29.12.17

Los que venimos marchando

De  los años transcurridos desde que soy una ciudadana con derecho a votar, he marchado mucho.

Mi primera marcha fue contra el terrorismo, por las víctimas del atentado contra la Embajada de Israel. Era 1992. Recién me había mudado a Buenos Aires y vivía a seis cuadras de la calle Arroyo. El día de la bomba, llegué más tarde de lo acostumbrado y no entendía nada mientras pasaba por calles con vidrios rotos y gente que corría hacia el lugar.

Dos años después, sin paraguas que frenara la lluvia casi constante, marché hacia la Plaza del Congreso luego del atentado contra la AMIA. La amiga que habíamos buscado durante horas sin saber dónde estaba, marchaba al lado mío. La tristeza nos traspasaba. Llorábamos como muchos. No había palabras que describieran nada. Sólo dolor. 
Ese día, cerca de donde estábamos paradas en silencio, un grupo intentó agredir a un político. Siempre recuerdo las palabras que decíamos y escuchábamos a nuestro alrededor: “no, no vinimos a eso; no entendieron nada”.

En mi ciudad natal, marché con sus docentes y empleados municipales en lucha, con familias que pedían una terapia intensiva pediátrica, o reclamando el mantenimiento de subsidios patagónicos… Caminé hacia piquetes infranqueables y me senté en otros para saber y contar. Pasé viento y frío de noche en una ocupación ilegal de tierras, y en charlas improvisadas con trabajadores en huelga. 

En diferentes ciudades, fui parte de plazas y de columnas. Canté, grité, aplaudí. 
Me paré al lado de luchas lejanas muchas veces. 
En mis años de periodista relaté sus historias, escuché sus voces. En los que no, busqué llegar a ellas y ser un canal.

Hace unos días, todos vimos cómo se rompen esas marchas. No es nada nuevo ni que no hayamos visto antes. Es una práctica que se reitera y se avala por impunidad y conveniencia.
También es un accionar que algunos miramos con preocupación y hastío: la legitimación de la violencia como expresión, tanto del reclamo como del operativo represor. 

Porque estoy en contra, te apedreo. Porque corrés, te disparo. Porque tenés insignia o carnet de algo, te imponés. Porque te conviene, hacés un show sin conciencia. Porque te sirve, dejás que pase y se repita.

Amigos, conocidos, compañeros de militancias sufrieron las corridas, los gases y el miedo. No estaban haciendo más que lo que habían elegido: unos trabajando, otros manifestando una oposición. Nada más. Pero los órdenes se violentan con un fin: el de los que agitan infiernos por conveniencia y encuentran en cada fila a sus colaboradores, por elección o por obediencia. Y esa violencia cuidadosamente construida se cobra víctimas sin importar lados.
En otro capítulo del libro ya leído, cuando la Justicia llega a la escena es tarde. Más de muchas veces, la impunidad ampara a los agitadores y represores por igual, liberados para ejercer su rol en el siguiente caos de vidas y lugares mutilados.

Nada cambiará si no repudiamos toda violencia. Justificar unas porque peores son otras es una trampa. Una en la que estamos cayendo, polarizados y atizados por la política reactiva que sabe muy bien qué gana mientras todos perdemos nuestro derecho a manifestarnos.

Los que venimos marchando tal vez sigamos sumando pasos en otros lugares, en otras plazas, desde diferentes retaguardias. Quizás cambiando de a poco pequeñas realidades, susurrándoles a las conciencias que hay un tiempo que nos pertenece y le debemos un mejor esfuerzo. Tal vez participando en cada espacio que se abre, aunque la esperanza del logro quede mermada por lo que se cede.

Creo en el poder de los que venimos marchando. 
Creo en lo que logramos cuando la conciencia de un ciudadano en democracia se hace acción, y participa y vota en consecuencia.
Porque el mundo se nos entrega cada día más para vivir sus transformaciones, cualquiera sea nuestra ideología o pertenencia partidaria. Somos miles de miles. Somos los que esperamos desde siempre. 
Si los violentos propios y ajenos nos ganan, les habremos cedido mucho más que una calle: será de ellos todo ese grito que les recuerda a nuestros representantes que todavía tenemos una voz y un espacio público que son nuestros por derecho. 

17.1.17

El mejor de los nuestros

A veces me escucho decretos que no estoy tan segura que debieran tener vigencia.
“Todo pasa por alguna razón”. “Es lo que es”. Y ahí, en el lote de los últimos meses, se acomoda un clásico por reiteración: “el mejor de los nuestros”.
La última vez que lo pronuncié asociado al mismo personaje político de siempre, pensé si realmente lo era. Si a todas luces neutrales era el mejor de los nuestros. Tal vez sí, y su entorno no. Quizás ser el mejor no importe tanto, después de todo.

Señalar a los nuestros como generación y como pertenencia, como parte de una camada de supuestos cuadros bisagra que no terminan de encontrar la pared ideal para amurarse, es un ejercicio de identidad contemporánea casi no abordado.
Los nuestros como contraste de los que nos antecedieron e incluso de los que nos siguen desde las generaciones posteriores. Los nuestros como construcción colectiva de aquellos que se superaron en función de logros precedentes, pero no a sí mismos en las visiones heredadas.

Repaso las nuevas caras en la galería, algunos de las cuales he perfilado para terceros en los últimos meses. A esos no los conozco en una base constante y ni siquiera personal, pero sus historiales tienen la marca que requieren los nuevos tiempos públicos. Recorrer su galería de gestión pública y política fascina y desconcierta. De lectura intrincada, despiertan curiosidad en 360°, impactan en la emoción electoral, y hasta hay alguno que genera esa empatía militante que muchos ambicionan y fallan en recrear. 
“Qué me podés decir de…” y empieza el juego. Que no lo es tanto, porque sobre eso se trazan decisiones, pero sí es banal porque… ¿quién pudiera perfilar con certitud a un referente en la política cambiante de este siglo? Llaman la atención de los observadores del poder, pero sus perfiles son la minoría del paisaje.

En estos días comienzan a aparecer los proyectos de los próximos mejores de los nuestros. A la luz de las listas incipientes, ya la frase es más un mantra que un convencimiento real.
Pocas veces en los últimos años se ha agitado tanto el caldo generacional de la política chubutense. Cada nombre que sale a girar en su rueda de la fortuna recibe el coro de Moiras dispuesto a tejerle destinos fatales. Amigo de uno, ahijado político de otro, heredero natural de aquel. No es habitual que ese coro hable de condiciones propias ni merecimientos, aunque existan las excepciones. Mucho menos aún que el nombre del entramado sea el de una mujer, claras perdedoras del trasvasamiento generacional imperante. Cada vez, y una vez más.

Del “vamos que vamos” a las UTE políticas, de los apellidos históricos a los que siempre quisieron en eternos intentos al margen. Con posicionadores profesionales dispuestos a comprarles la primavera sin disonancias y con fórmulas anacrónicas; con currículums construidos con cuidado para florear trayectorias que tal vez ni siquiera pesen al final. Con traspaso de cuentas por saldar de décadas de facturas políticas acumuladas, con el quebranto del que nada tiene para arriesgar y por eso juega. 
Así surgen y apuestan a veces sordos a los señalamientos, escuchas de las sirenas cantoras; amantes del empoderamiento casual a la vez que testigos del poder que nunca es efímero sino trashumante. Así la vieja política aún determina lo nuevo, moldeándolo en legado de formas y visiones que sólo queda esperar sea resistido en la medida necesaria para consolidarse con esa experiencia pero sin recrear las limitaciones.

Aunque ninguno sea realmente el que esperábamos, avanzan los nuevos patrocinados en medio de la sucesión política más importante que haya visto Chubut desde el ciclo radical de Carlos Maestro. 

La más vertiginosa. La más peronista sin serlo en los sellos. 
La única que importará de aquí al 2019, y diseñará la clase política provincial de la próxima década.