5.11.16

Desde el laberinto

Hace unas noches escribía en Twitter:

"Fue el primer gobernador que me dio una entrevista. 
Le pregunté si iba a ser Presidente.
Yo era nadie. Aún lo soy.
Él entró en la Historia."

Una mañana del año 2000. Aeropuerto de Comodoro Rivadavia.
Él se paseaba en el hall de la planta baja, casi vacío. Su entorno era mínimo.
Lo reconocí, no lo reconocí, me pareció, me arriesgué.
Lo vi entrar en el kiosco de revistas, me decidí y lo seguí. Los que me conocen bien saben que vencer toda mi timidez en un segundo es casi impensado si no hay del otro lado algo realmente convocante.
- "Gobernador? Disculpe que lo moleste, buen día..."

Era Néstor Kirchner y le pedía una entrevista para la radio en la que todavía hacía nada. Me dijo que no tenía problemas, si lo esperaba un minuto afuera.
Lo esperé ese minuto eterno. Pedí aire desde un celular Nokia bodoque que todavía rueda por algunos cajones. Me lo dieron. Salimos.
Cerrando la charla, le pregunté si iba por la presidencia. Me habló de prudencia, de tiempos... pero todo en él hablaba de ganas y punto. Se rió, mi guiñó un ojo y me apretó el brazo. Me tenté.
Varios años después supe que, en ese entonces, la carrera ya había empezado y conocí a muchos que caminaron con él todo ese tiempo de historia, escuchando con fascinación los detalles del perfil humano.
Es uno de mis recuerdos más vívidos de esos años y uno de los más queridos, también. Hay personas que tienen esa sencillez que desarma y se recuerda, al margen de cualquier análisis político racionalizado.

Cuando fue proclamado Presidente, escribí una de mis primeras columnas para un medio digital de Buenos Aires: "Vértigo horizontal". La rastreé en mi archivo y leo cómo me preguntaba entonces si los patagónicos estaríamos preparados para lo que venía, para reposicionar una región detrás de ese proyecto. A la luz de lo que ocurre por estos días, con gobernadores alzando voces por puntos de presupuestos y ciudadanías considerándolos un derecho adquirido, pienso que tal vez logramos esa conciencia generada. La conciencia ganada.

Desde los espacios políticos, sé que es tiempo de revisiones y también de admisiones de lo que no debió hacerse y se hizo, de lo que no se hizo y debió hacerse.
Aún así, yo no me evito recordarme que los políticos tienen una cara humana, que la maquinaria del sistema se alimenta de ella cuando la siente necesaria y la ausenta cuando el relato del contexto requiere otros engranajes. La memoria colectiva de ese perfil es cíclica y su valor aumenta con el correr de los tiempos.

Esa noche, en redes muchos creyeron que la referencia posteada era para Mario Das Neves.
No lo era, pero si comparamos esa fuerza que trasunta ganas, hay un hilo invisible ahí.

Nunca pude entrevistar a Das Neves como gobernador. Creo que la única charla lograda fue una grabación pautada durante su campaña a inicios de 2003, en un café de hotel, con casi el único miembro de su comitiva de aquel entonces haciendo aspavientos para cortarla cada cinco minutos.
De aquel día, como del último que lo vi hace unos meses, me quedó lo único que siempre menciono ante el inquisidor ocasional: la fuerza en la mirada. Traspasa. Radiografía. Detecta.
Sabe lo que quiere, lo que busca, y probablemente hasta tiene trazado el mapa mental de cómo lograrlo. Quién supiera, quién pudiera…
De nuevo: vértigo horizontal.

Aunque la crítica feroz y contemporánea nos devore la visión proyectada e integradora, nuestra generación patagónica ha tenido la oportunidad de hacerse a la par de líderes políticos sin molde. Hombres de sus pueblos y de sus tiempos, ambos complejos y demandantes. Pragmáticos en sus construcciones, que entendieron la gestión pública desde la movilidad y, a esos procesos, con ósmosis. Objetados por ajenos y hasta propios, pero reconocidos aún desde el cuestionamiento. Disruptivos en sus espacios políticos, irreverentes de los sellos, y generadores de nuevas arenas que los contuvieran siempre en movimiento antes que en estructuras.

En ellos hay también en común otra incertidumbre: la de los ejecutores de sus legados políticos.
Tanto en Kirchner como en Das Neves, esa sucesión permanece incierta.

Sobrepoblada de traductores, la escena requiere perfiles más definidos en acción ya que no en palabras. La generación intermedia de uno y otro - si bien lo intenta- aún no se arroga el derecho de errar para acercárseles. La devoción, la lealtad sublimada, puede más y auto-preserva.
Es tan difícil perfilar a los más prometedores como lo es leerlos en un ocasional mano a mano. Su avance es uno que no reconoce otro mapa que el ya trazado, que les brinda una trayectoria sólida construida sobre pruebas impuestas y hasta superadas. Ese mismo probarse más allá de los límites previstos, para todos, es todavía el paso pendiente. Probarse como elección, incluso desoyendo prudencias y arriesgando enojos. Probarse como deuda, como obediencia debida e implícita.

Vivimos la era de la militancia, y la de sus cientos de voces redimidas en busca de nuevos referentes. Ya sin aceptar con mansedumbre ni admitir dobleces en los afiches de los otrora bendecidos. En este ciclo y con estas reglas de juego, luego de los adelantados de aquella conciencia ganada, se perfilarán los nuevos dirigentes.
Como si se tratara de “elegidos”, escucho a militantes anónimos buscando las marcas que les muestren que esos sí son los verdaderos, los propios aunque compartidos, los que merecen el legado del que ellos son celosos guardianes. Sus miradas son tan implacables como sus juicios; se esfuerzan revolviendo en la historia aquellos gestos que les permitan discernir si lo que tienen frente a ellos vale la pena poner el cuerpo en territorio. Buscan al próximo “único” y hasta lo demandan.

Desde el laberinto, ya ruge el próximo vértigo horizontal.

26.9.16

De gobiernos y cyborgs

“¿No te estupidiza estar todo el tiempo mirando eso?”, me preguntaron hace poco, mientras me observaban en un día de trabajo sumergida completamente en diversas pantallas y redes. Para mí es habitual, hasta normal diría, sin embargo me llamó mucho la atención la mirada que todavía considera al universo digital como contaminación. Eso dice que aún creemos que podemos prescindir de él, con la misma fe con la que elegimos una cabaña en el medio de la Cordillera para no enterarnos de nada por quince días. Sin embargo, incluso allí todavía existe el momento en el que –haciendo uso del wifi al paso o el mínimo paquete de datos móviles disponible- sale una foto, un estado compartido, un relato de la experiencia que se escoge no demorar.
Por contexto aunque no en la práctica, ya no somos analógicos, ni siquiera los no nativos digitales. Aún nos engañamos con la nostalgia de los tiempos del teléfono fijo y la localización o disponibilidad esporádica. La verdad es que preferimos estar a mano de lo que nos interesa y todavía poder ignorar aquello que nos mal-hackea el sistema. Ayer y hoy el filtro selectivo es el mismo, sólo han cambiado los soportes.

En el mapeo de las últimas semanas, me escucho hablar una y otra vez sobre nosotros y la tecnología, de celulares y relojes inteligentes como una extensión del cuerpo, de los cyborgs como el próximo paso que ya es contemporáneo. En un mundo paralelo a ese, cada día me cruzo con personas que no logran realizar con éxito tareas de compatibilidad básica con su oponente tech, sea un cajero automático, un móvil de última generación, una tablet, una compu de las viejas o la maquinita expendedora de cualquier cosa. 
También veo a niños de meses interactuar con libros de papel como si pasaran la pantalla táctil, o me cuentan de esos que sorprenden a sus padres con facturaciones de miles de pesos en aplicaciones móviles porque ya entienden cómo se puede “seguir jugando”. Siempre me pregunto qué tipo de gobiernos co-crearemos con ellos, tan habituados a la inmediatez y una paciencia sólo apta para lo efímero, para aquello que no dura más de los tres segundos de mirada y soluciones que se adquieren con un click.

Uno de mis profes de idiomas chequea el diccionario online antes de escribir en la pizarra, con una naturalidad casi impensada para quienes hemos crecido en mundos de docentes sabelotodo e infalibles. Por primera vez, la Educación quiebra sus lógicas de desigualdad y admite que –tal vez- no nos diferencia ese quién sabe más, sino cómo accedemos al conocimiento disponible y abierto, y nos relacionamos con él.
En un contexto de tecnología convergiendo en el cuerpo humano, si les sacamos los celulares a los estudiantes en nuestras aulas, ¿qué ocurrirá cuando ya no podamos quitarles las herramientas tecnológicas que usan como extensión de ellos mismos? ¿Qué ejercicio de control vamos a elegir llegada esa instancia? ¿Bloqueadores de señal? ¿Desconexiones forzadas? ¿Extracciones? ¿Los haremos elegir entre “lo que se debe” y “lo que no se debe” llevar a un ámbito de aprendizaje, sometiendo el uso de los diferentes dispositivos de acceso a un criterio de comportamiento esperado y por ello considerado correcto, pero ajeno a su realidad?

El desafío no es la tecnología como elemento invasivo, sino el uso que hacemos de ella según los contextos. Los fines son la clave. Debiéramos estar educando y debatiendo sobre valores en el uso del conocimiento y no sobre formas de acceder a él, porque esa vía ya ha sido despejada. Cómo la transitaremos es el siguiente desafío, o mejor dicho, el actual, y las constantes disidencias con ruido entre los marcos normativos y la realidad demandante demuestran que no llegamos a este punto equipados con el mapa actualizado.

En una conferencia sobre Gobierno Abierto a la que asistí, Oscar Oszlak preguntaba qué pasaría en el futuro de los gobiernos si los ciudadanos fueran en parte robóticos. Ya está pasando, le contestaba: ya tenemos ciudadanos cyborgs.
Hace cuatro años conocí al único que he visto en mi vida. Cuando lo pienso, no era diferente de ninguno de nosotros. Su percepción del entorno sí estaba transformada y amplificada. Su registro ya era otro, diferente al mío y también al que podría ser el mío si lo interviniera tecnológicamente alguna vez. 
En lo cotidiano, ya tenemos una ciberciudadanía hambrienta y participativa que muta todo el tiempo, interviniéndose a sí misma en vías y prácticas. La percepción de la “cosa pública” que posee el ciberciudadano es hoy infinitamente mayor a la prevista hace apenas 20 años atrás, y varía de persona a persona sin caer en la comodidad de la estandarización. Ante su avance, ya no es posible cerrar la puerta de nuestros gobiernos aunque todavía quienes los integran quieran controlar su acceso. Como resultado de estos procesos, también tenemos una ciudadanía analógica que vamos condenando a un exilio de la vida pública y por la cual debiéramos redoblar esfuerzos para cerrar brechas digitales y educativas, como también para crear las garantías de que el paso nunca le será cerrado por omisión. Volvemos a la polis griega: la ciudadanía no es para todos y todas, y esta vez el filtro es la conectividad. 

¿Qué haríamos los ciberciudadanos chubutenses con un Das Neves en nuestra cabeza? ¿Y con un Macri? ¿Cuál sería la opción para apagar, filtrar y resignificar sus mensajes según nuestro sistema programado? ¿Diferirá de lo que hacemos hoy en día, con las redes sociales como ríos que atraviesan muchas cotidianeidades, aunque no de forma constante? ¿Y qué tan compatibles terminarían siendo ellos con nosotros? Yendo tal vez más lejos, quizás la pregunta debiera ser si el gobierno son sólo ellos o ya somos todos, incluidos quienes están en definidas “otras veredas”. ¿Cómo nos reclamaríamos entonces las acciones debidas y construiríamos los aciertos? Metidos en la brecha invisible, ¿qué nivel de co-responsabilidad tenemos los ciberciudadanos con nuestros pares analógicos? ¿Qué acceso reclamamos para ellos entre los aplausos ante la magia de los Datos Abiertos y el virtuosismo de la Transparencia?

La convergencia tecnología-humano nos obliga a esas preguntas, para las que tendríamos que estar delineando no sólo respuestas sino proyecciones y políticas públicas realmente inclusivas, ajenas a los artificios de moda. 
Si nuestros gobiernos no son compatibles con todos, sólo serán gobiernos de algunos: los privilegiados, los que lleguen primero, los que puedan acceder porque comparten el lenguaje, los que tengan en sus manos las herramientas correctas o los medios para obtenerlas. 
Recreamos una época con vicios de las más oscuras, en la que sólo podrán gobernarnos -o cogobernarnos, en la predicción más optimista- los que habiten los estratos favorecidos de la nueva igualdad democrática. Tal vez sólo por esta última razón, por esta “nueva igualdad” tan excluyente, es que debiéramos desafiarnos a obviar las formas de los debates y tomar cualquier ágora disponible para poner manos a la obra en remediar la huella irreversible que ha creado nuestra ausencia hasta ahora.

15.7.16

Al diablo con el invictus

Desde 2009, Mandela se parece mucho más a Morgan Freeman, y los Springboks nos recuerdan que somos capitanes de nuestra alma y amos de nuestros destinos.
No ha pasado más de unos pocos meses en los que no vea publicado el famoso poema de William Ernest Henley en un estado de Facebook, su línea más resonante en un tweet, o la escuche recitada por alguien con total solemnidad en contextos de resistencia.
Hace un par de meses me lo encontré colgado en la pared de una oficina, sin poder evitar la sorpresa por el lugar ni frenarme al enunciar el asombro en voz alta.

Tal vez no todos sepan que ese poema victoriano sí acompañó a Mandela en sus años de prisión, mas nunca fue entregado al capitán de la selección sudafricana de rugby para alentar épica alguna. Una licencia de guión, la necesidad de añadir poderío a la historia –como si acaso lo necesitara- y esa evasiva de la realidad que toma el cine como marca propia nos han privado de una sensación de perseverancia que tal vez hubiera sido infinitamente más cercana a lo cotidiano. Más humana, de cualquier modo, como mensaje y valor.
Es que la venta se hace sobre lo invencible, lo victorioso y la pole position. El resto sólo acompaña como elenco necesario, y muchas veces hasta merece el vapuleo humillante que destinamos como sociedad a “los segundos” en todo.

Sin embargo, el Mandela real fue mucho más sabio que su versión guionada y lo que supo entregarle a François Pienaar fue un fragmento del discurso del presidente estadounidense Theodore Roosevelt en la Sorbonne, en abril de 1910. Se llama “Ciudadanía en una república” y contiene este extracto conocido como “El hombre en la arena”:

“No es el crítico quien cuenta; ni el hombre que señala con el dedo cómo tropieza el hombre fuerte, o dónde quien hace las cosas podría haberlas hecho mejor. El crédito le pertenece al hombre que se halla de hecho en la arena, aquel cuyo rostro está manchado de polvo y sudor y sangre; quien lucha con valentía; quien se equivoca, quien falla el golpe una y otra vez, porque no hay esfuerzo sin error y sin limitaciones; quien realmente lucha por llevar a cabo las acciones; quien conoce los grandes entusiasmos, las grandes devociones; quien agota sus fuerzas en una causa noble; quien si tiene suerte conoce al final el triunfo del gran logro, y si no la tiene, si falla, al menos fracasa atreviéndose con grandeza, de modo que su lugar nunca será con esas almas frías y tímidas que desconocen tanto la victoria como la derrota.”

La visión es impecable. Estremece. Es el segundo el que crea y re-crea la historia, con suerte o sin ella, evadiendo la timidez de su propia alma y confrontando la de otras.

Como en la versionada Invictus, y mucho antes también, el valor del hombre en la arena ha quedado despreciado y hasta en el olvido. Ganar o acertar es lo único válido, el dedo acusador es soportado como ruido de fondo, y lo importante se centra en el valor del héroe estoico que todo lo soporta porque la victoria de su espíritu es lo que lo envuelve en gloria. Resistir antes que arriesgar, como si fuera sólo lo primero lo que construye.
Esa gloria, como único destino meritocrático, es lo que nos deja entrampados en la ilusión. En su estela y mientras dure su búsqueda, el error no sólo es inadmisible sino que tampoco sirve ni permite un hacer mejorado si no deriva en una victoria lineal. Quien falla, no enseña ni se destaca ni persiste. Quizás ni siquiera existe el error en sí, porque en la impermanencia no hay forma de fallar el golpe, ni una ni mil veces. Tampoco es condenable entonces el eterno tribunero que, sin dar tregua ni arriesgar realmente nada, toma protagonismo influyente en la condición de su víctima.

Hace algunos años conocí a un referente político nacional de muy bajo perfil. Un hombre del “poder detrás del poder”. En un encuentro de militantes, se hizo una rueda en la que cada uno fue invitado a dejar un mensaje en pie de igualdad. La mayoría habló sobre todo eso que podía mejorarse, se demoró en los señalamientos sobre lo mal hecho, y el mismo dedo se elevó para advertir que los errores no debían repetirse. A su turno, esta persona habló pausado y con toda simpleza explicó: brillar, brilla cualquiera; pero hay que estar todos los días trabajando, haciendo, comprometiéndose, sin rendirse, sabiendo que ese brillo tal vez nunca llegue.
Habló de ese hombre en la arena y, si bien para muchos pasó desapercibido o sonó a poco, a mí me pareció sencillamente justo. Para la política, para el deporte, para la vida. Simple y justo.

No sé en ustedes que leen estas líneas, pero en mí resuena mucho más “el que cuenta”, el que desde la pugna hace tal vez para equivocarse pero sabiendo siempre que habrá una oportunidad más y estará mejor preparado. También se me hace infinitamente más simpática la condena al crítico, al eterno director técnico, a las almas frías y tímidas.
Tanto en aquel mundial de rugby como en esa oficina, tenía mucho más sentido la lucha del hacedor aunque llevara a la derrota –con su marketing cansino e inmerecido-  que aquella perfección del estoicismo.

La dignidad ante los golpes del camino es loable, por cierto, y aún así provoca la acción desde ese arriesgarlo todo sólo por no darle el gusto a la quietud que espera quien propina los porrazos. Dependerá de momentos o contextos, tal vez; esos ajustes que requieren actitudes distintas para escenarios diferentes, las otras mejillas que a veces se hace necesario poner en juego por guión.

Sin embargo, los pies buscan la arena aún cuando se caiga en el intento. Sólo porque transformar es precisamente eso: pasar de la gloria a tiempo para dejar huella duradera, perder lo necesario para aprender, y tal vez sólo hacer el camino con absoluta entrega.


Será cuestión de pura fe, entonces, el abandonar la impermanencia cuando ya no nos salva ni nos preserva de nada, y al diablo con el invictus impuesto como mandato.

7.7.16

Neonómades

En los últimos cinco años he vivido en tres ciudades diferentes y viajado por varias provincias. He trabajado en proyectos desde locales a internacionales con la misma laptop destartalada y muchas veces moribunda en la que escribo este post. Varios smartphones quedaron en el camino, y uno prestado apenas sobrevive ahora para la tarea.

De alguna forma pasó que dejé de tener una base fija para mi trabajo y las carteras dieron paso sin preocupación a mochilas y morrales.  
Me he conectado desde aeropuertos, colectivos de larga distancia, cafés y restaurantes, sedes de gobierno, auditorios y salones de eventos, puntos de acceso libre en plena calle o espacios de co-working. He re-visitado esos locutorios que sobreviven como pueden y usado las impersonales PC de cortesía que aún existen en algunos hoteles. Tengo al menos dos chips de telefonía móvil constantemente en uso, desde cualquier lugar, y una configuración en app para cuando falla todo. En un estuche, duermen varios pendrives y sus archivos co-existen en respaldos en otros soportes y en la “nube”.

Todavía hay un punto geográfico al que llamo “mi casa”, otro que es “mi lugar elegido”, y varios en los que paso días y noches por trabajo. Parto desde el elegido y voy saltando de ciudad en ciudad, física o virtualmente. Cada tanto, vuelvo realmente a casa.
Las exigencias del alojamiento confortable se flexibilizan y toma el primer lugar en la carrera de prioridades que el espacio de tránsito tenga wi-fi. He dormido en lugares insólitos, con una conectividad impecable.

Hace dos años, durante un viaje rutero y leyendo algún material sobre Gestión del Conocimiento, me encontré con una categoría que al parecer podría definir esta forma de trabajar: los “gitanos corporativos”.

“El grupo mayor de gitanos corporativos, con un número que crece todos los años, está constituido por los empleados contratados a terceros, colaboradores a tiempo parcial, consultores y empleados temporales que inflan los cuadros corporativos y, muchas veces, poseen todas las responsabilidades de un empleado a tiempo completo, sin que formen parte de la empresa. Es decir, venderán sus talentos a diversas empresas cada semana, trabajando algunos minutos para una de ellas antes de desplazarse para el próximo compromiso.”

A pesar de la categoría “académica” y lo difundido de la práctica, aún enfrento miradas desconfiadas cuando respondo que trabajo viajando o vía Skype, y paso de anclarme a oficinas con tiempos muertos más de lo que sea necesario. También ocurre que en un punto miro con recelo la estabilidad de los corporativos de empresas y gobiernos, aunque no estoy segura de querer cambiarla por la intensidad de tener una fuente de riqueza intelectual y humana en cada nuevo proyecto. De la otra, la económica, podríamos debatir preferencias largo rato.

Así de claro, con frecuencia recibo devoluciones todavía apegadas a las ocho horas de oficina y el mandato de lunes a viernes como parte del paquete que –supuestamente- asegura compromiso y productividad. O la más reciente que me tocó escuchar: “entendí que querés trabajar desde tu casa”. Un cansancio indisimulable se me cuela entre el fastidio y la sensación de batalla perdida cuando rozo esos puertos, para algunos todavía irrenunciables aunque ya encuentren poco de satisfactorio en ellos.

Hace un año, en una de mis estadías corporativas, conocí a otra persona que trabaja como yo. Fue como mirarse en el reflejo de un hermano de esta lucha que se va imponiendo. En su caso, alterna su estadía entre el país y el extranjero, y se mueve con su familia en caravana. Su naturalidad al relatar y exponer las condiciones de contratación, sin ceder un centímetro, fue un atisbo de esperanza.
En Argentina todavía ocurre que el sistema laboral íntegro está preparado para personas que nacen, trabajan y mueren en el mismo lugar. Bancos, impuestos, contratos, derechos, la mentalidad de ejecutivos y funcionarios... todo.
La burocracia organizacional aún considera a la ventanilla física territorial como su forma más perfecta de llegada.
Sin embargo, el avance de la cultura emprendedora y freelance va demandando al sistema otras formas de respuesta y ya algunos comienzan a pensar en los beneficios. Como es natural, aún en los beneficios a favor del contratante y no compartidos, pero ese cambio también llegará.

Los neonómades interactuamos y procuramos transformar contextos desde la aceptación de sus particularidades. La misma que ejercemos cuando elegimos nuestros propios escenarios de colaboración, y también la que esperamos que desarrollen los actores de esos espacios hacia nosotros.

Aceptación es darse cuenta que no se necesita un “trabajador” de 8 horas por día: se necesita un talento asertivo, en proceso 24/7. Un cambio de mandatos que sería deseable que nos lleve a una nueva expansión de fronteras productivas y derechos laborales. Al menos en su formalización, porque en las rutas del día a día esos límites ya quedaron muy atrás y el camino es tierra de nadie.
Aceptación también es admitir que no hay una realidad única o masificada, sino una por cada persona impactada y es necesario –tanto en diseños de proyectos empresariales como de políticas públicas- llegar a esas realidades saliendo del condicionamiento de un escritorio en una oficina sin interferencias.
No es lo mismo escuchar a quien llega luego de la carrera de obstáculos de acceso a la puerta de un despacho, que hacer los kilómetros necesarios para oír a esa misma persona en su propia arena. Nada reemplaza la comprensión desde el lugar del otro, en el lugar del otro. Jugar de visitante, abandonando el falso poder de la localía, es un riesgo que lo ofrece todo a quien está equipado con la visión y apertura para asimilarlo de forma sistemática.

Hace unos días leía un concepto del consultor local Luis Babino sobre las Ciudades Inteligentes: “No se trata de un desafío tecnológico, se trata de desafiar la inteligencia gubernativa”.
Cientos de personas que ya conforman esas ciudades hacen suyo ese desafío a las inteligencias gubernativa y corporativa, expandiéndolas y provocándolas a la innovación. Tal vez todavía las estructuras de gobiernos y empresas no crujen de forma audible, pero las voces que las habitan murmuran cuestionamientos y fuerzan nuevas reglas.

El cambio ya es transversal y migrante. Nos vuelve a convertir en nómades que avanzan construyendo su propio mapa.

30.6.16

Pequeñas historias de horror

Desde fin del año pasado escucho pequeñas historias de horror sobre aquellos y aquellas que van perdiendo sus trabajos e ingresos, y lo mucho que eso afecta toda su vida y las de los suyos. En un segundo no hay más sueldo para vivir, carrera para estudiar, oportunidades educativas para los hijos, sostén para los padres, tratamientos médicos, ahorros para proyectar, planes… futuro.

Hace unos días escuché el último racconto y tuve un impulso que no sentía hace mucho tiempo: las ganas de volver a escribir. Mal, como saliera, con teclas oxidadas y sin estilo. No importaba, y testimoniar sí.
Tal vez me cansé. Quizás ya no me sirve admitir en voz baja a algún amigo que lloro con muchas de esas vivencias que me cuentan. Por ahí ya me resulta un insulto ese hay que aguantar del desafortunado discurso que cunde entre propios cómodos y ajenos encumbrados. O será porque pienso que el punto de quiebre social ya se superó y nadie estaba mirando.

“Ahí”.
La palabra chiquita que responde al “cómo estás” de rigor y que todos sabemos lo que realmente significa. “Ahí” de lo que no debiera ser. “Ahí” de lo que pasa y no se puede controlar ni evitar. “Ahí” de los peores miedos y los puntos finales.
Los que caminan más porque ya no pueden costear el pasaje del colectivo o el tramo en subte, los que comen sólo una vez al día para que alcance para las cuentas fijas que no paran de crecer, los que piensan en qué pueden privarse para no restarles a sus hijos, los que juntan sus “ahí” para no sentirse solos del todo en el sacrificio.

“Lloro todos los días”.
La frase con las palabras que no le salen al miedo, la que va acompañada de la mirada rota, y a la que le sigue el silencio o un susurrado “yo también”.
Se llora de impotencia, de bronca, y también por no saber cómo ayudar. Se llora para tomar fuerza y reinventar corajes, para volver al afuera más armados, para no quebrar frente al que está buscando justamente eso. Se llora, como me dijo una persona hace poco, porque la posibilidad de ser el próximo siempre es extenuante adentro.

“Te presto, te asilo, te ayudo…”
La solidaridad imposible, que va desde los libros, las compus o el WiFi hasta la plata para llegar a fin de mes, la comida invitada, el asilo cuando ya no hay para los alquileres, o los contactos para pasar el currículum actualizado a las apuradas. Los que dan lo que tienen y no les sobra, para que el otro no quede sin red. Los que se unen para pedir por alguien que simplemente no puede quedarse sin trabajo. La mano tendida que no sólo sostiene o comprende, sino que se convierte en abrazo y deja cada vez más solo al que se desentiende.

Los relatos de los hasta-hace-un-segundo compañeros y compañeras de trabajo que tienen que limpiar esos escritorios y oficinas de sus cosas personales y llevarlas al que no puede pasar la puerta... 
El testimonio que revuelve el estómago de aquel al que le asignaron un número para que ya no sea un nombre –léase “una persona”- y cada día al llegar a su trabajo debe buscarse en la lista de los “números” despedidos… 
La eterna evaluación de puestos que oculta la persecución cínica y el hábito del “despido de los viernes” que no sigue lógicas de productividad, para que siempre alguien pueda ser el próximo…
La historia de los universitarios que se organizan para hacer compras colectivas y así poder seguir estudiando y comiendo todos los días a la par…
La anécdota miserable del que desactiva huellas de un sistema de ingreso y, cuando le preguntan qué pasó, se ríe y lo asigna a una transitoria falla técnica…

Creo siempre en ese “saber luchar no sólo sin miedo sino también sin esperanza” del que alguna vez he escrito. Todo puede cambiar, puede re-significarse, y seguiría creyendo en la profunda dignidad de esas luchas.
Hoy tal vez sólo pasa que fue demasiado. Que las internas políticas hacen un ruido tan molesto como lejano a todo, que quienes debieran contar o cuestionar se quedan mudos mirando la hoguera y dando consejos sobre cómo caminar sobre las brasas… 
Tal vez sólo pasa que todo esto nos pasa sin que en verdad nada lo transforme.

Miro ese pasar, escucho las voces, atestiguo las derrotas y no me engaño pensándome ajena: sé que son también las mías tanto como las del futuro de todos.
Lo escribo y no doy más de tristeza. 
Una que no sabe de meritocracias, ni vagos mantenidos, ni militancias choripaneras, ni periodismos militantes, ni acusaciones de fanatismo descerebrado, ni subsidiados. Una que sólo es lo que es y duele adentro por el otro, por mí misma, por todos. Una que no afloja.