15.7.16

Al diablo con el invictus

Desde 2009, Mandela se parece mucho más a Morgan Freeman, y los Springboks nos recuerdan que somos capitanes de nuestra alma y amos de nuestros destinos.
No ha pasado más de unos pocos meses en los que no vea publicado el famoso poema de William Ernest Henley en un estado de Facebook, su línea más resonante en un tweet, o la escuche recitada por alguien con total solemnidad en contextos de resistencia.
Hace un par de meses me lo encontré colgado en la pared de una oficina, sin poder evitar la sorpresa por el lugar ni frenarme al enunciar el asombro en voz alta.

Tal vez no todos sepan que ese poema victoriano sí acompañó a Mandela en sus años de prisión, mas nunca fue entregado al capitán de la selección sudafricana de rugby para alentar épica alguna. Una licencia de guión, la necesidad de añadir poderío a la historia –como si acaso lo necesitara- y esa evasiva de la realidad que toma el cine como marca propia nos han privado de una sensación de perseverancia que tal vez hubiera sido infinitamente más cercana a lo cotidiano. Más humana, de cualquier modo, como mensaje y valor.
Es que la venta se hace sobre lo invencible, lo victorioso y la pole position. El resto sólo acompaña como elenco necesario, y muchas veces hasta merece el vapuleo humillante que destinamos como sociedad a “los segundos” en todo.

Sin embargo, el Mandela real fue mucho más sabio que su versión guionada y lo que supo entregarle a François Pienaar fue un fragmento del discurso del presidente estadounidense Theodore Roosevelt en la Sorbonne, en abril de 1910. Se llama “Ciudadanía en una república” y contiene este extracto conocido como “El hombre en la arena”:

“No es el crítico quien cuenta; ni el hombre que señala con el dedo cómo tropieza el hombre fuerte, o dónde quien hace las cosas podría haberlas hecho mejor. El crédito le pertenece al hombre que se halla de hecho en la arena, aquel cuyo rostro está manchado de polvo y sudor y sangre; quien lucha con valentía; quien se equivoca, quien falla el golpe una y otra vez, porque no hay esfuerzo sin error y sin limitaciones; quien realmente lucha por llevar a cabo las acciones; quien conoce los grandes entusiasmos, las grandes devociones; quien agota sus fuerzas en una causa noble; quien si tiene suerte conoce al final el triunfo del gran logro, y si no la tiene, si falla, al menos fracasa atreviéndose con grandeza, de modo que su lugar nunca será con esas almas frías y tímidas que desconocen tanto la victoria como la derrota.”

La visión es impecable. Estremece. Es el segundo el que crea y re-crea la historia, con suerte o sin ella, evadiendo la timidez de su propia alma y confrontando la de otras.

Como en la versionada Invictus, y mucho antes también, el valor del hombre en la arena ha quedado despreciado y hasta en el olvido. Ganar o acertar es lo único válido, el dedo acusador es soportado como ruido de fondo, y lo importante se centra en el valor del héroe estoico que todo lo soporta porque la victoria de su espíritu es lo que lo envuelve en gloria. Resistir antes que arriesgar, como si fuera sólo lo primero lo que construye.
Esa gloria, como único destino meritocrático, es lo que nos deja entrampados en la ilusión. En su estela y mientras dure su búsqueda, el error no sólo es inadmisible sino que tampoco sirve ni permite un hacer mejorado si no deriva en una victoria lineal. Quien falla, no enseña ni se destaca ni persiste. Quizás ni siquiera existe el error en sí, porque en la impermanencia no hay forma de fallar el golpe, ni una ni mil veces. Tampoco es condenable entonces el eterno tribunero que, sin dar tregua ni arriesgar realmente nada, toma protagonismo influyente en la condición de su víctima.

Hace algunos años conocí a un referente político nacional de muy bajo perfil. Un hombre del “poder detrás del poder”. En un encuentro de militantes, se hizo una rueda en la que cada uno fue invitado a dejar un mensaje en pie de igualdad. La mayoría habló sobre todo eso que podía mejorarse, se demoró en los señalamientos sobre lo mal hecho, y el mismo dedo se elevó para advertir que los errores no debían repetirse. A su turno, esta persona habló pausado y con toda simpleza explicó: brillar, brilla cualquiera; pero hay que estar todos los días trabajando, haciendo, comprometiéndose, sin rendirse, sabiendo que ese brillo tal vez nunca llegue.
Habló de ese hombre en la arena y, si bien para muchos pasó desapercibido o sonó a poco, a mí me pareció sencillamente justo. Para la política, para el deporte, para la vida. Simple y justo.

No sé en ustedes que leen estas líneas, pero en mí resuena mucho más “el que cuenta”, el que desde la pugna hace tal vez para equivocarse pero sabiendo siempre que habrá una oportunidad más y estará mejor preparado. También se me hace infinitamente más simpática la condena al crítico, al eterno director técnico, a las almas frías y tímidas.
Tanto en aquel mundial de rugby como en esa oficina, tenía mucho más sentido la lucha del hacedor aunque llevara a la derrota –con su marketing cansino e inmerecido-  que aquella perfección del estoicismo.

La dignidad ante los golpes del camino es loable, por cierto, y aún así provoca la acción desde ese arriesgarlo todo sólo por no darle el gusto a la quietud que espera quien propina los porrazos. Dependerá de momentos o contextos, tal vez; esos ajustes que requieren actitudes distintas para escenarios diferentes, las otras mejillas que a veces se hace necesario poner en juego por guión.

Sin embargo, los pies buscan la arena aún cuando se caiga en el intento. Sólo porque transformar es precisamente eso: pasar de la gloria a tiempo para dejar huella duradera, perder lo necesario para aprender, y tal vez sólo hacer el camino con absoluta entrega.


Será cuestión de pura fe, entonces, el abandonar la impermanencia cuando ya no nos salva ni nos preserva de nada, y al diablo con el invictus impuesto como mandato.

7.7.16

Neonómades

En los últimos cinco años he vivido en tres ciudades diferentes y viajado por varias provincias. He trabajado en proyectos desde locales a internacionales con la misma laptop destartalada y muchas veces moribunda en la que escribo este post. Varios smartphones quedaron en el camino, y uno prestado apenas sobrevive ahora para la tarea.

De alguna forma pasó que dejé de tener una base fija para mi trabajo y las carteras dieron paso sin preocupación a mochilas y morrales.  
Me he conectado desde aeropuertos, colectivos de larga distancia, cafés y restaurantes, sedes de gobierno, auditorios y salones de eventos, puntos de acceso libre en plena calle o espacios de co-working. He re-visitado esos locutorios que sobreviven como pueden y usado las impersonales PC de cortesía que aún existen en algunos hoteles. Tengo al menos dos chips de telefonía móvil constantemente en uso, desde cualquier lugar, y una configuración en app para cuando falla todo. En un estuche, duermen varios pendrives y sus archivos co-existen en respaldos en otros soportes y en la “nube”.

Todavía hay un punto geográfico al que llamo “mi casa”, otro que es “mi lugar elegido”, y varios en los que paso días y noches por trabajo. Parto desde el elegido y voy saltando de ciudad en ciudad, física o virtualmente. Cada tanto, vuelvo realmente a casa.
Las exigencias del alojamiento confortable se flexibilizan y toma el primer lugar en la carrera de prioridades que el espacio de tránsito tenga wi-fi. He dormido en lugares insólitos, con una conectividad impecable.

Hace dos años, durante un viaje rutero y leyendo algún material sobre Gestión del Conocimiento, me encontré con una categoría que al parecer podría definir esta forma de trabajar: los “gitanos corporativos”.

“El grupo mayor de gitanos corporativos, con un número que crece todos los años, está constituido por los empleados contratados a terceros, colaboradores a tiempo parcial, consultores y empleados temporales que inflan los cuadros corporativos y, muchas veces, poseen todas las responsabilidades de un empleado a tiempo completo, sin que formen parte de la empresa. Es decir, venderán sus talentos a diversas empresas cada semana, trabajando algunos minutos para una de ellas antes de desplazarse para el próximo compromiso.”

A pesar de la categoría “académica” y lo difundido de la práctica, aún enfrento miradas desconfiadas cuando respondo que trabajo viajando o vía Skype, y paso de anclarme a oficinas con tiempos muertos más de lo que sea necesario. También ocurre que en un punto miro con recelo la estabilidad de los corporativos de empresas y gobiernos, aunque no estoy segura de querer cambiarla por la intensidad de tener una fuente de riqueza intelectual y humana en cada nuevo proyecto. De la otra, la económica, podríamos debatir preferencias largo rato.

Así de claro, con frecuencia recibo devoluciones todavía apegadas a las ocho horas de oficina y el mandato de lunes a viernes como parte del paquete que –supuestamente- asegura compromiso y productividad. O la más reciente que me tocó escuchar: “entendí que querés trabajar desde tu casa”. Un cansancio indisimulable se me cuela entre el fastidio y la sensación de batalla perdida cuando rozo esos puertos, para algunos todavía irrenunciables aunque ya encuentren poco de satisfactorio en ellos.

Hace un año, en una de mis estadías corporativas, conocí a otra persona que trabaja como yo. Fue como mirarse en el reflejo de un hermano de esta lucha que se va imponiendo. En su caso, alterna su estadía entre el país y el extranjero, y se mueve con su familia en caravana. Su naturalidad al relatar y exponer las condiciones de contratación, sin ceder un centímetro, fue un atisbo de esperanza.
En Argentina todavía ocurre que el sistema laboral íntegro está preparado para personas que nacen, trabajan y mueren en el mismo lugar. Bancos, impuestos, contratos, derechos, la mentalidad de ejecutivos y funcionarios... todo.
La burocracia organizacional aún considera a la ventanilla física territorial como su forma más perfecta de llegada.
Sin embargo, el avance de la cultura emprendedora y freelance va demandando al sistema otras formas de respuesta y ya algunos comienzan a pensar en los beneficios. Como es natural, aún en los beneficios a favor del contratante y no compartidos, pero ese cambio también llegará.

Los neonómades interactuamos y procuramos transformar contextos desde la aceptación de sus particularidades. La misma que ejercemos cuando elegimos nuestros propios escenarios de colaboración, y también la que esperamos que desarrollen los actores de esos espacios hacia nosotros.

Aceptación es darse cuenta que no se necesita un “trabajador” de 8 horas por día: se necesita un talento asertivo, en proceso 24/7. Un cambio de mandatos que sería deseable que nos lleve a una nueva expansión de fronteras productivas y derechos laborales. Al menos en su formalización, porque en las rutas del día a día esos límites ya quedaron muy atrás y el camino es tierra de nadie.
Aceptación también es admitir que no hay una realidad única o masificada, sino una por cada persona impactada y es necesario –tanto en diseños de proyectos empresariales como de políticas públicas- llegar a esas realidades saliendo del condicionamiento de un escritorio en una oficina sin interferencias.
No es lo mismo escuchar a quien llega luego de la carrera de obstáculos de acceso a la puerta de un despacho, que hacer los kilómetros necesarios para oír a esa misma persona en su propia arena. Nada reemplaza la comprensión desde el lugar del otro, en el lugar del otro. Jugar de visitante, abandonando el falso poder de la localía, es un riesgo que lo ofrece todo a quien está equipado con la visión y apertura para asimilarlo de forma sistemática.

Hace unos días leía un concepto del consultor local Luis Babino sobre las Ciudades Inteligentes: “No se trata de un desafío tecnológico, se trata de desafiar la inteligencia gubernativa”.
Cientos de personas que ya conforman esas ciudades hacen suyo ese desafío a las inteligencias gubernativa y corporativa, expandiéndolas y provocándolas a la innovación. Tal vez todavía las estructuras de gobiernos y empresas no crujen de forma audible, pero las voces que las habitan murmuran cuestionamientos y fuerzan nuevas reglas.

El cambio ya es transversal y migrante. Nos vuelve a convertir en nómades que avanzan construyendo su propio mapa.