5.11.16

Desde el laberinto

Hace unas noches escribía en Twitter:

"Fue el primer gobernador que me dio una entrevista. 
Le pregunté si iba a ser Presidente.
Yo era nadie. Aún lo soy.
Él entró en la Historia."

Una mañana del año 2000. Aeropuerto de Comodoro Rivadavia.
Él se paseaba en el hall de la planta baja, casi vacío. Su entorno era mínimo.
Lo reconocí, no lo reconocí, me pareció, me arriesgué.
Lo vi entrar en el kiosco de revistas, me decidí y lo seguí. Los que me conocen bien saben que vencer toda mi timidez en un segundo es casi impensado si no hay del otro lado algo realmente convocante.
- "Gobernador? Disculpe que lo moleste, buen día..."

Era Néstor Kirchner y le pedía una entrevista para la radio en la que todavía hacía nada. Me dijo que no tenía problemas, si lo esperaba un minuto afuera.
Lo esperé ese minuto eterno. Pedí aire desde un celular Nokia bodoque que todavía rueda por algunos cajones. Me lo dieron. Salimos.
Cerrando la charla, le pregunté si iba por la presidencia. Me habló de prudencia, de tiempos... pero todo en él hablaba de ganas y punto. Se rió, mi guiñó un ojo y me apretó el brazo. Me tenté.
Varios años después supe que, en ese entonces, la carrera ya había empezado y conocí a muchos que caminaron con él todo ese tiempo de historia, escuchando con fascinación los detalles del perfil humano.
Es uno de mis recuerdos más vívidos de esos años y uno de los más queridos, también. Hay personas que tienen esa sencillez que desarma y se recuerda, al margen de cualquier análisis político racionalizado.

Cuando fue proclamado Presidente, escribí una de mis primeras columnas para un medio digital de Buenos Aires: "Vértigo horizontal". La rastreé en mi archivo y leo cómo me preguntaba entonces si los patagónicos estaríamos preparados para lo que venía, para reposicionar una región detrás de ese proyecto. A la luz de lo que ocurre por estos días, con gobernadores alzando voces por puntos de presupuestos y ciudadanías considerándolos un derecho adquirido, pienso que tal vez logramos esa conciencia generada. La conciencia ganada.

Desde los espacios políticos, sé que es tiempo de revisiones y también de admisiones de lo que no debió hacerse y se hizo, de lo que no se hizo y debió hacerse.
Aún así, yo no me evito recordarme que los políticos tienen una cara humana, que la maquinaria del sistema se alimenta de ella cuando la siente necesaria y la ausenta cuando el relato del contexto requiere otros engranajes. La memoria colectiva de ese perfil es cíclica y su valor aumenta con el correr de los tiempos.

Esa noche, en redes muchos creyeron que la referencia posteada era para Mario Das Neves.
No lo era, pero si comparamos esa fuerza que trasunta ganas, hay un hilo invisible ahí.

Nunca pude entrevistar a Das Neves como gobernador. Creo que la única charla lograda fue una grabación pautada durante su campaña a inicios de 2003, en un café de hotel, con casi el único miembro de su comitiva de aquel entonces haciendo aspavientos para cortarla cada cinco minutos.
De aquel día, como del último que lo vi hace unos meses, me quedó lo único que siempre menciono ante el inquisidor ocasional: la fuerza en la mirada. Traspasa. Radiografía. Detecta.
Sabe lo que quiere, lo que busca, y probablemente hasta tiene trazado el mapa mental de cómo lograrlo. Quién supiera, quién pudiera…
De nuevo: vértigo horizontal.

Aunque la crítica feroz y contemporánea nos devore la visión proyectada e integradora, nuestra generación patagónica ha tenido la oportunidad de hacerse a la par de líderes políticos sin molde. Hombres de sus pueblos y de sus tiempos, ambos complejos y demandantes. Pragmáticos en sus construcciones, que entendieron la gestión pública desde la movilidad y, a esos procesos, con ósmosis. Objetados por ajenos y hasta propios, pero reconocidos aún desde el cuestionamiento. Disruptivos en sus espacios políticos, irreverentes de los sellos, y generadores de nuevas arenas que los contuvieran siempre en movimiento antes que en estructuras.

En ellos hay también en común otra incertidumbre: la de los ejecutores de sus legados políticos.
Tanto en Kirchner como en Das Neves, esa sucesión permanece incierta.

Sobrepoblada de traductores, la escena requiere perfiles más definidos en acción ya que no en palabras. La generación intermedia de uno y otro - si bien lo intenta- aún no se arroga el derecho de errar para acercárseles. La devoción, la lealtad sublimada, puede más y auto-preserva.
Es tan difícil perfilar a los más prometedores como lo es leerlos en un ocasional mano a mano. Su avance es uno que no reconoce otro mapa que el ya trazado, que les brinda una trayectoria sólida construida sobre pruebas impuestas y hasta superadas. Ese mismo probarse más allá de los límites previstos, para todos, es todavía el paso pendiente. Probarse como elección, incluso desoyendo prudencias y arriesgando enojos. Probarse como deuda, como obediencia debida e implícita.

Vivimos la era de la militancia, y la de sus cientos de voces redimidas en busca de nuevos referentes. Ya sin aceptar con mansedumbre ni admitir dobleces en los afiches de los otrora bendecidos. En este ciclo y con estas reglas de juego, luego de los adelantados de aquella conciencia ganada, se perfilarán los nuevos dirigentes.
Como si se tratara de “elegidos”, escucho a militantes anónimos buscando las marcas que les muestren que esos sí son los verdaderos, los propios aunque compartidos, los que merecen el legado del que ellos son celosos guardianes. Sus miradas son tan implacables como sus juicios; se esfuerzan revolviendo en la historia aquellos gestos que les permitan discernir si lo que tienen frente a ellos vale la pena poner el cuerpo en territorio. Buscan al próximo “único” y hasta lo demandan.

Desde el laberinto, ya ruge el próximo vértigo horizontal.

26.9.16

De gobiernos y cyborgs

“¿No te estupidiza estar todo el tiempo mirando eso?”, me preguntaron hace poco, mientras me observaban en un día de trabajo sumergida completamente en diversas pantallas y redes. Para mí es habitual, hasta normal diría, sin embargo me llamó mucho la atención la mirada que todavía considera al universo digital como contaminación. Eso dice que aún creemos que podemos prescindir de él, con la misma fe con la que elegimos una cabaña en el medio de la Cordillera para no enterarnos de nada por quince días. Sin embargo, incluso allí todavía existe el momento en el que –haciendo uso del wifi al paso o el mínimo paquete de datos móviles disponible- sale una foto, un estado compartido, un relato de la experiencia que se escoge no demorar.
Por contexto aunque no en la práctica, ya no somos analógicos, ni siquiera los no nativos digitales. Aún nos engañamos con la nostalgia de los tiempos del teléfono fijo y la localización o disponibilidad esporádica. La verdad es que preferimos estar a mano de lo que nos interesa y todavía poder ignorar aquello que nos mal-hackea el sistema. Ayer y hoy el filtro selectivo es el mismo, sólo han cambiado los soportes.

En el mapeo de las últimas semanas, me escucho hablar una y otra vez sobre nosotros y la tecnología, de celulares y relojes inteligentes como una extensión del cuerpo, de los cyborgs como el próximo paso que ya es contemporáneo. En un mundo paralelo a ese, cada día me cruzo con personas que no logran realizar con éxito tareas de compatibilidad básica con su oponente tech, sea un cajero automático, un móvil de última generación, una tablet, una compu de las viejas o la maquinita expendedora de cualquier cosa. 
También veo a niños de meses interactuar con libros de papel como si pasaran la pantalla táctil, o me cuentan de esos que sorprenden a sus padres con facturaciones de miles de pesos en aplicaciones móviles porque ya entienden cómo se puede “seguir jugando”. Siempre me pregunto qué tipo de gobiernos co-crearemos con ellos, tan habituados a la inmediatez y una paciencia sólo apta para lo efímero, para aquello que no dura más de los tres segundos de mirada y soluciones que se adquieren con un click.

Uno de mis profes de idiomas chequea el diccionario online antes de escribir en la pizarra, con una naturalidad casi impensada para quienes hemos crecido en mundos de docentes sabelotodo e infalibles. Por primera vez, la Educación quiebra sus lógicas de desigualdad y admite que –tal vez- no nos diferencia ese quién sabe más, sino cómo accedemos al conocimiento disponible y abierto, y nos relacionamos con él.
En un contexto de tecnología convergiendo en el cuerpo humano, si les sacamos los celulares a los estudiantes en nuestras aulas, ¿qué ocurrirá cuando ya no podamos quitarles las herramientas tecnológicas que usan como extensión de ellos mismos? ¿Qué ejercicio de control vamos a elegir llegada esa instancia? ¿Bloqueadores de señal? ¿Desconexiones forzadas? ¿Extracciones? ¿Los haremos elegir entre “lo que se debe” y “lo que no se debe” llevar a un ámbito de aprendizaje, sometiendo el uso de los diferentes dispositivos de acceso a un criterio de comportamiento esperado y por ello considerado correcto, pero ajeno a su realidad?

El desafío no es la tecnología como elemento invasivo, sino el uso que hacemos de ella según los contextos. Los fines son la clave. Debiéramos estar educando y debatiendo sobre valores en el uso del conocimiento y no sobre formas de acceder a él, porque esa vía ya ha sido despejada. Cómo la transitaremos es el siguiente desafío, o mejor dicho, el actual, y las constantes disidencias con ruido entre los marcos normativos y la realidad demandante demuestran que no llegamos a este punto equipados con el mapa actualizado.

En una conferencia sobre Gobierno Abierto a la que asistí, Oscar Oszlak preguntaba qué pasaría en el futuro de los gobiernos si los ciudadanos fueran en parte robóticos. Ya está pasando, le contestaba: ya tenemos ciudadanos cyborgs.
Hace cuatro años conocí al único que he visto en mi vida. Cuando lo pienso, no era diferente de ninguno de nosotros. Su percepción del entorno sí estaba transformada y amplificada. Su registro ya era otro, diferente al mío y también al que podría ser el mío si lo interviniera tecnológicamente alguna vez. 
En lo cotidiano, ya tenemos una ciberciudadanía hambrienta y participativa que muta todo el tiempo, interviniéndose a sí misma en vías y prácticas. La percepción de la “cosa pública” que posee el ciberciudadano es hoy infinitamente mayor a la prevista hace apenas 20 años atrás, y varía de persona a persona sin caer en la comodidad de la estandarización. Ante su avance, ya no es posible cerrar la puerta de nuestros gobiernos aunque todavía quienes los integran quieran controlar su acceso. Como resultado de estos procesos, también tenemos una ciudadanía analógica que vamos condenando a un exilio de la vida pública y por la cual debiéramos redoblar esfuerzos para cerrar brechas digitales y educativas, como también para crear las garantías de que el paso nunca le será cerrado por omisión. Volvemos a la polis griega: la ciudadanía no es para todos y todas, y esta vez el filtro es la conectividad. 

¿Qué haríamos los ciberciudadanos chubutenses con un Das Neves en nuestra cabeza? ¿Y con un Macri? ¿Cuál sería la opción para apagar, filtrar y resignificar sus mensajes según nuestro sistema programado? ¿Diferirá de lo que hacemos hoy en día, con las redes sociales como ríos que atraviesan muchas cotidianeidades, aunque no de forma constante? ¿Y qué tan compatibles terminarían siendo ellos con nosotros? Yendo tal vez más lejos, quizás la pregunta debiera ser si el gobierno son sólo ellos o ya somos todos, incluidos quienes están en definidas “otras veredas”. ¿Cómo nos reclamaríamos entonces las acciones debidas y construiríamos los aciertos? Metidos en la brecha invisible, ¿qué nivel de co-responsabilidad tenemos los ciberciudadanos con nuestros pares analógicos? ¿Qué acceso reclamamos para ellos entre los aplausos ante la magia de los Datos Abiertos y el virtuosismo de la Transparencia?

La convergencia tecnología-humano nos obliga a esas preguntas, para las que tendríamos que estar delineando no sólo respuestas sino proyecciones y políticas públicas realmente inclusivas, ajenas a los artificios de moda. 
Si nuestros gobiernos no son compatibles con todos, sólo serán gobiernos de algunos: los privilegiados, los que lleguen primero, los que puedan acceder porque comparten el lenguaje, los que tengan en sus manos las herramientas correctas o los medios para obtenerlas. 
Recreamos una época con vicios de las más oscuras, en la que sólo podrán gobernarnos -o cogobernarnos, en la predicción más optimista- los que habiten los estratos favorecidos de la nueva igualdad democrática. Tal vez sólo por esta última razón, por esta “nueva igualdad” tan excluyente, es que debiéramos desafiarnos a obviar las formas de los debates y tomar cualquier ágora disponible para poner manos a la obra en remediar la huella irreversible que ha creado nuestra ausencia hasta ahora.