17.1.17

El mejor de los nuestros

A veces me escucho decretos que no estoy tan segura que debieran tener vigencia.
“Todo pasa por alguna razón”. “Es lo que es”. Y ahí, en el lote de los últimos meses, se acomoda un clásico por reiteración: “el mejor de los nuestros”.
La última vez que lo pronuncié asociado al mismo personaje político de siempre, pensé si realmente lo era. Si a todas luces neutrales era el mejor de los nuestros. Tal vez sí, y su entorno no. Quizás ser el mejor no importe tanto, después de todo.

Señalar a los nuestros como generación y como pertenencia, como parte de una camada de supuestos cuadros bisagra que no terminan de encontrar la pared ideal para amurarse, es un ejercicio de identidad contemporánea casi no abordado.
Los nuestros como contraste de los que nos antecedieron e incluso de los que nos siguen desde las generaciones posteriores. Los nuestros como construcción colectiva de aquellos que se superaron en función de logros precedentes, pero no a sí mismos en las visiones heredadas.

Repaso las nuevas caras en la galería, algunos de las cuales he perfilado para terceros en los últimos meses. A esos no los conozco en una base constante y ni siquiera personal, pero sus historiales tienen la marca que requieren los nuevos tiempos públicos. Recorrer su galería de gestión pública y política fascina y desconcierta. De lectura intrincada, despiertan curiosidad en 360°, impactan en la emoción electoral, y hasta hay alguno que genera esa empatía militante que muchos ambicionan y fallan en recrear. 
“Qué me podés decir de…” y empieza el juego. Que no lo es tanto, porque sobre eso se trazan decisiones, pero sí es banal porque… ¿quién pudiera perfilar con certitud a un referente en la política cambiante de este siglo? Llaman la atención de los observadores del poder, pero sus perfiles son la minoría del paisaje.

En estos días comienzan a aparecer los proyectos de los próximos mejores de los nuestros. A la luz de las listas incipientes, ya la frase es más un mantra que un convencimiento real.
Pocas veces en los últimos años se ha agitado tanto el caldo generacional de la política chubutense. Cada nombre que sale a girar en su rueda de la fortuna recibe el coro de Moiras dispuesto a tejerle destinos fatales. Amigo de uno, ahijado político de otro, heredero natural de aquel. No es habitual que ese coro hable de condiciones propias ni merecimientos, aunque existan las excepciones. Mucho menos aún que el nombre del entramado sea el de una mujer, claras perdedoras del trasvasamiento generacional imperante. Cada vez, y una vez más.

Del “vamos que vamos” a las UTE políticas, de los apellidos históricos a los que siempre quisieron en eternos intentos al margen. Con posicionadores profesionales dispuestos a comprarles la primavera sin disonancias y con fórmulas anacrónicas; con currículums construidos con cuidado para florear trayectorias que tal vez ni siquiera pesen al final. Con traspaso de cuentas por saldar de décadas de facturas políticas acumuladas, con el quebranto del que nada tiene para arriesgar y por eso juega. 
Así surgen y apuestan a veces sordos a los señalamientos, escuchas de las sirenas cantoras; amantes del empoderamiento casual a la vez que testigos del poder que nunca es efímero sino trashumante. Así la vieja política aún determina lo nuevo, moldeándolo en legado de formas y visiones que sólo queda esperar sea resistido en la medida necesaria para consolidarse con esa experiencia pero sin recrear las limitaciones.

Aunque ninguno sea realmente el que esperábamos, avanzan los nuevos patrocinados en medio de la sucesión política más importante que haya visto Chubut desde el ciclo radical de Carlos Maestro. 

La más vertiginosa. La más peronista sin serlo en los sellos. 
La única que importará de aquí al 2019, y diseñará la clase política provincial de la próxima década.

5.11.16

Desde el laberinto

Hace unas noches escribía en Twitter:

"Fue el primer gobernador que me dio una entrevista. 
Le pregunté si iba a ser Presidente.
Yo era nadie. Aún lo soy.
Él entró en la Historia."

Una mañana del año 2000. Aeropuerto de Comodoro Rivadavia.
Él se paseaba en el hall de la planta baja, casi vacío. Su entorno era mínimo.
Lo reconocí, no lo reconocí, me pareció, me arriesgué.
Lo vi entrar en el kiosco de revistas, me decidí y lo seguí. Los que me conocen bien saben que vencer toda mi timidez en un segundo es casi impensado si no hay del otro lado algo realmente convocante.
- "Gobernador? Disculpe que lo moleste, buen día..."

Era Néstor Kirchner y le pedía una entrevista para la radio en la que todavía hacía nada. Me dijo que no tenía problemas, si lo esperaba un minuto afuera.
Lo esperé ese minuto eterno. Pedí aire desde un celular Nokia bodoque que todavía rueda por algunos cajones. Me lo dieron. Salimos.
Cerrando la charla, le pregunté si iba por la presidencia. Me habló de prudencia, de tiempos... pero todo en él hablaba de ganas y punto. Se rió, mi guiñó un ojo y me apretó el brazo. Me tenté.
Varios años después supe que, en ese entonces, la carrera ya había empezado y conocí a muchos que caminaron con él todo ese tiempo de historia, escuchando con fascinación los detalles del perfil humano.
Es uno de mis recuerdos más vívidos de esos años y uno de los más queridos, también. Hay personas que tienen esa sencillez que desarma y se recuerda, al margen de cualquier análisis político racionalizado.

Cuando fue proclamado Presidente, escribí una de mis primeras columnas para un medio digital de Buenos Aires: "Vértigo horizontal". La rastreé en mi archivo y leo cómo me preguntaba entonces si los patagónicos estaríamos preparados para lo que venía, para reposicionar una región detrás de ese proyecto. A la luz de lo que ocurre por estos días, con gobernadores alzando voces por puntos de presupuestos y ciudadanías considerándolos un derecho adquirido, pienso que tal vez logramos esa conciencia generada. La conciencia ganada.

Desde los espacios políticos, sé que es tiempo de revisiones y también de admisiones de lo que no debió hacerse y se hizo, de lo que no se hizo y debió hacerse.
Aún así, yo no me evito recordarme que los políticos tienen una cara humana, que la maquinaria del sistema se alimenta de ella cuando la siente necesaria y la ausenta cuando el relato del contexto requiere otros engranajes. La memoria colectiva de ese perfil es cíclica y su valor aumenta con el correr de los tiempos.

Esa noche, en redes muchos creyeron que la referencia posteada era para Mario Das Neves.
No lo era, pero si comparamos esa fuerza que trasunta ganas, hay un hilo invisible ahí.

Nunca pude entrevistar a Das Neves como gobernador. Creo que la única charla lograda fue una grabación pautada durante su campaña a inicios de 2003, en un café de hotel, con casi el único miembro de su comitiva de aquel entonces haciendo aspavientos para cortarla cada cinco minutos.
De aquel día, como del último que lo vi hace unos meses, me quedó lo único que siempre menciono ante el inquisidor ocasional: la fuerza en la mirada. Traspasa. Radiografía. Detecta.
Sabe lo que quiere, lo que busca, y probablemente hasta tiene trazado el mapa mental de cómo lograrlo. Quién supiera, quién pudiera…
De nuevo: vértigo horizontal.

Aunque la crítica feroz y contemporánea nos devore la visión proyectada e integradora, nuestra generación patagónica ha tenido la oportunidad de hacerse a la par de líderes políticos sin molde. Hombres de sus pueblos y de sus tiempos, ambos complejos y demandantes. Pragmáticos en sus construcciones, que entendieron la gestión pública desde la movilidad y, a esos procesos, con ósmosis. Objetados por ajenos y hasta propios, pero reconocidos aún desde el cuestionamiento. Disruptivos en sus espacios políticos, irreverentes de los sellos, y generadores de nuevas arenas que los contuvieran siempre en movimiento antes que en estructuras.

En ellos hay también en común otra incertidumbre: la de los ejecutores de sus legados políticos.
Tanto en Kirchner como en Das Neves, esa sucesión permanece incierta.

Sobrepoblada de traductores, la escena requiere perfiles más definidos en acción ya que no en palabras. La generación intermedia de uno y otro - si bien lo intenta- aún no se arroga el derecho de errar para acercárseles. La devoción, la lealtad sublimada, puede más y auto-preserva.
Es tan difícil perfilar a los más prometedores como lo es leerlos en un ocasional mano a mano. Su avance es uno que no reconoce otro mapa que el ya trazado, que les brinda una trayectoria sólida construida sobre pruebas impuestas y hasta superadas. Ese mismo probarse más allá de los límites previstos, para todos, es todavía el paso pendiente. Probarse como elección, incluso desoyendo prudencias y arriesgando enojos. Probarse como deuda, como obediencia debida e implícita.

Vivimos la era de la militancia, y la de sus cientos de voces redimidas en busca de nuevos referentes. Ya sin aceptar con mansedumbre ni admitir dobleces en los afiches de los otrora bendecidos. En este ciclo y con estas reglas de juego, luego de los adelantados de aquella conciencia ganada, se perfilarán los nuevos dirigentes.
Como si se tratara de “elegidos”, escucho a militantes anónimos buscando las marcas que les muestren que esos sí son los verdaderos, los propios aunque compartidos, los que merecen el legado del que ellos son celosos guardianes. Sus miradas son tan implacables como sus juicios; se esfuerzan revolviendo en la historia aquellos gestos que les permitan discernir si lo que tienen frente a ellos vale la pena poner el cuerpo en territorio. Buscan al próximo “único” y hasta lo demandan.

Desde el laberinto, ya ruge el próximo vértigo horizontal.