26.9.16

De gobiernos y cyborgs

“¿No te estupidiza estar todo el tiempo mirando eso?”, me preguntaron hace poco, mientras me observaban en un día de trabajo sumergida completamente en diversas pantallas y redes. Para mí es habitual, hasta normal diría, sin embargo me llamó mucho la atención la mirada que todavía considera al universo digital como contaminación. Eso dice que aún creemos que podemos prescindir de él, con la misma fe con la que elegimos una cabaña en el medio de la Cordillera para no enterarnos de nada por quince días. Sin embargo, incluso allí todavía existe el momento en el que –haciendo uso del wifi al paso o el mínimo paquete de datos móviles disponible- sale una foto, un estado compartido, un relato de la experiencia que se escoge no demorar.
Por contexto aunque no en la práctica, ya no somos analógicos, ni siquiera los no nativos digitales. Aún nos engañamos con la nostalgia de los tiempos del teléfono fijo y la localización o disponibilidad esporádica. La verdad es que preferimos estar a mano de lo que nos interesa y todavía poder ignorar aquello que nos mal-hackea el sistema. Ayer y hoy el filtro selectivo es el mismo, sólo han cambiado los soportes.

En el mapeo de las últimas semanas, me escucho hablar una y otra vez sobre nosotros y la tecnología, de celulares y relojes inteligentes como una extensión del cuerpo, de los cyborgs como el próximo paso que ya es contemporáneo. En un mundo paralelo a ese, cada día me cruzo con personas que no logran realizar con éxito tareas de compatibilidad básica con su oponente tech, sea un cajero automático, un móvil de última generación, una tablet, una compu de las viejas o la maquinita expendedora de cualquier cosa. 
También veo a niños de meses interactuar con libros de papel como si pasaran la pantalla táctil, o me cuentan de esos que sorprenden a sus padres con facturaciones de miles de pesos en aplicaciones móviles porque ya entienden cómo se puede “seguir jugando”. Siempre me pregunto qué tipo de gobiernos co-crearemos con ellos, tan habituados a la inmediatez y una paciencia sólo apta para lo efímero, para aquello que no dura más de los tres segundos de mirada y soluciones que se adquieren con un click.

Uno de mis profes de idiomas chequea el diccionario online antes de escribir en la pizarra, con una naturalidad casi impensada para quienes hemos crecido en mundos de docentes sabelotodo e infalibles. Por primera vez, la Educación quiebra sus lógicas de desigualdad y admite que –tal vez- no nos diferencia ese quién sabe más, sino cómo accedemos al conocimiento disponible y abierto, y nos relacionamos con él.
En un contexto de tecnología convergiendo en el cuerpo humano, si les sacamos los celulares a los estudiantes en nuestras aulas, ¿qué ocurrirá cuando ya no podamos quitarles las herramientas tecnológicas que usan como extensión de ellos mismos? ¿Qué ejercicio de control vamos a elegir llegada esa instancia? ¿Bloqueadores de señal? ¿Desconexiones forzadas? ¿Extracciones? ¿Los haremos elegir entre “lo que se debe” y “lo que no se debe” llevar a un ámbito de aprendizaje, sometiendo el uso de los diferentes dispositivos de acceso a un criterio de comportamiento esperado y por ello considerado correcto, pero ajeno a su realidad?

El desafío no es la tecnología como elemento invasivo, sino el uso que hacemos de ella según los contextos. Los fines son la clave. Debiéramos estar educando y debatiendo sobre valores en el uso del conocimiento y no sobre formas de acceder a él, porque esa vía ya ha sido despejada. Cómo la transitaremos es el siguiente desafío, o mejor dicho, el actual, y las constantes disidencias con ruido entre los marcos normativos y la realidad demandante demuestran que no llegamos a este punto equipados con el mapa actualizado.

En una conferencia sobre Gobierno Abierto a la que asistí, Oscar Oszlak preguntaba qué pasaría en el futuro de los gobiernos si los ciudadanos fueran en parte robóticos. Ya está pasando, le contestaba: ya tenemos ciudadanos cyborgs.
Hace cuatro años conocí al único que he visto en mi vida. Cuando lo pienso, no era diferente de ninguno de nosotros. Su percepción del entorno sí estaba transformada y amplificada. Su registro ya era otro, diferente al mío y también al que podría ser el mío si lo interviniera tecnológicamente alguna vez. 
En lo cotidiano, ya tenemos una ciberciudadanía hambrienta y participativa que muta todo el tiempo, interviniéndose a sí misma en vías y prácticas. La percepción de la “cosa pública” que posee el ciberciudadano es hoy infinitamente mayor a la prevista hace apenas 20 años atrás, y varía de persona a persona sin caer en la comodidad de la estandarización. Ante su avance, ya no es posible cerrar la puerta de nuestros gobiernos aunque todavía quienes los integran quieran controlar su acceso. Como resultado de estos procesos, también tenemos una ciudadanía analógica que vamos condenando a un exilio de la vida pública y por la cual debiéramos redoblar esfuerzos para cerrar brechas digitales y educativas, como también para crear las garantías de que el paso nunca le será cerrado por omisión. Volvemos a la polis griega: la ciudadanía no es para todos y todas, y esta vez el filtro es la conectividad. 

¿Qué haríamos los ciberciudadanos chubutenses con un Das Neves en nuestra cabeza? ¿Y con un Macri? ¿Cuál sería la opción para apagar, filtrar y resignificar sus mensajes según nuestro sistema programado? ¿Diferirá de lo que hacemos hoy en día, con las redes sociales como ríos que atraviesan muchas cotidianeidades, aunque no de forma constante? ¿Y qué tan compatibles terminarían siendo ellos con nosotros? Yendo tal vez más lejos, quizás la pregunta debiera ser si el gobierno son sólo ellos o ya somos todos, incluidos quienes están en definidas “otras veredas”. ¿Cómo nos reclamaríamos entonces las acciones debidas y construiríamos los aciertos? Metidos en la brecha invisible, ¿qué nivel de co-responsabilidad tenemos los ciberciudadanos con nuestros pares analógicos? ¿Qué acceso reclamamos para ellos entre los aplausos ante la magia de los Datos Abiertos y el virtuosismo de la Transparencia?

La convergencia tecnología-humano nos obliga a esas preguntas, para las que tendríamos que estar delineando no sólo respuestas sino proyecciones y políticas públicas realmente inclusivas, ajenas a los artificios de moda. 
Si nuestros gobiernos no son compatibles con todos, sólo serán gobiernos de algunos: los privilegiados, los que lleguen primero, los que puedan acceder porque comparten el lenguaje, los que tengan en sus manos las herramientas correctas o los medios para obtenerlas. 
Recreamos una época con vicios de las más oscuras, en la que sólo podrán gobernarnos -o cogobernarnos, en la predicción más optimista- los que habiten los estratos favorecidos de la nueva igualdad democrática. Tal vez sólo por esta última razón, por esta “nueva igualdad” tan excluyente, es que debiéramos desafiarnos a obviar las formas de los debates y tomar cualquier ágora disponible para poner manos a la obra en remediar la huella irreversible que ha creado nuestra ausencia hasta ahora.

15.7.16

Al diablo con el invictus

Desde 2009, Mandela se parece mucho más a Morgan Freeman, y los Springboks nos recuerdan que somos capitanes de nuestra alma y amos de nuestros destinos.
No ha pasado más de unos pocos meses en los que no vea publicado el famoso poema de William Ernest Henley en un estado de Facebook, su línea más resonante en un tweet, o la escuche recitada por alguien con total solemnidad en contextos de resistencia.
Hace un par de meses me lo encontré colgado en la pared de una oficina, sin poder evitar la sorpresa por el lugar ni frenarme al enunciar el asombro en voz alta.

Tal vez no todos sepan que ese poema victoriano sí acompañó a Mandela en sus años de prisión, mas nunca fue entregado al capitán de la selección sudafricana de rugby para alentar épica alguna. Una licencia de guión, la necesidad de añadir poderío a la historia –como si acaso lo necesitara- y esa evasiva de la realidad que toma el cine como marca propia nos han privado de una sensación de perseverancia que tal vez hubiera sido infinitamente más cercana a lo cotidiano. Más humana, de cualquier modo, como mensaje y valor.
Es que la venta se hace sobre lo invencible, lo victorioso y la pole position. El resto sólo acompaña como elenco necesario, y muchas veces hasta merece el vapuleo humillante que destinamos como sociedad a “los segundos” en todo.

Sin embargo, el Mandela real fue mucho más sabio que su versión guionada y lo que supo entregarle a François Pienaar fue un fragmento del discurso del presidente estadounidense Theodore Roosevelt en la Sorbonne, en abril de 1910. Se llama “Ciudadanía en una república” y contiene este extracto conocido como “El hombre en la arena”:

“No es el crítico quien cuenta; ni el hombre que señala con el dedo cómo tropieza el hombre fuerte, o dónde quien hace las cosas podría haberlas hecho mejor. El crédito le pertenece al hombre que se halla de hecho en la arena, aquel cuyo rostro está manchado de polvo y sudor y sangre; quien lucha con valentía; quien se equivoca, quien falla el golpe una y otra vez, porque no hay esfuerzo sin error y sin limitaciones; quien realmente lucha por llevar a cabo las acciones; quien conoce los grandes entusiasmos, las grandes devociones; quien agota sus fuerzas en una causa noble; quien si tiene suerte conoce al final el triunfo del gran logro, y si no la tiene, si falla, al menos fracasa atreviéndose con grandeza, de modo que su lugar nunca será con esas almas frías y tímidas que desconocen tanto la victoria como la derrota.”

La visión es impecable. Estremece. Es el segundo el que crea y re-crea la historia, con suerte o sin ella, evadiendo la timidez de su propia alma y confrontando la de otras.

Como en la versionada Invictus, y mucho antes también, el valor del hombre en la arena ha quedado despreciado y hasta en el olvido. Ganar o acertar es lo único válido, el dedo acusador es soportado como ruido de fondo, y lo importante se centra en el valor del héroe estoico que todo lo soporta porque la victoria de su espíritu es lo que lo envuelve en gloria. Resistir antes que arriesgar, como si fuera sólo lo primero lo que construye.
Esa gloria, como único destino meritocrático, es lo que nos deja entrampados en la ilusión. En su estela y mientras dure su búsqueda, el error no sólo es inadmisible sino que tampoco sirve ni permite un hacer mejorado si no deriva en una victoria lineal. Quien falla, no enseña ni se destaca ni persiste. Quizás ni siquiera existe el error en sí, porque en la impermanencia no hay forma de fallar el golpe, ni una ni mil veces. Tampoco es condenable entonces el eterno tribunero que, sin dar tregua ni arriesgar realmente nada, toma protagonismo influyente en la condición de su víctima.

Hace algunos años conocí a un referente político nacional de muy bajo perfil. Un hombre del “poder detrás del poder”. En un encuentro de militantes, se hizo una rueda en la que cada uno fue invitado a dejar un mensaje en pie de igualdad. La mayoría habló sobre todo eso que podía mejorarse, se demoró en los señalamientos sobre lo mal hecho, y el mismo dedo se elevó para advertir que los errores no debían repetirse. A su turno, esta persona habló pausado y con toda simpleza explicó: brillar, brilla cualquiera; pero hay que estar todos los días trabajando, haciendo, comprometiéndose, sin rendirse, sabiendo que ese brillo tal vez nunca llegue.
Habló de ese hombre en la arena y, si bien para muchos pasó desapercibido o sonó a poco, a mí me pareció sencillamente justo. Para la política, para el deporte, para la vida. Simple y justo.

No sé en ustedes que leen estas líneas, pero en mí resuena mucho más “el que cuenta”, el que desde la pugna hace tal vez para equivocarse pero sabiendo siempre que habrá una oportunidad más y estará mejor preparado. También se me hace infinitamente más simpática la condena al crítico, al eterno director técnico, a las almas frías y tímidas.
Tanto en aquel mundial de rugby como en esa oficina, tenía mucho más sentido la lucha del hacedor aunque llevara a la derrota –con su marketing cansino e inmerecido-  que aquella perfección del estoicismo.

La dignidad ante los golpes del camino es loable, por cierto, y aún así provoca la acción desde ese arriesgarlo todo sólo por no darle el gusto a la quietud que espera quien propina los porrazos. Dependerá de momentos o contextos, tal vez; esos ajustes que requieren actitudes distintas para escenarios diferentes, las otras mejillas que a veces se hace necesario poner en juego por guión.

Sin embargo, los pies buscan la arena aún cuando se caiga en el intento. Sólo porque transformar es precisamente eso: pasar de la gloria a tiempo para dejar huella duradera, perder lo necesario para aprender, y tal vez sólo hacer el camino con absoluta entrega.


Será cuestión de pura fe, entonces, el abandonar la impermanencia cuando ya no nos salva ni nos preserva de nada, y al diablo con el invictus impuesto como mandato.