier ciudad.
Días atrás me encontré una nota de opinión con una línea al pie que decía: “foro cerrado a comentarios a pedido del autor”. Tal vez algunos ya comienzan a entender.
En los últimos años, los multimedios han sido astutos en permitir o frenar esta marea de participación como forma de editorializar y bajar líneas que costarían demasiado a través de un artículo o entrevista formales, avalados por la empresa. Para ello, ha sido todo un hallazgo encontrarle una utilidad más allá de la política a la expresión "Vox populi, vox Dei" y las manos limpias entonces garantizan que ciertas ventanillas continuarán habilitadas, acaso con una mayor recompensa.

Desde hace tiempo creo que el periodismo argentino se debe su 2001, que lo plante frente a sí mismo y lo obligue a revisiones éticas, autocríticas y reflexiones. 
No solo un sector del periodismo, el cual variaría según la tribuna habitada. El periodismo como oficio, el medio de comunicación como instrumento, la empresa periodística como capital y como servicio público, y los periodistas como engranajes de todo: el oficio, el medio, la empresa.

La libertad de expresión no solo es un derecho: es una responsabilidad.
En su amplia mayoría los medios argentinos aún no lo comprenden aunque lo usan a su favor, aduciendo fines superiores con inocencia eterna. La mugre provendrá entonces de las expresiones de una sociedad que no necesita más que campos abiertos y una planificada ausencia de moros en la costa para hundirse en sus grietas. De ellas, sin dudas, no serán los medios los que la saquen.

La libertad de prensa no es solo un derecho: es un deber.
¿Cuántos son realmente los que pueden enarbolar esta bandera? ¿Cuántos aquellos que se paran en el ejercicio de una “prensa libre, pluralista e independiente” y la reconocen como “un componente esencial de toda sociedad democrática”, pero de veras, de veritas y no según los deje el recorrido cerca de sus cuentas?

En nuestro país existe la libertad. La de expresión y la de prensa. Y también, a la par, domina el libertinaje.

“Los periodistas nunca debieran ser confundidos con los medios que los contienen”, reza una postura por ahí. La creo. Pero también creo que ningún periodista debiera tener que trabajar en un medio que no respeta los principios éticos de su profesión y violenta sus derechos fundamentales. 
También creo que muchos medios que se arrogan denunciar atentados a la libertad de prensa hacen un uso indecente de esa advocación.

Veo la aparición de blogs, perfiles de redes sociales, radios comunitarias y sitios nuevos como una resistencia a ese “alineate o andate”, y eso también me gusta. Resta por ver si esas formas surgentes no tienen la misma cara detrás de otro maquillaje. Ahora como entonces, supongo que habrá de todo y estará en nosotros –usuarios, beneficiarios y partícipes de esas libertades de prensa y expresión- hacer la diferencia.


Casi 15 años después del primer paso sigo siendo una creyente del periodismo digital. Con toda su marcha de resistencia al hombro y sus nuevas formas de llegar y reencontrarnos en otros foros: en los comentarios, en los compartir, en los me gusta y en los faveos, en las menciones y las respuestas, e incluso en los bloqueos y otras formas de trazar líneas.

Sigo confiando en que, si leemos suficiente de todo lo que podamos, tendremos una escena más completa, seremos mejores ciudadanos, y educaremos para sostener y fortalecer esa diversidad.

Sigo creyendo que el periodismo es un oficio noble, le pese a quien le pese, y digitalizarlo ha sido otorgarle un salvoconducto de sí mismo aunque durante mucho tiempo haya sido a su pesar.

Tal vez sea a ese periodismo refugiado al que le toque una nueva forma de contar. 



4.2.13

Luchar por Chubut


Las elecciones legislativas de este año tienen para Chubut un condimento aún más interesante que la traición: las postrimerías del rencor.
A los que estén por apuntar que eso es territorio femenino, puedo concederles que la venganza lo es, pero el rencor es charco donde son los hombres quienes se enlodan con paciencia y deleite.
En este barro los nombres son más que conocidos. Protagonizaron el circo romano del 2011, algunos en todo su esplendor desde la arena y otros silbando bajito desde las gradas.
Martín y Carlos. Norberto y Néstor. Gustavo y Javier, tal vez.
Sur y Norte. Norte y Sur. Debate fútil pero actual.
Y Mario, claro, el omnipresente Mario.


“No quiero que nos convirtamos en una provincia llena de miedo, crimen y violencia”, decía quien casi dos años después de disputar la gobernación hasta en complementarias se convertirá en el hombre fuerte del gobierno provincial.

El ingreso de Carlos Eliceche a la gestión de Martín Buzzi, tras un paso más que discreto por su banca de diputado nacional, todavía no ha mostrado la telaraña invisible que justifica la trama.
Más que bienvenido por muchos, hará pie en ese bastión que era dasnevista hasta que se transversalizó en kirchnerista, procuró germinar en buzzista y se entrampó en su propio frasco.

¿Cómo se llega desde un gobierno pensado para la continuidad a una coalición por necesidad?
Es pecado del peronismo en sí, más que de una oposición activa.
Con un radicalismo todavía sin brújula para establecer su propio norte, el buzzismo quedó preso de desventuras, aciertos mal llevados, y tira-y-aflojes de la interna que su paso fundacional originó.
El apoyo comodorense nunca fue ni definitivo ni incondicional y el desprecio de la ortodoxia del poder valletano terminó siendo un collar de ahorque ante la inexperiencia. Tampoco ayudó la impronta dejada por algunos de los funcionarios “made in casa” más visibles, que dio por tierra el esfuerzo de otros que sí estuvieron por sobre el listón que el desafío reclamaba. Pero todo esto ya ha sido señalado, sin considerar a ningún otro actor que tal vez el mackarthysmo influyendo en el delicado equilibrio de ese ecosistema.

Eliceche asume este viernes corriendo riesgos aunque consolidando lo que resulta innegable: ya sea desde el yahuarismo puro, desde las huestes del salismo que nunca desapareció o desde aquel Nuevo Espacio que persiste para mantener algunos tantos en claro, el poder sigue mutando donde vivió siempre.

El análisis podría demostrar que el ingreso del FPV a la gestión buzzista se inició hace muchos meses, pero ninguna incorporación generó en las filas K esta certeza de por fin haber llegado.
Restará ver la reacción del díscolo Sur, que aún no resuelve ni se hace mucho cargo de haber puesto a “uno de los hijos de la ciudad” en Fontana 50 con tan poca proyección planificada, como tampoco de la brecha que cavó en plena campaña K del 2011 al cesar en su apoyo activo al entonces candidato propio.
El rencor por las viejas alianzas –las oficiales y las no tanto- y las aprensiones por los nuevos escenarios son terreno para otro enfoque, aunque algunas voces del yahuarismo ya han dejado entrever que su memoria es más larga que la que ejercen algunos distraídos ad hoc.

“Trabajar por nuestra provincia no significa pelearse: significa hablar, entenderse, planificar”, postulaba Eliceche en el opaco spot de campaña filmado en Puerto Madryn un día gris cualquiera.
Entre la ironía y la coincidencia, no son pocos los dirigentes kirchneristas y no tanto que vienen clamando lo mismo en mesas de cafés desesperanzados hace más que muchos meses. En las últimas semanas, cuando el rumor se convirtió en paso cierto, fue la Intendenta de Rawson la que sacó el descontento a la luz dando la cara.

Si el tándem Eliceche-Ika Martínez funciona, en base al vínculo de amistad y militancia compartida, será también para observar cómo digerirá este bocado el trizado bloque FPV de la Legislatura. ¿Existirá finalmente una sintonía Ejecutivo-Legislativo que no pudo crearse desde diciembre de 2011? Y de ser así, ¿significará esto un nuevo frente abierto con el dueño de casa?


Hay territorios sin embargo donde toda apuesta es póstuma y los márgenes de maniobra son cada día más limitados.
La provincia del miedo, el crimen y la violencia ya está acá.
La vivimos, la sufrimos, la padecemos. Somos testigos de su barranca abajo toda vez que entramos y salimos de nuestras casas con temor, somos víctimas de un delito o destinatarios de la violencia cotidiana.
Todos sabemos que luchar por algo no significa pelearse, y también reconocemos con impotencia que las soluciones urgentes se empantanan por la inacción que -con despreocupación de estudiantina- se permite distraerse de todo, incluso entre semana.

La designación de Eliceche es una más en el esquema de entradas y salidas a los que la actual gestión nos tiene acostumbrados. En sí misma, no es ni buena ni mala. El problema que conlleva tiene que ver con las expectativas puestas en ella.
¿Sería muy errado suponer que todos esperan de Carlos Eliceche un “Gobernador a cargo”?
Las declaraciones en torno a su desembarco bastante se parecen a ese deseo peligroso. La invocación del “volumen político” -la frase “in” del verano- señalaría en esa dirección. Incluso las críticas elevadas desde el dasnevismo, que lo identifican como un virtual “interventor federal”, le asignan a su figura dos pesos implícitos: ser el garante del Modelo Nacional y Popular en la gestión provincial, y tener el apoyo nacional para ejecutar esa garantía puertas adentro de Fontana 50.


Veo de nuevo el video archivado y escucho al locutor decirme: “…porque sabe que luchar por Chubut no significa pelearse”.
La gran pregunta es: ¿sabrá él qué lucha por Chubut llevar adelante y a cuál renunciar a tiempo en beneficio de todos?

Con respuestas inciertas según la agenda imperante, el gran problema de Carlos Eliceche termina siendo el mismo que ha enfrentado Martín Buzzi: cómo hacer y relatar una gestión que lo encuentre junto a su pueblo, lejos de los rencores sostenidos y las memorias recurrentes.

Luchar por Chubut es cuestión de compromiso, el verdadero asunto es ganársela.