15.5.08

Despabílate, amor

Medianoche. En una calle perdida de un barrio marginal un taxista pierde la recaudación del día a manos de un pibe de 14 que quizás nunca aprenderá que robar no está bien. Con esos pocos pesos, se le van también la “sensación” de seguridad, las ganas de seguir laburando, el ánimo para pelearle a la vida un poco de dignidad. El crimen paga. El trabajo no.

Seis de la mañana. Una chica sale de su casa para tomar el colectivo. Vive en los kilómetros. Es la época del año en que todavía es noche a esa hora. La parada le queda cruzando un terreno baldío grande como dos canchas de fútbol. La iluminación no venía incluida con el plan de viviendas estatal. A mitad de camino, la cruza una camioneta de transporte de personal de una empresa petrolera. Lejos de sentirse protegida por la presencia, se siente amenazada. Los gritos de los hombres distan mucho de ser protectores. Se pregunta si tiene que soportar eso, mientras baja la mirada y camina lo más rápido que puede.

Once de la mañana. En pleno centro comercial, dos tipos asaltan una de las tiendas más tradicionales. Gritos, armas, forcejeos, sólo quieren la plata. Se escapan entre la gente que puebla la calle más transitada, en hora pico. Agarran a uno. A las pocas horas está de nuevo en la calle. Es menor de edad y sus padres lo fueron a buscar a la comisaría. Más tarde volverá a pasar por esa tienda, sólo para que lo vean. Y comprendan, claro.

Dos de la tarde. Una casa residencial en un barrio otrora tranquilo. Alguien toca el timbre y la señora que trabaja en la casa abre la puerta. Dos tipos, uno menor de edad, forcejean con ella para entrar. Les gana la pulseada y cierra la puerta. En menos de una hora, los negocios del mismo barrio empiezan a cerrar con llave, midiendo la cara del potencial cliente antes de abrirle. Ya no vale la pena arriesgarse por una venta.

Seis de la tarde. El tránsito hacia el centro de la ciudad es un caos. Los conductores no miden distancias ni velocidades, pasan semáforos en rojo, en un cálculo mortal por llegar dos minutos antes a destino. No importa si en los otros autos hay personas. Sólo importa llegar ya.

Diez de la noche. Un grupo de chicos rodean una casa. Ninguno tiene más de 15 años. Adentro, una mujer embarazada y su hijo de tres años. Uno toma una piedra y la arroja al techo. Los otros lo imitan. El ruido es terrible, el miedo paraliza. Ella piensa rápido y elimina la opción de llamar a la policía. Nunca van a llegar a tiempo. La seccional que le corresponde a su área tiene dos oficiales y ningún patrullero, tienen que caminar hasta el barrio o tomarse el colectivo que pasa cada media hora. Se encierra en su habitación, llama a su marido y espera que todo pase rápido. Se explica a sí misma que esto pasa porque en el mismo lugar recibieron casas algunas de las personas más conocidas del delito local. Es claro.


Tres de la madrugada. Un remisero sufre un nuevo intento de asalto. Le ponen un revólver en la nuca. Se llevan lo poco hecho en su turno. Son chicos. Quizás los mismos que asaltaron a su compañero la noche anterior. Nada cambia.

Otro día amanece. Todos los accesos a la ciudad están cortados. Los yacimientos se quedan vacíos, su gente detrás de los retenes. Son pocos los que pueden llegar a sus lugares de trabajo. La situación se extiende por horas, hasta llegar al otro día.
En medio de todo, las voces de políticos con cargo, jueces y fiscales preguntándose cómo y por qué. El coro de voces comunes trinando, alegando libertad y derechos que empiezan y terminan en una línea común.
Y los retenes siguen.
Los análisis que comiezan a cercar la acción en sólo un sector disconforme se multiplican.
El reclamo se mantiene.
Casi al borde de la orden judicial para liberar las rutas, se promete una vez más desde el gobierno destacar más personal policial en la ciudad.
La presión cede y se llega a un acuerdo casi inexplicable por lo ingenuo.
La ciudad vuelve a fluir sin darse cuenta.
Fue sólo un mal sueño.
Fue sólo un reclamo de un sector.
Los otros vivimos en un mundo aparte. Tan aparte, que ni nos enteramos.

Ahora podemos llegar donde queremos, sin que nadie nos retenga en las rutas.
Ahora podemos llegar al negocio donde seguirán robándonos, a la casa que nos seguirán apedreando, al recorrido donde nos seguirán robando la recaudación y rompiendo los vidrios, al lugar donde no podremos abrirle la puerta a nadie, a los baldíos oscuros e inseguros, a las seccionales sin patrulleros, al juzgado donde la letra de la ley no ayuda, al cargo público donde no terminamos de decidir algunas cosas, a las rutas con bravucones al volante, a la calle céntrica donde se pavonean los menores con antecedentes, a vivir en una época donde el valor del trabajo se ha perdido y sólo gana el que encuentra la vía fácil.

“Despabílate, amor… Que el horror amanece”.



/Gracias a la lectora que me recordó la película de Eliseo Subiela, que toma su nombre de un poema de Mario Benedetti. Los caminos de este mundo virtual son fascinantes…/

4.5.08

Elefantes y tortugas

Un hombre pasea por un camino y de repente ve una tortuga en la cima de un poste.
Le pregunta al primero que se le cruza: ¿qué hace esa tortuga arriba del poste?
El otro le contesta: no sabemos qué hace ahí arriba, pero en dos cosas hemos logrado ponernos de acuerdo –que alguien la puso ahí y que no podemos hacer nada más que ayudarla a bajar.

Este texto, palabras más o menos, llegó a mi correo electrónico apenas unas semanas después de la asunción de las nuevas autoridades electas en todo el país. Para nuestro pequeño enano fascista argentino, ya era necesario –casi urgente- bajar a alguien.
No es una modalidad extraña, ya que en los últimos años he visto desfilar frente a mis ojos –cada vez más desesperanzados, lo confieso- los mismos dos o tres chistes con los nombres de los presidentes/gobernadores/intendentes de turno. Es parte del folklore político nacional, lo sé. Pero como todo gesto mínimo, importa toda una dimensión de significados ocultos.

Pasados los meses, recuerdo esas líneas mientras asisto como testigo al circo mediático en torno del último mega-conflicto que las autoridades ejecutivas nacionales han tenido a mal crear.
Muchas son las voces que se suman a los coros en disputa. Muchas las figuras que abandonan los que parecían retiros permanentes para decir lo suyo.
Entre imágenes y voces, no escapa a mi mirada una realidad que se ha ido construyendo a sí misma desde el furor de la vidriera menemista: la nueva estrategia política argentina sólo deja en la primera línea a las tortugas.
Los elefantes se han retirado a ese lugar donde otrora morían pero ahora usan como cuartel para otro tipo de vigencia, que lejos de eliminarlos del tablero, los fortalece como jugadores clave.

Durante el conflicto agrario, la voz determinante desde la línea oficial ha sido la del ex Presidente de la Nación y no la de la actual persona en el cargo. La voz opositora quiso ser la de Elisa Carrió pero se vió casi opacada por sorpresa con la aparición de la voz de otro ex Presidente, Eduardo Duhalde.
Desde las gobernaciones, todos fueron haciendo un prolijo mutis por el foro y, los que no, quedaron como ecos enclenques que no se podía distinguir a qué foro en realidad pertenecían.
Los intendentes pasaron casi desapercibidos, pese a tener sus mismas ciudades en movilización.

Así, la cadena de representación institucional se rompió de una manera contundente. Si bien han sido muchos los que han advertido sobre esto, el espejo ha mostrado la alineación y alienación más terribles en estos días. La pregunta que surge es: ¿a quién acude el ciudadano en reclamo de sus derechos en este esquema?

En cuanto al tablero opositor, el ruedo chubutense nos da una exacta muestra del desmadre que existe entre los partidos otrora considerados tradicionales.
El tratamiento que la UCR Chubut ha dado a la figura de Pedro Peralta, uno de los referentes partidarios más validados por el voto ciudadano y gestión ejecutiva, ha sido vergonzoso y ha permitido el nuevo pase de manos del poder partidario entre referentes eternamente cuestionados. El auto-golpe con invocación de letra estutaria ha venido del mismo partido que, hasta hace un año atrás, proclamaba la renovación tan esperada o al menos la unión en desmedro de los internismos.
El PACH se ha desdibujado hasta confundirse con el justicialismo marca DN y, aunque bien supo alumbrar algún que otro buen referente, no supo qué hacer con él.
El ARI corre ya el riesgo real de convertirse en parte definitiva de la maraña de partidos o movimientos pequeños que se pierden en el ovillo discursivo y cuyos medios económicos los dejan fuera de cualquier juego.
Y la reciente alternativa del PROVECH no logra todavía despegarse la etiqueta, si acaso quisiera hacerlo, de ser un partido de filo oficialista.
El vacío de la vereda de enfrente –y hasta de los saludables y equilibrantes centros- hace de esta democracia una balanza de un solo brazo. Si acaso fuera un brazo central, quizás hasta resistiría un análisis. Pero ha resultado ser un brazo péndulo que, en su loco vaivén atado a los golpes de timón que pergenian los elefantes, amenaza con arrasar con todo a su paso.

Desde la quinta, el campo sureño, el retiro, el hotel de lujo, los elefantes gozan del privilegio de la no mirada pública. Se comunican a través de voceros elegidos para adelantar sus jugadas, tantear el terreno o poner los señuelos. Como no ocupan cargos públicos por sí mismos, no deben rendir cuenta de su accionar a nadie, aunque para los que sí los ocupan la práctica sea arcaica. Tienen líneas, movimientos, agrupaciones que les responden. Mientras el resto de los animales tratamos de sobrevivir en la selva, ellos miran desde el peñasco más alto lo que les prometen los próximos diez o veinte años.

En el mundo, los elefantes son las corporaciones y muchos de los “hombres de poder”, apenas siervos a buen sueldo.
En Argentina, el reino de lo posible, los hombres otrora públicos han logrado la combinación perfecta: son socios del dinero.

En suma, en el ring del poder, siempre serán los milenarios elefantes los que terminen definiendo las jugadas. Pulgar arriba para los bendecidos, pulgar abajo para los odiados y apenas un gesto de indiferencia de reojo para quienes han sido señalados para el olvido. Cada tanto, cruzarán los colmillos por algún territorio, pero sin engañarse: la idea nunca será eliminar al otro en esa pelea.

Mientras tanto, las tortugas sufren arriba de sus postes un escarnio público que no cesa en esfuerzo ni desinteligencias, disfrazado de análisis concienzudo y neutral. Son tortugas que hacen historia, sin embargo. Los más jóvenes, las nuevas promesas, las chicas con género por expandir. Triste destino para lo que muchos creíamos visualizar como la renovación, el cambio institucional y político.
Varias esperan otros postes para dormitar, o acaso la mano gentil que las descienda hasta un terruño querido para hibernar. Alguna con sueños de grandeza quizás hasta vea como posible un futuro de elefante.
¿Quién sabe? Los milagros existen.