4.4.14

Los diez papelitos

Pasan los meses y cada vez se me da menos el antojo de escribir.
Hace unos días encontré entre los favs de mi cuenta en Twitter un par de consejos que me daban un periodista y un político de mi provincia para salir del bloqueo.

El periodista -quien será siempre extrañado- me decía que él solía encontrarle la vuelta escribiendo sobre algo que le fuera ajeno, de una forma desconectada, y así fluía para lo que realmente le interesaba.
El político me proponía con simpleza escribir palabras en diez papelitos, tirarlos al aire y ponerle letra a lo que indicara el azar.

Ese mismo día corté las tiritas de papel a ojo. No porque el primer consejo no fuera bueno, sino porque desconectarme se sintió infinitamente más complicado.
Las conté, como la buena alumna que todavía soy en algún rincón de mí misma, y las acomodé adentro de mi agenda para tenerlas a mano cuando surgieran las palabras para cada una.
Cinco meses después, ya en Enero, encontré esos papeles cuando fue el momento de renovar calendarios y compromisos. Seis habían sido escritos, sin que pudiera recordar el cuándo, y cuatro todavía estaban en blanco. Los guardé a todos y esperé quién sabe qué.

La semana pasada me pregunté una vez más sobre cómo escribir desde este hastío que lo traspasa todo. Todo sin dejar nada en pie, desde el convencimiento más fuerte hasta lo que solían ser los motores-pasión que animaban nuevos rumbos.
Cómo inspirarse en lo pasado sin caer en su trampa de dorado intocable. Cómo pensar que no dilapidamos nuestro tiempo asignado y de la peor manera. Cómo ponerle palabras al asco profundo por lo poco que vale el esfuerzo y lo mucho que cotiza la avivada eterna.
Demasiadas preguntas para un rato… demasiados cuestionamientos para los no pecados…

Recordé esos diez papelitos olvidados y los busqué. Me encontré con que, en algún momento, los cuatro que permanecían en blanco habían encontrado un contenido. Los repasé, redescubriendo palabras y frases que llegaron a ellos en este medio año. Sin apartarme de las instrucciones, cerré los ojos, los tiré al aire y elegí uno.

“Antifrágil. Construir en el desorden”

Sonrisa inevitable porque adiviné haberlo escrito mientras estaba sumergida en el libro del mismo nombre, allá por Octubre o Noviembre, intentando encontrar la lógica oculta en la caótica decepción creciente. También, porque pareció un guiño del invocado azar escribir sobre el desorden en estos días de fin de ciclo, tan anunciados que apenas si hay tiempo de vivirlos a conciencia.

Hoy vuelvo a esta columna y me hago trampa. Las tentaciones son momentos para los que ya no pido salvación. Vuelan todos de nuevo y el boomerang marca regreso con el nuevo papelito elegido que dice:

“Fuerza”.

Me dispara otro recuerdo y es el de una columna que escribí hace muchos años para el portal de noticias que entonces administraba. Hablaba de la resiliencia.
La busco y la encuentro perdida en mi pendrive, escrita el Viernes Santo de 2001.
Aquellos días de abril el periodista Alfredo Leuco había leído un mensaje en su habitual espacio de Radio Continental. Hacía referencia a los excluidos, a la pobreza sin esperanza, y a la capacidad de las personas para hacer las cosas bien pese a las condiciones adversas. El aguante, lo llamaba.

Durante estas últimas semanas el aguante ha sido la pieza de resistencia de muchos argentinos.
El ajuste para volver a llegar a fin de mes, la garra para pelear por un pequeño aumento que deje con mejores chances en esa tarea, la creatividad para no resignar lo importante y reasignar importancias, la aceptación para dejar ir lo que parecía posible. Nunca es fácil cuando sube la marea y se pierde pie, aunque más no sea por un rato. A veces, ver luces en el horizonte es para quienes tienen tranquilidad mucho más que en la mirada y en la conciencia.


Pantalla tras pantalla y diario a diario asistimos a los debates blanco-negro más increíbles de los últimos años. En el medio, los que descreemos de los versus extremos intentamos valorar el gesto de quienes se plantan en las delgadas líneas rojas.
El orden se altera y lo construido se proyecta frágil, lo sea o no lo sea. De repente, ya nada es seguro aunque mucho lo pregone y la desesperanza se acomoda entre el bagaje diario.
Es esa fuerza, esa resiliencia, la que no se permite ni nos permite flaquear. Nos dice que hay algo más, que todavía hay acciones que nos empoderan y formas de hacer que llevan escrito nuestro “no pasarán”.

Unos días antes de Navidad, en un alto en una estación de servicio rutera, leía un correo electrónico donde una chica de las que no paran contaba sobre lo difícil de no poder planificar nada y creer que lo mejor ya pasó, sobre la angustia del no disfrute y el agotamiento por no poder parar de pensar. Ayer reviví esa confesión en un círculo de mujeres, mientras escuchaba las voces de mis compañeras hablar de “lo feo que está todo” en una ciudad que ha decidido revolverse en el hartazgo sin superarlo.

Con frecuencia en estos días me encuentro pensando en qué sigue cuando las mujeres –antifrágiles por naturaleza- comenzamos a cuestionarnos las batallas sin cuartel, preguntándonos en voz alta si acaso hay un siguiente Norte y cómo llegar a él protegiendo lo que atesoramos, sean sueños, proyectos, personas o patrias.

Estos son los días en que ninguna duda tiene una respuesta cierta, aunque se hable mucho de todo al mismo tiempo que de nada, y la reflexión sólo es una postura trivial.


Guardo los diez papelitos que me han traído hasta acá, le escribo un “gracias” al Comandante por el consejo, e imagino que tal vez sea el aguante lo que nos eleva más allá de las alarmas, de lo que se derrumba, del desorden y de lo incierto. De lo que no podemos decidir sobre lo que nos pasa y de lo que decidimos sin reconocimiento. De ese páramo donde lo antifrágil encuentra y recupera su fuerza.


Tal vez esa resiliencia sea una camuflada forma de esperanza, sostenida mientras avanzan los “después de todo” que, aunque suenen a condenas, serán pasos que forzosamente nos dejen en otro lugar donde acaso sigamos preguntándonos si existe la victoria, siempre.

2.1.14

Chubut y los otros


“La Patria es el otro” es una de las frases que más me ha gustado escuchar en los últimos tiempos.
Contiene mucho, dice lo que quiere decir, y en lo personal me identifica. La siento cercana: mi patria son los otros y mi compromiso los tiene presentes.

En la Argentina que construimos, muchas veces avanzamos en la vía diaria escuchando y viendo sinnúmero de mensajes que hablan de la patria de los otros, una equivocada y distorsionada según convenga, una que pocas veces es la propia.
Es el eterno “versus”, es la lectura sobre la “persona supuestamente inteligente” que no está donde el analista de turno la esperaba, es la tribunalización de cualquier cosa con bardeo all-in, es el anónimo opinador y el llevador de agua para molinos, es el estigma de castas del ser o no ser del que muchos se han hecho cultores y devotos, es el comunicador mercenario de su oficio…

Pasan los años y como Patria es rara todavía la ocasión en la que nos abocamos a construir en conjunto.
No en conjunto de un sector -lo que sería infinitamente más fácil aunque todavía prueba ser un desafío- sino en conjunto como sociedad, como pueblo, como una coincidencia en los principales destinos del mapa.

Siempre hay un “pero” del que cualquier referente, dirigente, o agitador se vale para agigantar brechas. Desde el argumento fácil, el blanco o negro simplón, hasta el insulto físico o la tergiversación ad hoc. Todo es válido y tal vez lo más preocupante sea que todo es igual de válido.


En un ejercicio que me autoimpongo desde hace años, escucho a todas las voces esté o no de acuerdo. Tal vez los años de periodismo hacen de eso algo inevitable, tal vez no.
Lo cierto es que, superadas las ganas de escuchar solo lo amable al oído, es la única forma en que el tablero completa todos los cuadros para poder ver realmente las jugadas. Así, conocidos dirigentes quedan tocados o hacen agua, posturas que parecen acorazados son solo pequeños barquitos entrampados en una coordenada, y algunas batallas navales por el poder político se quedan en lo que son: un simple reacomodamiento de ocasión o una trampa.
Siempre en esos tableros hay pequeños quienes que avanzan como pueden, con sus acciones a cuesta y sus creencias como banderas. Los barquitos de papel del Nano Serrat, bastante prescindentes de todos los hilos invisibles que invariablemente los atraviesan. Así de nimios también para movilizar agujas de cambios.

En ese tablero también está nuestro Chubut como parte de esa Nación tironeada: salpicado por una cierta dosis de tensión reactiva que lo satura todo, desde las declaraciones públicas hasta los ánimos ciudadanos, desde la memoria archivística manipulada hasta el dato arrojado sin contexto.

No terminamos de entender en nuestra provincia como funciona el otro de la Patria.
Casi no le hablamos desde las gestiones gubernamentales, apenas si lo reflejamos desde los medios de comunicación cada día más cartelizados, y rara vez lo consideramos en nuestra vereda a menos que esté envuelto en una bandera que consideremos propia.

De nada sirve en estos contextos el bocarriver regionalista que ha sido un decadente habitué de los discursos políticos del año que pasó.
Nunca demostró su utilidad y no será ahora que, en un mundo que prospera con soluciones colaborativas, descubramos que la pólvora del progreso es ir por la de uno.
Existe una alarmante, amplia y hasta respaldada percepción sobre la denuncia de las injusticias: si las gritamos bien alto y con aire de bravuconada, dejan de serlo. La realidad, que es de amilanarse menos ante los gritos, demuestra que las asimetrías se superan solo con trabajo y compromiso, y que la reparación –histórica o contemporánea-, el reconocimiento justo y la superación de condicionantes nunca son posibles en soledad.

Debe existir el otro como construcción colectiva y parte activa de las transformaciones.

No existen gestiones exitosas posibles si no se piensan desde el otro.
No hay un solo gobierno que pueda representar a un pueblo sin ese otro activo.
No hay futuro para nosotros sin pensarlo junto al otro, arte y parte todo el tiempo.
Sin el otro a bordo, como apoyo o disidencia, no somos “así” ni chubutenses ni nada.

Cada oportunidad perdida, cada gobierno municipal mal gestionado, cada decisión política sin ton ni son, cada sordera elegida, cada imprevisión o fallo apresurado son profecías autocumplidas del fracaso. Cada una de las decisiones omitidas, los avances contados de a fragmentos y con frases hechas, y los pecados abrazados como santidades constituyen muescas que marcan el ascenso a la vez que anticipan las caídas.
Año tras año, gran parte de la dirigencia político-institucional y el poder económico de la provincia han sabido ser langostas de los otros. Ahora la indignación es un ejercicio simple, el rencor es fácil y la frustración de haber elevado a tal o cual a un sillón con poder deslucido no tiene fondo. Pero en el mientras tanto, todo tuvo sentido, connivencia y consenso.

Poco nos une, mucho nos enfrenta.
El otro Otro que vuelve por más. Aquel Otro eternamente contra todo y todos. El Otro del Valle contra el Otro de Comodoro. Los Otros recién llegados frente a los Otros dueños de la mesita de luz desde donde prenden y apagan todo. El Otro culpable, el Otro no bueno, el Otro eterna víctima…

“¿Quién fue tu señorita en el jardín de infantes? ¿Drácula?”, solía preguntarse una amiga cuando el nivel de no adaptación social de algunos supuestos adultos superaba toda su paciencia docente.
A veces, cuando escucho a ciertos políticos y dirigentes sindicales chubutenses y los veo accionar con avaricia de preescolares, me la formulo sin encontrar respuesta.

Con esa mezquindad del poder viene la apatía ciudadana, con la decadencia urbana de nuestras ciudades la frustración de quienes las habitan, con la intolerancia vociferada por los representantes llega la impotencia de los representados. Entre el desprecio a las voces que reclaman algo mejor y el rebencazo electoral del enojo hay un paso.
No hay construcción posible cuando la mentada vox populi se usa como excusa de inacción o pase libre a la berretada.


En Chubut ya avanzamos hacia un 2015 de transmutación política revolviendo el caldero de los miedos, las antinomias y el rencor rancio, con diálogos sectoriales basados en el apriete legitimado con el barniz de la dignidad y neocandidatos sponsoreados.
Vamos hacia los mismos errores, sin importar sellos partidarios ni ideologías, y nos seguiremos preguntando quién piensa en el Otro o reclamándole a los gobiernos las enterezas cívico-morales que no tenemos como sociedad.

Es preciso comprometernos como Otro y con los Otros.
Tomar como deber común la generación de espacios donde se supere la autocomplacencia de la negación y dejemos de ver las revoluciones en blancos y negros, amigos y enemigos, en el “anti” constante y sin tregua.
Transitamos décadas de democracia sin ejercer los diálogos hasta el hartazgo, sin condenar la violencia verbal como violencia y punto, sin entender que la construcción es conjunta o no es, sin reconocer que la institucionalidad es una tarea ciudadana y todos somos responsables.

Treinta años después, desde mi ciudad gris y derruida, pienso que no hemos entendido nada mientras repetíamos una fórmula vacía y hemos hecho todavía menos.
Que los esfuerzos enunciados sólo han quedado en eso, que las realidades descriptas poco han cambiado, que somos pocos los que construimos y demasiados los corrosivos crónicos.
Treinta años después, creo que aún no comprendimos que las Patrias son el otro, pero también son de todos… o no son nada.