Elecciones

Los días que vivimos nos dejan en el limbo de ser sólo un engranaje en la enorme e implacable maquinaria de la vida más que post-moderna. El gran sueño americano for export va resultando en pesadilla.
“El desencanto del desencanto” llamaba uno de mis profesores universitarios a este pulso caótico y nihilista de la post post-modernidad.
La necesidad de pertenecer a mundos exclusivos nos signa como parias si no tenemos a nuestro alcance el poder para abrir esas puertas. El desamor de los seres más cercanos, queridos y por ello impunemente crueles –como observaba Borges- nos aisla en capullos impermeables. El listón de la perfección nos castiga en el día a día, exiliándonos de futuros posibles.

En el vórtice de una era que mastica seres humanos sin piedad, ¿qué es lo que nos mantiene en camino?

En menos de seis meses dos personas de mi entorno decidieron que vivir no era para ellas.
Sin anunciar razones ni intentar despedidas. Sin gestos estridentes. Casi sin señales perceptibles. Sólo así, con la simpleza de lo terrible. Se desanclaron de los proyectos, de los afectos, de la vida.
Suicidio.
La temida y censurada palabra. Esa que aún hoy muchos medios de comunicación evitan porque se considera que su difusión incita a la imitación, cuando quizás un enfoque activo de su tratamiento podría alertar a muchos sobre los síntomas.

Elegir la no vida no siempre equivale a una muerte rápida. En el mejor de los casos, inicia un camino de conocimiento y sanación. En el peor, el camino es de decadencia. La muerte en sí se convierte en sólo una opción intermedia e inmediata.

Cada vez con mayor frecuencia vamos recibiendo las noticias sobre esta persona que tomó la misma decisión o aquella otra, que ya no soportó las prisas y presiones y buscó formas de escaparse.
No nos engañemos.
La problemática de la droga que carcome a la sociedad comodorense en la ciudad y en los yacimientos es una forma de elegir morir.
También lo son muchas otras estaciones en las que más de uno de nosotros se va quedando.
Las enfermedades asociadas al stress que se manifiestan sin prisa, sin pausa y en aumento. El modo en que conducimos. El uso y abuso del alcohol. El acorralado cigarrillo que resiste. El trabajo como evasión y anestesia para otros dolores. Las mil y una formas de castigarnos cuando aceptamos las otras tantas formas de violencia que la sociedad moderna ha desarrollado y nos perpetra.

Nada hacemos si miramos hacia otro lado y nos repetimos como mantra que son decisiones privadas. Quizás lo sean, pero el camino hacia ellas es uno cada vez más concurrido, en el que los factores llevan el sello de un tiempo común con las responsabilidades de todos. Y el resultado se convertirá, con el correr de los años, en un asunto de Estado como ya lo es en varios otros países sumidos en este karma de su progreso.

Pienso en voz alta en este espacio en el que los encuentro de cuando en cuando, justo hoy, el día en que honramos a los veteranos de la Guerra de Malvinas. Son los mismos que arrastran tras de sí no sólo la terrible negación de una sociedad hacia sus héroes y su reconocimiento activo en la presente, sino el hecho de que el número de veteranos que se suicidó supera con creces el de los caídos en el conflicto armado.

Qué historia triste y extraña la de estos seres frágiles, pero a la vez sufridamente fuertes. Sobreviven años, guerras, desarraigos, violencias, desamores. Y un día todo se hace demasiado y nada parece suficiente. Las razones se diluyen y se impone la muerte.

Una historia que bien podría, cualquiera de estos días, ser la nuestra.