21.5.12

Nuevas fronteras


“Ni todo lo que anda errante está perdido”
Tolkien



Cualquiera que me conoce sabe que soy absolutamente capaz de extraviarme y vagar sin rumbo en un pueblo de seis calles, con el mismo talento innato que me evita seguir un mapa o salir del subte en la dirección correcta.
Es así. No importa qué tan grande o chica sea una ciudad, lo más probable es que en mis primeras exploraciones me pierda sin remedio.
Si me quedo lo suficiente en terreno, identifico aquel edificio, ese lugar, el árbol antiquísimo, la plaza bonita y de ahí parte mi métrica. Si estoy solo de paso, será una experiencia que disfrute ya sin ego herido mientras espero recordar al menos el nombre de la ciudad.
Esto me ocurrió hace unos años en Barcelona. Hacía frío, el cielo estaba constantemente gris y solo tenía unas pocas horas. Muy prolija, había señalado un par de lugares en –claro- un mapa, como si realmente fuera a poder interpretarlo una vez en marcha. De fe inquebrantable, me acusarían algunos.
Era poco después de mediodía y ya llevaba dos vueltas enteras que me devolvían siempre a la misma calle angosta del Barri Gòtic.
Sentada en una pared baja y a punto de abandonar la cruzada de llegar a las puertas de la Catedral de Barcelona, empecé a escuchar muy bajito y a lo lejos una voz. Era suave, dulce, apenas audible… y así y todo tenía el encanto que me llevó a ponerme de pie y seguirla.
Con cada paso, se hacía más clara y más hipnotizante. El objetivo ya no era la Catedral perfecta, sino conocer la fuente de aquel canto.


Más cerca en el tiempo y en Argentina, hace ya varios meses me adentré -al principio como “turista” y luego generando conocimiento y experiencia- en el terreno de Gobierno Abierto.
Como ocurre con todo nuevo métier, lleva un tiempo conocerse y desarrollarle un código propio a ese aprendizaje.
Entendí su técnica y también hice migas con su esencia, profundamente democrática y real. Me permití perderme en su visión de futuros mejores, construidos entre gobernantes y gobernados. Me ganó su aire de co-creación constante. Leí todo cuanto tuve a mano, escuché horas de conferencias, repasé casos pioneros en el país y el mundo.
En medio de esas exploraciones, más de una vez me senté en algún paredón a repasar rumbos, a buscar alternativas, a tomar aire y pensarlo todo diferente.

Hoy, después de haber perdido un par de vueltas, escribo desde uno de esos descansos: en mi camino hacia una implementación exitosa de Gobierno Abierto estoy todavía dando vueltas en el Barri Gòtic, aunque la voz que sigo es más fuerte que aquella de entonces.


“Con una mano en el corazón, Sandra, ¿realmente creés que eso va a prosperar, que algún día lo van a aplicar?”, me preguntó alguien mientras me miraba con escepticismo y piedad, harto de escucharme parlotear sobre mi proyecto para su ciudad.

En ese momento, llevaba meses en la teoría y un par en la práctica y, aunque parecía que podía avanzar, la ebullición interna gubernamental siempre estaba agazapada dispuesta a llevarse todo puesto.
Fue el primer paso. Un Intendente corajudo, el aval justo en el momento indicado, las ganas puestas al servicio de una gestión pública diferente. La política interna no lo entendió. Hoy sobrevive en una estructura que quién sabe con certeza en qué arenas estará batallando.

Mejor suerte hubo en el segundo intento, aunque resultara igual de fallido.
La patriada fue para una provincia y el del coraje un Subsecretario. El equipo de armado del pre-proyecto entendió de primera el sentido del camino, aunque luego un infaltable dueño del palito impedidor ejerció su control sobre la rueda.

El inicio del viaje fue desde un mejor lugar, con muchas lecciones aprendidas y con un objetivo más ambicioso aunque no por eso irreal.
Los errores alimentaron nuevas formas de plantear y hacer, mails de ida y vuelta, horas de teléfono, escribir y pensar la implementación en otras dimensiones. En el plan final, de concretarse con éxito, esa provincia sería un "es posible" importante.
En definitiva, como reza la frase de Beckett, esta vez fracasamos mejor.

A la tercera dice el saber popular que va la vencida, ¿será así realmente?
¿O tal vez la experiencia dice que esa instancia debiera esperar unos años? No tengo en claro una respuesta por sí o por no.

En el país más movilizado colectivamente que recuerde desde mi generación, con un sentido hacedor y democrático recorriendo el espinel de ciudadanos y no-ciudadanos, en sus ámbitos de pertenencia o por sí mismos, ¿todavía hay funcionarios que construyen ajenos y ensimismados en sus esquemas sesgados?
Sí, todavía sí. Aunque hay otros que huelen el cambio en el aire.

Por primera vez desde 1983, nuestra democracia crece más desde la base que desde la estructura formal, y será esto lo que imprima en un futuro cercano su sello en el ejercicio de la política, pública y partidaria.

En ese camino, Gobierno Abierto es una nueva justicia social que avanza sin nombres propios, en el mundo, en América Latina y en Argentina también.
Ejercida desde su profundo sentido y no desde la vidriera, es garantía de equidad e inclusión, de desarrollo y progreso, de políticas públicas con conciencia de su tiempo.

Ayer leía en mi Twitter algunos conceptos que vertía un diputado provincial sobre lo que consideraba debía ser el rol de una Legislatura.
“El Poder Legislativo puede trabajar en tiempo real”. "Prefiero que estos proyectos mueran de cara a la gente en la arena del recinto y no que mueran de inanición en comisiones”.

“Legislaturas Abiertas” las llaman y viven en otros lugares no muy lejanos.
Poderes legislativos con sus miembros trabajando en sinergia con los ciudadanos que representan, con leyes creadas y debatidas con quienes deberán cumplirlas, con un lenguaje claro, accesible, transparente.
Son legislaturas que responden a los tiempos en los que viven sus pueblos y los sientan en una banca “virtual” y nunca tan real.
¿Cuántos diputados podrían afrontar el reto? ¿Cuántos podrían “abrir” su votación y su postura ante cada tema debatido?
Aún más: ¿cuánta interacción y beneficio social representaría una “Justicia Abierta”?
Porque en Gobierno Abierto no hay más claustros.

Es claro que no se trata solo de modernizar la función pública, de capacitar al personal con estándares gerenciales, de establecer metas internas de gestión. Este desafío va mucho más allá del mero Gobierno Electrónico, de los funcionarios 2.0 y la digitalización de procesos administrativos.
Se trata del último avance de la democracia, de una participación abierta en todos los frentes, de un acceso a las entrañas del gobierno para que se nos parezca todavía mucho más.

“El pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes”, marca nuestra Constitución. Quizás sea tiempo de incorporar un “junto a sus representantes”.
Fue la idea subyacente en la cumbre de la Alianza Internacional para Gobierno Abierto en Brasilia: “un gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo y CON el pueblo”.
Esa es una reforma que valdría la pena intentar.

En estos días en los que muchos de los libros que seguíamos comienzan a tener letras que ya es anacrónico mantener y sostener.
En estos tiempos difíciles y con recetas totalmente agotadas, clamando por una seguridad sustentable, un nuevo paradigma educativo, reformas profundas en la gestión de salud.
Todo lo que podían aportar los funcionarios se les ha ido entre los dedos y son los foros que eligen los ciudadanos los que marcan un compás de gestión pública que muchos de los primeros no han siquiera registrado.


Allá por Barcelona, después de un rato de andar a tientas, llegué al origen de ese canto. Era una señora muy pequeña, casi frágil, con voz de soprano e inspiración elevadora. La escuché emocionada durante un rato eterno. Cuando se detuvo, le agradecí su arte y me tendió una tarjeta. Se llamaba Pilar Rodríguez y mucho tiempo después supe que era reconocida en ese escenario.
¿La Catedral? Ahí estaba, apenas a unos pasos, y de alguna manera llegar a ella ya no importaba. 


Desde este rellano en el que decido mi tercera avanzada, recuerdo aquella pregunta descreída del primer paso e invoco la voz de Pilar.

Quizás porque todos necesitamos confiar en esas voces que guían cuando los laberintos no muestran un arriba para salir.

Porque el tiempo de un gobierno de élites, con sus lenguajes difíciles y accesos limitados, que no guía ni se deja guiar, está agotándose.

Porque en la gestión pública así como en la vida, cuando ya no sirven los caminos conocidos, necesitamos inspiración, conocimiento y fe para avanzar en las búsquedas, y pasión puesta en trabajo para expandirnos hacia nuevas fronteras. Con todos y con todas.


11.5.12

Mandatos cumplidos


El mes de abril me lo robaron completo. O mejor dicho, me lo auto-robé para volver a ser aprendiz de libros y ruedas de pensamiento. Leyendo, rumiando, foreando, escribiendo prácticos.

En parte, porque había un desafío personal pendiente de volver a esos lugares; también porque me tentaron con dos cursos-taller en simultáneo a la flamante cursada universitaria; y en el fondo, porque se me hacía más que necesario despabilar a las neuronas, cada día más enamoradas de jugar a las estatuas.

En ese camino de regreso, pasé por mucho foro y participé como actor y observador de esos relatos. Historias que contienen en su mayoría esa extraña mezcla entre el hastío, la esperanza y la movilización.
En un punto, me encontré pensando en cuál es el mapa válido que se sigue cuando todos los mandatos están cumplidos.

En algunos terrenos creo que todavía avanzamos apenas mirándonos los pies para no tropezar demasiado.
Cada vez que atiendo el teléfono o reviso los mails, hay alguien del otro lado dispuesto a compartir su relato sobre el tablero político que tiene a mano.
Que pasa esto o aquello, que aquel se queda o se va, que hizo algo o nada, que influye más o menos... la lista de interpretaciones y conjeturas es interminable.
Pero lo que más escucho, y en lo que más coincido, es en lo extraviados que parecen todos sobre lo que los espera apenas un poco más allá.

Es como si este frenesí de contar todo al instante, apenas digerido como para que pase a otro y otro y otro más sin demoras, dejara al margen el pensar en el párrafo siguiente, en el paso a continuación, en la inevitable consecuencia.

Hace unos pocos días escuché a un Gobernador lamentar que se escribía muy poco. Pasó desapercibido y hasta no pareciera ajustarse a lo que diría alguien en su función, al menos hoy en nuestro país. Se entiende porque se le conoce el trazo de otras épocas, pero en la actualidad suena casi anacrónico.

Se refería a la falta de publicación de pensamiento y conocimiento, de avance, de teoría académica puesta afuera, y el inevitable enlace de todo ello con el desarrollo.

Fue casi inmediato el ejercicio de repasar la lista de los dirigentes políticos que podrían abordar con éxito ese paso. En los ámbitos académicos, solo los economistas y algún que otro abogado aportan pluma y contenido.
Siguió la todavía más reducida nómina de los periodistas que firman sus columnas con sus nombres reales en medios gráficos y digitales de la misma región. Ampliando el espectro, de los que todavía hacen radio invitando a reflexionar con su propia voz no condicionada.

Hemos dejado de poner afuera lo permanente para quedarnos con lo efímero, con lo que pasa y se olvida en dos minutos. Hemos dejado de pensar el desarrollo como un desafío con historia, presente y futuro. Hemos cedido al encanto del escándalo vedettongo, sacrificando el verdadero debate. Hemos dejado de rumiar para tragarnos cualquier sapo sin pensarlo demasiado.

Cabe preguntarse entonces, cuando todo pasa por el instante fugaz, ¿cómo llegamos a ese salto de desarrollo para hacerlo consistente, progresivo, y no solo fortuito? ¿Cómo nos comprometemos con los otros, los de ahora y los que vendrán?
El conocimiento compartido, el pensamiento colectivo, es una quimera con muy pocos Quijotes visibles en nuestra región.

Vuelvo a los foros de mis tres desafíos y leo las últimas intervenciones.
En uno, personas haciendo –y aprendiendo- el ejercicio de cómo transformar el Estado con colaboración, participación y transparencia, para una nueva justicia social.
En otro, militantes –por definición, personas que creen y trabajan en pos de eso- que debaten sobre las realidades de sus unidades básicas, de sus dirigentes, de los nuevos espacios de militancia que los liberan de algunos mandatos que no terminan de cumplirse.
En el último, seres con nombre y apellido y de esfuerzo anónimo que cuentan cómo día a día intentan transformar su pedacito de sector público, con una visión que los lleve más allá del capricho político-partidario y los “esto no se puede” sin razón.

Detrás de todos ellos hay un tambor que suena marcando el paso.
Es un latido que subyace en los repasos de tweets, en las pasadas por Facebook, en las mesas de café, en las llamadas, en los correos.
Es un ruidito de fondo que suena a mandatos cumplidos: ya hicimos todo como se esperaba, ¿ahora qué?

En este tiempo, todo lo que se esperaba de nosotros está ahí, afuera, en progreso, evolucionando, transformándose y transformando. Y también, no está.
Está la frustración porque pocos hacen lo que otros quieren o se hace en demasía, porque no funciona, por el mal discurso, el relato que no encastra, por el paso cambiado sobre la marcha.

¿Qué mandato nos quedará pendiente para zafar finalmente de todos y avanzar a otra etapa, con nombre más propio y pensada desde nuestro lugar?

Cuando ya fuimos y no fuimos todo lo que nos imaginábamos, lo que esperaban de nosotros, lo que los otros nos impusieron, lo que elegimos ser y hacer.
Cuando ya nos bajaron o nos patearon de los destinos de gloria, perdimos o dejamos pasar los trenes del oportunismo, nos callamos hasta el ovillo o gritamos con las tripas.
Cuando saludamos desde el carro de la victoria, no nos salió mal ni una, y dijimos lo que queríamos, como y cuándo queríamos decirlo.
Cuando el escritorio ya no nos condiciona, el aula no nos pesa y la burocracia no nos hunde.
Cuando ya dejamos de lado el censo de fallutos y traidores. Cuando ya no hay mucho más para hacer con el barro.
Cuando está acomodada la mesa de los leales, los amigos en la cancha y los afectos en su lugar. Cuando todo barro esconde oro.
Cuando ya cumplimos e incumplimos todas las profecías…

Quizás pase que podamos cansarnos con fundamentos y sin tribunas de odio, patear tableros y –real y profundamente- cambiar.
Tal vez entonces elijamos sentarnos y poner el relato afuera, desandado y escrito con todas las letras, para que el aprendizaje sea de todos.

Quizás nos sentiremos libres de ser, hacer, decir y escribir lo que pensamos, incluso si es poco y nos parece nada.
Incluso para equivocarnos.
Incluso si es para repensar todos los mapas, abjurarlos y volver a empezar.